sábado, 3 de enero de 2009

EL CALLEJÓN DE LOS ISLANDESES (I)

JUSTIN CHERRY (THE LOST WATCHTOWER)

En el Barrio Prohibido existe un arrabal de viejas casas, enfrentadas al mar y comunicadas entre sí por pasajes estrechos y serpenteantes, que todos conocen como El Callejón de los Islandeses. Sus habitantes son, en su mayoría, rubios de ojos muy claros, casi transparentes. De este hecho y del misterioso nombre de la calle se ha pretendido deducir que sus antepasados llegaron hasta aquí desde esa isla septentrional, la mítica Thule de los relatos antiguos. Los descendientes de aquella travesía, que si fue cierta, se pierde en tiempos muy remotos, han vivido en el Callejón durante siglos. Todos ellos hablan una lengua extraña, sin lazos sintácticos reconocidos, que es una mezcla del viejo idioma del barrio y de otros dialectos que suenan, en los oídos de aquellos que acuden a visitarlos, como el borboteo del agua caliente en los géiseres, el avance imperceptible de los témpanos sobre el mar o el abrupto rumor de la lava en el interior de sus volcanes helados.

En el Barrio abundan los grupos secretos que buscan la desanexión de la metrópoli, a la que perciben como un ente lejano y hostil. Muchos de quienes los integran provienen del Callejón de los Islandeses, que no parecen sentir ningún interés por los símbolos del dominio extranjero, aunque ellos, a su modo, también sean extraños al Barrio. Henry Laxalt, el jefe de policía y sus agentes han tenido que acudir hasta allí en numerosas ocasiones, para investigar voladuras, algaradas y asaltos. Cuando llegan en sus vehículos, los habitantes del Callejón prosiguen en silencio sus tareas cotidianas, inmutables, observándolos como si fueran seres translúcidos. No obstante, no parece que estos apasionados defensores de la independencia del Barrio hayan asesinado a nadie, si bien hay crímenes oscuros que se han atribuido a este movimiento, aunque no existen pruebas que muestren una relación directa, fuera de simples especulaciones oportunistas.

Hace unos días, Laxalt recibió un aviso. Un artefacto de escasa potencia había explotado, presumiblemente por error o accidente, en un astillero abandonado, muy cerca del Callejón. Entre los restos de la deflagración, los agentes encontraron, sobre el suelo y en los muros, símbolos y dibujos que recordaban a esvásticas y antiguas runas. Pero también hallaron, aquí y allá, manchas, estrías y salpicaduras de sangre. Todo parecía señalar a que el artefacto podía haber explotado de un modo accidental durante su preparación provocando, cuando menos, heridas a aquel o a aquellos que lo fabricaban o manipulaban en aquel lugar.

(...)

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