sábado, 31 de enero de 2009

EL CALLEJÓN DE LOS ISLANDESES (V)

ANITA AUSTWICK (Venice Night)

(...) Dagbjört era una mujer sensible y a la vez decidida. A pesar de su juventud, había viajado dos veces a Islandia, donde trabajó durante las vacaciones de verano en una factoría de pescado, aprendiendo el idioma y recorriendo el país en compañía de algunos amigos que hizo durante su estancia. De vuelta en el Barrio, había comenzado a relacionarse con los círculos independentistas que perseguían la desanexión de la metrópoli que, como un magma viscoso, pretendía convertirlos, de una forma sutil y encubierta, en seres idénticos, sin origen ni ideas, insípidos y maleables. Dagbjört había hecho algunos viajes más. Tenía un maravilloso recuerdo de Myanmar, donde se sintió vivamente interesada por el carácter apacible y las creencias budistas de sus habitantes. Pasó también dos meses en una comunidad indígena de Honduras, descubriendo con gran pena el gran espacio que ocupan la opresión y la injusticia sobre la faz del mundo.

Solo en su despacho, Henri Laxalt pensaba en si debía comunicar a sus superiores lo sucedido cuando recibió una llamada de Gudni. El joven agente había averiguado que esa noche partiría, desde el puerto antiguo del Barrio, un barco que tenía la intención de llegar hasta Reykjavik, tras un largo periplo con escala en varios puertos, como Lorient, Galway y Aberdeen. Según había podido saber, Dagbjört viajaría en él, escondida en un camarote oculto.

Instantes después, el jefe de policía recibió una nueva llamada. Un periodista había telefoneado a sus superiores de la capital interesándose por la explosión del astillero. Laxalt se disculpó ante el jefe de operaciones especiales, alegando estar elaborando su informe en ese preciso momento, y le expuso apresuradamente la información de que disponía, pero omitió dar datos sobre la partida del barco. Decidió esperar a la llegada de los policías para proporcionarles cualquier información al respecto.

Laxalt conocía bien el modo de actuar de los policías de asalto. En unas horas, cinco o seis como máximo, llegaría uno de los grupos contraterroristas, que recabaría toda la información disponible, acudiendo después al hogar de las muchachas, donde entrarían derribando la puerta con una pequeña carga explosiva. Tal vez golpeasen o detuviesen a Unna, la compañera de Dagbjört, tímida y apocada, que sin duda se sentiría aterrorizada. Revisarían todo el piso, destrozarían los muebles, gritarían, insultarían y amenazarían a la muchacha hasta que decidieran que ya era suficiente, aunque estarían informados de que Unna no tenía nada que ver en el asunto. Se llevarían cajas de material susceptible de proporcionar cualquier información, ordenadores, discos duros, libros o papeles. Una vez libre, la muchacha pasaría unos meses deprimida y angustiada, sin apenas poder dormir o llorando sin motivo, temiendo volver a ser sorprendida en mitad de la noche.


Cerca de la madrugada, a la hora en que debía partir el barco, Henri Laxalt estaba en el puerto, dentro de un coche sin ninguna identificación externa. No faltaba más de una hora para que llegaran las fuerzas de asalto. Lo acompañaba Gudni, el agente nacido en el Callejón, que le miraba inquieto, sin saber cómo iba a reaccionar su jefe. Cuando solo llevaban diez minutos esperando vieron llegar un vehículo que, tal vez como medida de precaución, dio varias vueltas antes de detenerse junto al barco. Del automóvil descendieron dos muchachas jóvenes, que caminaron unos metros entre las sombras de los veleros y los barcos de pesca. Dagbjört arrastraba una maleta con ruedas, que sujetaba con una mano vendada. No parecían tener miedo a ser descubiertas. Dos hombres permanecían vigilantes, mirando alrededor, aunque tal vez hubiera alguno más al que no podían ver, apostado en otro lugar. Tal vez Thor, Loki y el resto de los viejos dioses islandeses también vigilaban desde las sombras.

Henri Laxalt había decidido dejar que la muchacha partiera. No quería detenerla por un incidente que en realidad había sido de escasa importancia, en el cual ella parecía ser la única perjudicada, pues había perdido dos dedos. Se mantuvo observando desde la lejanía, como un amante preocupado o celoso y la vio besarse en la boca con la otra muchacha y permanecer largo rato abrazadas. Cuando Dagbjört subió por fin al barco la otra mujer se quedó en el muelle, viendo cómo la nave se alejaba lentamente, Aún después, cuando ya había desaparecido por completo en el horizonte permaneció allí durante unos minutos y a Laxalt le pareció que lloraba, si bien esto era algo difícil de apreciar desde la distancia a la que se encontraban.

El jefe de policía volvió a la comisaría en compañía de Gudni, que le miraba sorprendido y tal vez orgulloso. Estaba convencido de haber hecho lo correcto. Sin embargo, sentía un temor impreciso cuyo origen no sabía explicar. Tal vez fuera miedo o la sensación de no haber cumplido con su obligación como agente de la ley. Una vez en la sede policial Laxalt tomó un café y se preparó para recibir a sus colegas de la capital. Les proporcionaría los datos de la investigación y después los acompañaría a la casa, como había hecho otras veces. Los agentes, diez ó doce, vendrían preparados con armas y equipamiento avanzado, muy diferente al que usaban ellos, que prácticamente iban desarmados. Traerían una orden de registro o tal vez les acompañara un juez que lo observaría todo como un convidado de piedra, sin decir nada, dócil como un perro guardián. Laxalt empezó se sentía aturdido y muy cansado, y sin darse cuenta, se quedó dormido sobre la mesa.


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