sábado, 31 de enero de 2009

EL CALLEJÓN DE LOS ISLANDESES (V)

ANITA AUSTWICK (Venice Night)

(...) Dagbjört era una mujer sensible y a la vez decidida. A pesar de su juventud, había viajado dos veces a Islandia, donde trabajó durante las vacaciones de verano en una factoría de pescado, aprendiendo el idioma y recorriendo el país en compañía de algunos amigos que hizo durante su estancia. De vuelta en el Barrio, había comenzado a relacionarse con los círculos independentistas que perseguían la desanexión de la metrópoli que, como un magma viscoso, pretendía convertirlos, de una forma sutil y encubierta, en seres idénticos, sin origen ni ideas, insípidos y maleables. Dagbjört había hecho algunos viajes más. Tenía un maravilloso recuerdo de Myanmar, donde se sintió vivamente interesada por el carácter apacible y las creencias budistas de sus habitantes. Pasó también dos meses en una comunidad indígena de Honduras, descubriendo con gran pena el gran espacio que ocupan la opresión y la injusticia sobre la faz del mundo.

Solo en su despacho, Henri Laxalt pensaba en si debía comunicar a sus superiores lo sucedido cuando recibió una llamada de Gudni. El joven agente había averiguado que esa noche partiría, desde el puerto antiguo del Barrio, un barco que tenía la intención de llegar hasta Reykjavik, tras un largo periplo con escala en varios puertos, como Lorient, Galway y Aberdeen. Según había podido saber, Dagbjört viajaría en él, escondida en un camarote oculto.

Instantes después, el jefe de policía recibió una nueva llamada. Un periodista había telefoneado a sus superiores de la capital interesándose por la explosión del astillero. Laxalt se disculpó ante el jefe de operaciones especiales, alegando estar elaborando su informe en ese preciso momento, y le expuso apresuradamente la información de que disponía, pero omitió dar datos sobre la partida del barco. Decidió esperar a la llegada de los policías para proporcionarles cualquier información al respecto.

Laxalt conocía bien el modo de actuar de los policías de asalto. En unas horas, cinco o seis como máximo, llegaría uno de los grupos contraterroristas, que recabaría toda la información disponible, acudiendo después al hogar de las muchachas, donde entrarían derribando la puerta con una pequeña carga explosiva. Tal vez golpeasen o detuviesen a Unna, la compañera de Dagbjört, tímida y apocada, que sin duda se sentiría aterrorizada. Revisarían todo el piso, destrozarían los muebles, gritarían, insultarían y amenazarían a la muchacha hasta que decidieran que ya era suficiente, aunque estarían informados de que Unna no tenía nada que ver en el asunto. Se llevarían cajas de material susceptible de proporcionar cualquier información, ordenadores, discos duros, libros o papeles. Una vez libre, la muchacha pasaría unos meses deprimida y angustiada, sin apenas poder dormir o llorando sin motivo, temiendo volver a ser sorprendida en mitad de la noche.


Cerca de la madrugada, a la hora en que debía partir el barco, Henri Laxalt estaba en el puerto, dentro de un coche sin ninguna identificación externa. No faltaba más de una hora para que llegaran las fuerzas de asalto. Lo acompañaba Gudni, el agente nacido en el Callejón, que le miraba inquieto, sin saber cómo iba a reaccionar su jefe. Cuando solo llevaban diez minutos esperando vieron llegar un vehículo que, tal vez como medida de precaución, dio varias vueltas antes de detenerse junto al barco. Del automóvil descendieron dos muchachas jóvenes, que caminaron unos metros entre las sombras de los veleros y los barcos de pesca. Dagbjört arrastraba una maleta con ruedas, que sujetaba con una mano vendada. No parecían tener miedo a ser descubiertas. Dos hombres permanecían vigilantes, mirando alrededor, aunque tal vez hubiera alguno más al que no podían ver, apostado en otro lugar. Tal vez Thor, Loki y el resto de los viejos dioses islandeses también vigilaban desde las sombras.

Henri Laxalt había decidido dejar que la muchacha partiera. No quería detenerla por un incidente que en realidad había sido de escasa importancia, en el cual ella parecía ser la única perjudicada, pues había perdido dos dedos. Se mantuvo observando desde la lejanía, como un amante preocupado o celoso y la vio besarse en la boca con la otra muchacha y permanecer largo rato abrazadas. Cuando Dagbjört subió por fin al barco la otra mujer se quedó en el muelle, viendo cómo la nave se alejaba lentamente, Aún después, cuando ya había desaparecido por completo en el horizonte permaneció allí durante unos minutos y a Laxalt le pareció que lloraba, si bien esto era algo difícil de apreciar desde la distancia a la que se encontraban.

El jefe de policía volvió a la comisaría en compañía de Gudni, que le miraba sorprendido y tal vez orgulloso. Estaba convencido de haber hecho lo correcto. Sin embargo, sentía un temor impreciso cuyo origen no sabía explicar. Tal vez fuera miedo o la sensación de no haber cumplido con su obligación como agente de la ley. Una vez en la sede policial Laxalt tomó un café y se preparó para recibir a sus colegas de la capital. Les proporcionaría los datos de la investigación y después los acompañaría a la casa, como había hecho otras veces. Los agentes, diez ó doce, vendrían preparados con armas y equipamiento avanzado, muy diferente al que usaban ellos, que prácticamente iban desarmados. Traerían una orden de registro o tal vez les acompañara un juez que lo observaría todo como un convidado de piedra, sin decir nada, dócil como un perro guardián. Laxalt empezó se sentía aturdido y muy cansado, y sin darse cuenta, se quedó dormido sobre la mesa.


jueves, 29 de enero de 2009

EL CUARTO MENGUANTE

CLAUDIO BRAVO (Alfombra Roja)

Tuvo un presentimiento y se acercó con una luz en las manos al cuarto en que ella deliraba.

Aún estaba inconsciente y los escalofríos recorrían su cuerpo aletargado como olas gigantescas.

Conocía las terribles alimañas que habitaban sus sueños, lagartos de pupilas verticales, venenos que trazaban surcos negros debajo de sus párpados.

Sentado en cuclillas frente al balcón abierto pasó la noche a su lado, contemplando a través de las finas gotas de lluvia a las prostitutas que buscaban entre cientos de hombres un confidente con la boca marcada por el trueno.


miércoles, 28 de enero de 2009

EL JINETE NOCTURNO

OSWALDO GUAYASAMÍN

No daba señales de vida, sus pies descalzos estaban amoratados, hinchados por los golpes del verdugo.

Tenía las sienes hundidas y aún después lo habían estrangulado. Alguien dijo que tal vez se fingiera muerto para evitar un castigo mayor.

Los centinelas aguardaban afuera, vestidos con trajes blancos, formando triángulos por temor a una emboscada.

Muchachos cómplices vigilaban las calles haciendo señales en cruz sobre los muros, mientras los pájaros volaban alrededor, a ras del suelo, unidos entre sí por relaciones secretas.


lunes, 26 de enero de 2009

EL CALLEJÓN DE LOS ISLANDESES (IV)

JOHN WILLIAM WATERHOUSE (Lady of Shalott)

(...) Dagbjört había nacido en una de las casas más antiguas del Barrio. Su padre faenaba en los barcos de pesca y su madre remendaba redes en grupos de mujeres bulliciosas. Desde pequeña se veía a la niña correteando por las calles estrechas del puerto, jugando entre las cajas de pescado, subiéndose a las barcas o lanzándose al agua desde el malecón con los chicos de su edad. Era una muchacha inquieta, rubia y de ojos muy vivos, una princesa de incógnito, como las que abundan entre las clases más bajas, llegada a través de los tiempos, por vías inverosímiles, desde un lejano país de hielo. Todos sus vecinos la conocían, tenía infinidad de amigos y frecuentaba las casas ajenas. Como ocurría con la mayoría de los niños del Callejón, era un poco hija de todos, todos la cuidaban y se preocupaban por ella, como los miembros de una tribu primitiva.

Con los años Dagbjört fue a la universidad y se licenció en Antropología, pero al no poder vivir de su profesión se dedicaba a dar clases de música a grupos de niños. Tenía ya 25 años y tocaba el violín en un conjunto de folk-rock que había llegado a grabar un disco que no tuvo ninguna repercusión. Algunos de los componentes del grupo habían estado en la cárcel con condenas de menor entidad por diversas actividades que el Estado consideraba como subversivas. Henry Laxalt revisó los cargos que se habían utilizado contra ellos: participación en algaradas, pequeños robos de material en empresas multinacionales, utilización de artefactos pirotécnicos, reuniones delictivas, manifestaciones ilegales. A pesar de ello, no constaba que hubiesen agredido o herido a nadie.

El jefe de policía observó las fotografías de la muchacha. Nunca había estado detenida pero Gudni consiguió reunir un pequeño dossier sobre ella, con datos cogidos de diversos archivos. Era muy guapa, con una belleza indefinible, ligeramente salvaje. Muchos de sus amigos del Callejón se habían interesado sentimentalmente por Dagbjört, pero por lo visto jamás había salido o se había acostado con un hombre. Sin embargo, se le habían conocido varias novias o amantes, aunque estas relaciones casi siempre terminaban abruptamente. Henry Laxalt leía los informes que hablaban sobre la vida de la muchacha y no podía dejar de sentir una simpatía creciente hacia ella. Tal vez él también, si hubiera sido más joven, se habría enamorado perdidamente al conocerla, sin ninguna probabilidad de éxito.

En la actualidad Dagbjört vivía con una íntima amiga suya de la escuela llamada Unna. Ambas eran muy distintas. Unna apenas salía de casa y era más bien gruesa, tímida y triste. Laxalt pensó que era imposible que pudiera tratarse de la mujer que la acompañaba cuando acudió al hospital, pues ni los rasgos físicos ni la edad coincidían con los reflejados en las declaraciones del personal sanitario.

(...)

sábado, 24 de enero de 2009

LOS MANDARINES

BO XIAO HUAI

En sus años de juventud, los Mandarines enarbolaban flores y banderas rojas. Hoy tienen casas de campo donde cultivan y podan sus rosas con esmero, como maestros del Tao, pero tarde o temprano, todas se mueren en sus manos, como si les transmitieran un flujo perverso. No obstante, les gusta fotografiarse con ellas y sentir las espinas punzantes que penetran su piel suavemente.

Los Mandarines creen ser obreros con corbata, revolucionarios con maletín, peligrosos activistas que asaltan bancos con sus tarjetas de crédito. Cenan en distinguidos restaurantes donde discuten sin parar de cotizaciones de bolsa y estrategias políticas, de coches alemanes y barcos de vela donde vuelan al viento sus corbatas de seda, pues otro fin los mueve, un fin narcisista y ruin que ha dejado a un lado, como un mal inevitable, a los parias del mundo.

Los Mandarines desprecian los libros y el arte, que consideran pasatiempos inútiles. Cuando eran muchachos leían poemas y participaban en happenings, en fiestas de sexo, en algaradas y en marchas callejeras. Hoy miran con desdén a aquellos que, a su edad, enarbolan aún las banderas de antaño, viajando a lugares iniciáticos, ascendiendo montañas, reuniéndose en grupos misteriosos, viviendo al límite, con los ojos llenos de emoción y sabiduría. A menudo, mandan a disolverlos a las fuerzas de policía, o les imputan crímenes imaginarios con llamadas apresuradas a jueces que les deben sus cargos.

El tiempo pasa para los Mandarines como pasa para la gente sin hogar, para los que cuidan enfermos o recogen las basuras, para los niños hambrientos de Sudán, para los nómadas mongoles o los mercaderes que cruzan aún, en largas caravanas, los desiertos del mundo. Tienen todo lo que pueden desear, pero su dinero o su poder no sirven para comprar un segundo de tiempo, una gota de juventud, una pequeña llama de alegría, un miligramo de amor o de vida.

Los Mandarines creen ser felices, y tal vez, después de todo, lo sean. Coleccionan amigos de interés, hijos indolentes, esposas manirrotas y amantes sórdidas. Incuban diabetes, anginas de pecho, arterias obstruidas, apoplejías y cánceres silenciosos, que van abriendo en su interior, día tras día, pequeños surcos oscuros, células y tejidos necróticos, diminutos espacios de muerte.


jueves, 22 de enero de 2009

LA MORDEDURA DE COBRA

SACERDOTE DE LA SERPIENTE (INDIOS HOPI)

Una joven desconocida le regaló una culebra muerta. Horrorizado, la arrojó al fuego hasta ver su esqueleto quemado. Compró tabaco y salió a pasear junto a las fábricas de mariposas, sin poder olvidarse de aquella mujer ni por un solo instante.

Llegó a casa con los ojos de un animal enfermo, se acostó dolorido y triste, como si hubiera sido mordido por una cobra. Cuantos lo vieron supieron al instante que aquella noche iniciaría el viaje más recóndito, la aventura más audaz, que partiría hasta regiones inexploradas donde solo llega la muerte.


domingo, 18 de enero de 2009

EL CALLEJÓN DE LOS ISLANDESES (III)

REMEDIOS VARO (La llamada)

(...) La mayor parte de los habitantes del Barrio Prohibido creen en espíritus, en fantasmas y seres de ultramundos. Piensan que todos, de un modo u otro, somos entes inmateriales encerrados dentro de un cuerpo temporal, de una cáscara vacía, que en sí misma, no tiene excesivo valor. Cuando se corta el eslabón de la existencia, el cuerpo cae como una rama seca. Lo realmente importante es el soplo que otorga la vida, el espíritu, que según las antiguas tradiciones islandesas, se compone a su vez, como un rompecabezas, de infinidad de pequeñas almas. Este espíritu es distinto de unos individuos a otros y puede pasar de generación en generación hasta volver a encarnarse, lo cual sucede, a veces, con un intervalo de siglos. Poner a un niño que va a nacer el nombre de un antepasado lo reclama de nuevo a este mundo, para que de ese modo pueda, si así lo desea, volver a él.

A nuestro lado existen espíritus sin cuerpo que caminan entre la muchedumbre, que observan los escaparates de los comercios, que visitan los teatros y las salas de cine y acuden para estar con quienes fueron sus amantes, sus hijos o sus amigos. De este modo, los espíritus de sus antiguos habitantes siguen residiendo en el Barrio, y comparten nuestras vidas sin palabras, como ráfagas de aire, como gotas de lluvia, como los rayos de sol que calientan nuestras habitaciones en los días de hielo y frío intenso.

Muchos habitantes del Callejón creen que los antiguos dioses islandeses también residen en él. Entre ellos se encuentra Loki, el dios del fuego y las mentiras, que viaja siempre por caminos sinuosos, y su mujer, Sygin. También está Ægir, el dios del mar, y Thor, con su célebre martillo, Sif, su esposa y Odin, el padre de todos ellos. Quienes viven en las viejas casas del Callejón de los Islandeses creen verlos pasar a su lado, salir del océano o cruzar el espacio. En mitad de la noche sienten su presencia escuchando el eco de su dulce llamada o la cólera de su venganza.


Los hechos se precipitaron durante los días siguientes. Las enfermeras del hospital reconocieron a una de las muchachas en las fotos que los policías les fueron mostrando. La chica se llamaba Dagbjört y vivía en un portal oscuro del Callejón. Desde entonces, un agente infiltrado vigiló la entrada a la casa, donde vivía con una amiga. Las persianas estaban bajadas y solo se vislumbraba una luz difusa en el interior. Nadie respondía al teléfono o al timbre de la puerta. Laxalt también acudió hasta allí, solo con Gudni, para no levantar la alarma entre los vecinos. No había dado noticia aún a la central de la pequeña explosión, pues de inmediato habrían enviado a un grupo de agentes especiales fuertemente armados que habrían golpeado y detenido a las muchachas.

(...)


sábado, 17 de enero de 2009

CANCIÓN DE LAS MAMBAS

ALEXANDER CALDER (Jardin fleuriste)

Las buenas palabras hieren como el fuego o los labios de las mambas.

Me tumbo boca abajo sobre la tierra, me enredo entre alambradas. Arañado y cubierto de sangre penetro por las rendijas de luz, salto azoteas, atravieso las grietas abiertas en las casas hasta llegar al cobertizo oscuro donde duerme la muchacha a la que siempre amé.

Me mira como si fuera un pájaro. En su respiración del color de las moras crecen madreselvas y amapolas. Tomo sus manos dulcemente, beso su cabellera pálida donde brillan pequeños diamantes, como estrellas lejanas o cuchillos de plata.


lunes, 12 de enero de 2009

EL CLUB DE LOS TAIMADOS

MAXFIELD PARRISH (The Venetian Night´s Entertainment)

El Club de los Taimados gobierna el mundo desde hace varias generaciones. Han colocado a sus seguidores en puestos de relevancia, en los que tienen poder real y en los que solo ostentan un poder fingido, hasta el punto de que ya no queda un miembro del clan, un hijo, un primo, un hermano, un amigo de un amigo sin cargos de relativa importancia: ministros del gobierno, alcaldes, gerentes de centros de reproducción asistida o de empresas petroleras, directores de teatros y periódicos, encargados de polideportivos, secretarios de asociaciones filantrópicas, revisores de autopistas, diseñadores de jardines abstractos o guardias de prisiones. A su alrededor han ideado un complejo entramado de empresas ficticias, de colaboradores, cómplices y soplones que recogen las rentas sobre las que asientan su poder sombrío.

Los miembros del Club no son de izquierdas ni de derechas, no son conservadores, liberales, socialistas ni comunistas, pero pueden ser todo ello alternativamente si hacia allí se orientan las nuevas corrientes, cambiantes como las mareas, que rigen el mundo. Su único objetivo es estar siempre al mando, en cualquier situación, en dictaduras implacables, en democracias simuladas o, tras unos instantes de zozobra y descontrol, en las revoluciones proletarias. Dominan para ello un amplio repertorio de frases hechas y vocablos domesticados, como equidad, solidaridad, justicia, libertad, fraternidad, democracia o muchos otros, pero no creen en ellos, pues no consideran los votos sino un instrumento más de control, una partida ganada.

Sus integrantes dicen abominar de la violencia, sea cual sea su origen, pero la practican según su conveniencia, colaboran con invasiones de interés, acumulan armas poderosas y las venden sin ningún miramiento a aquellos que solo creen en el valor de la fuerza, a quienes asesinan a sus oponentes o controlan las disidencias a bombazos.

Quienes forman el Club son tan solo una fracción despreciable del conjunto de habitantes del planeta, pero mantienen una influencia formidable sobre las vidas de la mayoría de los seres humanos. Deciden tendencias, consumos y plebiscitos, imponen modas e ideologías que todos asumen como propias. Tarde o temprano, la mayor parte del dinero acaba en sus manos, tras pasar un tiempo infinitesimal en las carteras o las cuentas corrientes de los pobres infelices que no son sus partidarios.

Otros aspiran a sucederles. Son iguales a ellos, miembros de familias opuestas, Capuletos contra Montescos, Jacobinos y Girondinos, Pazzis contra Médicis. Solo desean despojarles de sus puestos para extender así, como un cáncer inexorable, sus ramificaciones por el mundo. Conspiran en las esquinas y en los cafés de diseño, compran y venden influencias, extienden murmuraciones y noticias, negocian y se juramentan, vigilados de cerca por los esbirros del Club, que los persiguen con saña, exhibiendo ante ellos, sus futuros amos, habilidades de perros de presa.


domingo, 11 de enero de 2009

FUERZAS MISTERIOSAS

RENÉ MAGRITTE (El cheque en blanco)

La vida y la muerte son dos hechos absolutamente banales para las fuerzas de la naturaleza. Suceden cada día, constantemente, a nuestro alrededor, sin necesidad de la participación humana, sin que biólogos, físicos, médicos o ingenieros intervengan o fabriquen uno de sus prototipos. Nacen y mueren las plantas, los árboles, los insectos, los peces, los anfibios, los seres microscópicos, los pequeños mamíferos, las personas o las estrellas. La vida se replica o desaparece con una facilidad asombrosa, sin que parezca, en su dimensión individual, ser un hecho con demasiada trascendencia para el devenir del Universo. La mayor parte de los seres vivos, con la excepción tal vez de los humanos, lo asumen sin tragedias, como una parte más del ciclo natural, del ir y venir de los vientos de la energía por el mundo. Los individuos de cualquier especie luchan por seguir vivos pero al final se resignan a ser devorados, a la vejez, a la enfermedad o al hambre y se dejan morir, en el bosque, en el desierto o tendidos sobre el hielo, sintiendo el frío intenso que los va cercando.

Las personas, en el ejercicio altivo de su supuesto dominio sobre todo lo que existe a su alrededor, creen ser alumnos aventajados que han superado en poder al Universo, su maestro. Construyen y destruyen, como pequeños diosecillos malcriados. Quitan la vida alegremente y sin necesidad, como dictadores sin piedad que deciden la vida o la muerte de los demás seres. Utilizan a los animales como objetos a su servicio, no como compañeros insondables en su transcurrir ético por el mundo. Matan, pero son incapaces de dar vida a nada. La existencia vuelve a nacer cada día a nuestro lado, como el hecho más trivial. Nacen nuevos niños, crecen las plantas, se extienden las esporas de la vida aquí y allá. Los seres humanos somos muy capaces de matar, pero completamente incompetentes para crear la vida, para llevar a cabo este sencillo paso, omnipresente a nuestro alrededor, tan sencillo de realizar para las fuerzas misteriosas que mueven el mundo.


martes, 6 de enero de 2009

EL CALLEJÓN DE LOS ISLANDESES (II)

ICELAND

Los expertos policiales recogieron muestras de sangre y las analizaron. Gudni, uno de los agentes, nacido en el Callejón de los Islandeses, fotografió las inscripciones y colaboró en su interpretación, que se realizó con la ayuda de especialistas en runas y en antiguos mitos escandinavos. Otros policías indagaron en los centros sanitarios y preguntaron a los vecinos del astillero abandonado.

En poco menos de una semana Henry Laxalt tuvo los informes sobre su mesa. De acuerdo con ellos, la sangre encontrada entre los restos de la explosión pertenecía a dos personas distintas. Además, una parte del suelo había sido limpiado apresuradamente, por lo que las heridas podían ser mayores de lo que la escasa cantidad de sangre encontrada parecía evidenciar. En las urgencias del hospital del Barrio habían sido atendidas dos personas que podían corresponderse con las que los investigadores buscaban. Habían recibido atención por heridas de importancia ocasionadas, según contaron, por un accidente doméstico. Se trataba de dos mujeres, de alrededor de veinticinco años, que utilizaron nombres falsos. Contraviniendo la recomendación de los doctores, las muchachas habían decidido marcharse rápidamente, una vez realizadas las primeras curas. Laxalt se quedó impresionado al leer en el informe médico que a una de ellas le habían sido amputados dos dedos de su mano izquierda.

El informe sobre las inscripciones que se habían encontrado en el lugar del estallido fue sorprendente. Los expertos concluían que aquellos signos extraños eran referencias a antiguos dioses y héroes de las sagas islandesas, así como a otros seres de la mitología nórdica. Según esto, el antiguo astillero parecía ser una especie de santuario donde se realizaban ofrendas a los antepasados y a los fantasmas de tiempos remotos. Además, los especialistas concluían que ese mismo lugar se venía utilizando con esa finalidad desde hacía mucho tiempo, tal vez por sucesivas generaciones de habitantes del Callejón. Gudni recordaba haber jugado de pequeño en los pabellones, y aseguraba haber visto inscripciones como aquellas.
(...)

lunes, 5 de enero de 2009

CANCIÓN DE SALTIMBANQUIS

GEORGES SEURAT (The Circus)

Duermo a la sombra de los barcos, entre muchachos desnudos que se zambullen en el océano, desordenado como un jeroglífico.

El tiempo escribe sus historias en las olas moradas, como en una amatista de mil caras.

Delfines, medusas y sirenas hablan en mi oído con burbujas de lava, dejan arañazos en zigzag sobre mi cuerpo que da vueltas adelante y atrás entre estelas de barcas hundidas.

Iluminado por una extraña luz camino entre las algas, hago equilibrios sobre corales y reverencias a los viejos espíritus del agua que me dieron la vida y que aún circulan, como un plancton invisible, por el flujo oscuro de mi sangre.

sábado, 3 de enero de 2009

EL CALLEJÓN DE LOS ISLANDESES (I)

JUSTIN CHERRY (THE LOST WATCHTOWER)

En el Barrio Prohibido existe un arrabal de viejas casas, enfrentadas al mar y comunicadas entre sí por pasajes estrechos y serpenteantes, que todos conocen como El Callejón de los Islandeses. Sus habitantes son, en su mayoría, rubios de ojos muy claros, casi transparentes. De este hecho y del misterioso nombre de la calle se ha pretendido deducir que sus antepasados llegaron hasta aquí desde esa isla septentrional, la mítica Thule de los relatos antiguos. Los descendientes de aquella travesía, que si fue cierta, se pierde en tiempos muy remotos, han vivido en el Callejón durante siglos. Todos ellos hablan una lengua extraña, sin lazos sintácticos reconocidos, que es una mezcla del viejo idioma del barrio y de otros dialectos que suenan, en los oídos de aquellos que acuden a visitarlos, como el borboteo del agua caliente en los géiseres, el avance imperceptible de los témpanos sobre el mar o el abrupto rumor de la lava en el interior de sus volcanes helados.

En el Barrio abundan los grupos secretos que buscan la desanexión de la metrópoli, a la que perciben como un ente lejano y hostil. Muchos de quienes los integran provienen del Callejón de los Islandeses, que no parecen sentir ningún interés por los símbolos del dominio extranjero, aunque ellos, a su modo, también sean extraños al Barrio. Henry Laxalt, el jefe de policía y sus agentes han tenido que acudir hasta allí en numerosas ocasiones, para investigar voladuras, algaradas y asaltos. Cuando llegan en sus vehículos, los habitantes del Callejón prosiguen en silencio sus tareas cotidianas, inmutables, observándolos como si fueran seres translúcidos. No obstante, no parece que estos apasionados defensores de la independencia del Barrio hayan asesinado a nadie, si bien hay crímenes oscuros que se han atribuido a este movimiento, aunque no existen pruebas que muestren una relación directa, fuera de simples especulaciones oportunistas.

Hace unos días, Laxalt recibió un aviso. Un artefacto de escasa potencia había explotado, presumiblemente por error o accidente, en un astillero abandonado, muy cerca del Callejón. Entre los restos de la deflagración, los agentes encontraron, sobre el suelo y en los muros, símbolos y dibujos que recordaban a esvásticas y antiguas runas. Pero también hallaron, aquí y allá, manchas, estrías y salpicaduras de sangre. Todo parecía señalar a que el artefacto podía haber explotado de un modo accidental durante su preparación provocando, cuando menos, heridas a aquel o a aquellos que lo fabricaban o manipulaban en aquel lugar.

(...)