domingo, 9 de noviembre de 2008

LOS VEDANTINES

JIA LU (Reflection)

Los Vedantines viven a la vez en dos mundos distintos. Éste, al que todos pertenecemos, es para ellos solo un lugar de tránsito a donde siempre regresan, pues, ya que son por naturaleza cordiales y afectuosos, ansían encontrarse nuevamente con aquellos a los que quieren o aprecian, sean o no de su especie. Saben que son amores efímeros, amistades pasajeras, pasiones que dejan paso a olvidos, pero vuelven a ellos una y otra vez, como si creyeran, al contrario, en su duración infinita.

De su otro mundo es muy poco lo que cuentan, pues saben que no podrían reflejar en unas pocas palabras su atmósfera diáfana y despejada, el fuego de sus tormentas siderales, sus auroras maravillosas, las estrellas fugaces que lo atraviesan a ras de tierra, la energía sutil que lo recorre, inundado a cada ser vivo con su aura inmaterial, con su poder ilimitado. Tal vez utilizasen estas mismas palabras u otras parecidas, pero se desdecirían al instante o, de haberlas escrito, las romperían de inmediato, pues nada en ellas se asemeja en una milésima parte a lo que es ese lugar, al que en realidad pertenecen. Mientras tanto, como única posibilidad de conocerlo, animan a cada uno de sus conocidos a intentar un extraño viaje, sin necesidad de pagar el caro pasaje de un transbordador espacial, que empieza desde la más absoluta inmovilidad y termina a una velocidad superior a la que se mueve la luz o explotan los cuerpos celestes.

Casi todos rehúsan hacer la prueba. Los aprecian sinceramente, pero les consideran, a su vez, unos locos sin remedio. Son sus amigos y les perdonan sus rarezas, su pertenencia a dos mundos, su no ser de una sola nacionalidad, como todo el mundo civilizado, consienten que no les guste todo lo que ellos adoran, los centros comerciales, las playas abarrotadas, las estrellas televisivas, la comida copiosa y acelerada. Los pocos que prueban ese extraño viaje, además, lo abandonan rápidamente, tras intentarlo entre bostezos, con los ojos cerrados. Unos pocos, tal vez uno entre mil, llega hasta el final, y vuelve pálido y desencajado, con el pelo erizado, sin palabras. Lo que intenta contar no es sino un relato ininteligible, un croar de sapos, un débil reflejo de aquello que vio, sintió y escuchó.

Sin embargo, quien regresa de este viaje no vuelve a ser jamás el mismo que fue. Quizás él también perteneciera desde siempre, sin saberlo, a dos puntos separados del espacio, a dos mundos distintos. Tal vez no haya sido nunca el descendiente de una raza pura, de una estirpe sin contaminar, acaso sea un hijo de la unión entre seres de dos mundos distintos.

Los Vedantines se reúnen de tiempo en tiempo. Cuando esto sucede charlan en voz baja, ríen o están en silencio, alternativamente. Pueden estar horas seguidas riendo o, por el contrario, sin decir una palabra, con la espalda erguida, mirando a un infinito que empieza en ellos mismos y que nadie, sino ellos, puede ver dónde termina.

Después, de regreso a este mundo, los Vedantines comen, beben, duermen, hablan, caminan, besan y abrazan como lo hacen los demás habitantes del planeta, acuden a los supermercados y a las cafeterías, leen los periódicos, van de vacaciones y parecen haberse olvidado de su extraño país para siempre, como si fueran iguales que tú y que yo, como si no escondieran una naturaleza distinta bajo la piel, un corazón diferente, un cerebro que flota entre nubes.


1 comentario:

noel dijo...

hola
soy de
http://pescaenourense.blogspot.com/
te gustaria hacer un intercambio de enlaces?
saludos