lunes, 26 de enero de 2009

EL CALLEJÓN DE LOS ISLANDESES (IV)

JOHN WILLIAM WATERHOUSE (Lady of Shalott)

(...) Dagbjört había nacido en una de las casas más antiguas del Barrio. Su padre faenaba en los barcos de pesca y su madre remendaba redes en grupos de mujeres bulliciosas. Desde pequeña se veía a la niña correteando por las calles estrechas del puerto, jugando entre las cajas de pescado, subiéndose a las barcas o lanzándose al agua desde el malecón con los chicos de su edad. Era una muchacha inquieta, rubia y de ojos muy vivos, una princesa de incógnito, como las que abundan entre las clases más bajas, llegada a través de los tiempos, por vías inverosímiles, desde un lejano país de hielo. Todos sus vecinos la conocían, tenía infinidad de amigos y frecuentaba las casas ajenas. Como ocurría con la mayoría de los niños del Callejón, era un poco hija de todos, todos la cuidaban y se preocupaban por ella, como los miembros de una tribu primitiva.

Con los años Dagbjört fue a la universidad y se licenció en Antropología, pero al no poder vivir de su profesión se dedicaba a dar clases de música a grupos de niños. Tenía ya 25 años y tocaba el violín en un conjunto de folk-rock que había llegado a grabar un disco que no tuvo ninguna repercusión. Algunos de los componentes del grupo habían estado en la cárcel con condenas de menor entidad por diversas actividades que el Estado consideraba como subversivas. Henry Laxalt revisó los cargos que se habían utilizado contra ellos: participación en algaradas, pequeños robos de material en empresas multinacionales, utilización de artefactos pirotécnicos, reuniones delictivas, manifestaciones ilegales. A pesar de ello, no constaba que hubiesen agredido o herido a nadie.

El jefe de policía observó las fotografías de la muchacha. Nunca había estado detenida pero Gudni consiguió reunir un pequeño dossier sobre ella, con datos cogidos de diversos archivos. Era muy guapa, con una belleza indefinible, ligeramente salvaje. Muchos de sus amigos del Callejón se habían interesado sentimentalmente por Dagbjört, pero por lo visto jamás había salido o se había acostado con un hombre. Sin embargo, se le habían conocido varias novias o amantes, aunque estas relaciones casi siempre terminaban abruptamente. Henry Laxalt leía los informes que hablaban sobre la vida de la muchacha y no podía dejar de sentir una simpatía creciente hacia ella. Tal vez él también, si hubiera sido más joven, se habría enamorado perdidamente al conocerla, sin ninguna probabilidad de éxito.

En la actualidad Dagbjört vivía con una íntima amiga suya de la escuela llamada Unna. Ambas eran muy distintas. Unna apenas salía de casa y era más bien gruesa, tímida y triste. Laxalt pensó que era imposible que pudiera tratarse de la mujer que la acompañaba cuando acudió al hospital, pues ni los rasgos físicos ni la edad coincidían con los reflejados en las declaraciones del personal sanitario.

(...)

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