domingo, 18 de enero de 2009

EL CALLEJÓN DE LOS ISLANDESES (III)

REMEDIOS VARO (La llamada)

(...) La mayor parte de los habitantes del Barrio Prohibido creen en espíritus, en fantasmas y seres de ultramundos. Piensan que todos, de un modo u otro, somos entes inmateriales encerrados dentro de un cuerpo temporal, de una cáscara vacía, que en sí misma, no tiene excesivo valor. Cuando se corta el eslabón de la existencia, el cuerpo cae como una rama seca. Lo realmente importante es el soplo que otorga la vida, el espíritu, que según las antiguas tradiciones islandesas, se compone a su vez, como un rompecabezas, de infinidad de pequeñas almas. Este espíritu es distinto de unos individuos a otros y puede pasar de generación en generación hasta volver a encarnarse, lo cual sucede, a veces, con un intervalo de siglos. Poner a un niño que va a nacer el nombre de un antepasado lo reclama de nuevo a este mundo, para que de ese modo pueda, si así lo desea, volver a él.

A nuestro lado existen espíritus sin cuerpo que caminan entre la muchedumbre, que observan los escaparates de los comercios, que visitan los teatros y las salas de cine y acuden para estar con quienes fueron sus amantes, sus hijos o sus amigos. De este modo, los espíritus de sus antiguos habitantes siguen residiendo en el Barrio, y comparten nuestras vidas sin palabras, como ráfagas de aire, como gotas de lluvia, como los rayos de sol que calientan nuestras habitaciones en los días de hielo y frío intenso.

Muchos habitantes del Callejón creen que los antiguos dioses islandeses también residen en él. Entre ellos se encuentra Loki, el dios del fuego y las mentiras, que viaja siempre por caminos sinuosos, y su mujer, Sygin. También está Ægir, el dios del mar, y Thor, con su célebre martillo, Sif, su esposa y Odin, el padre de todos ellos. Quienes viven en las viejas casas del Callejón de los Islandeses creen verlos pasar a su lado, salir del océano o cruzar el espacio. En mitad de la noche sienten su presencia escuchando el eco de su dulce llamada o la cólera de su venganza.


Los hechos se precipitaron durante los días siguientes. Las enfermeras del hospital reconocieron a una de las muchachas en las fotos que los policías les fueron mostrando. La chica se llamaba Dagbjört y vivía en un portal oscuro del Callejón. Desde entonces, un agente infiltrado vigiló la entrada a la casa, donde vivía con una amiga. Las persianas estaban bajadas y solo se vislumbraba una luz difusa en el interior. Nadie respondía al teléfono o al timbre de la puerta. Laxalt también acudió hasta allí, solo con Gudni, para no levantar la alarma entre los vecinos. No había dado noticia aún a la central de la pequeña explosión, pues de inmediato habrían enviado a un grupo de agentes especiales fuertemente armados que habrían golpeado y detenido a las muchachas.

(...)


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