miércoles, 31 de diciembre de 2008

HADAS DE LOS MATADEROS

BASQUIAT (Self portrait)

Cuando todos sus compañeros ya se habían marchado, Joseph Poe abrazó a un ternero muerto, y permaneció a su lado, acurrucado sobre el suelo, durante varios minutos. Después, mientras la noche cubría con sombras de hielo el edificio rojo del matadero, el muchacho se quedó conversando en voz alta con los fantasmas de los animales a los que había degollado durante el transcurso del día.

Pidió perdón a los corderos, a los cerdos que gruñían salvajemente, a los caballos, a los bueyes impávidos. Imploró la compasión del Gran Espíritu Invisible para él, que les había arrebatado la vida, y para los seres inmateriales que había liberado con su muerte. Le aseguró que los había sacrificado con el respeto que merecían, tratando de evitarles todo el sufrimiento posible, y que deseaba que aquellos a quienes iban destinados no desperdiciaran un solo pedazo de la carne de los animales muertos, y que no despreciaran sus pieles, sus vísceras o su sangre.

Joseph volvió a casa de madrugada, alcoholizado y triste, tambaleándose por las calles cubiertas de finos hielos. Vivía en un piso semiderruido, en la calle de Gizeh, un suburbio desolado y sombrío. Casi todos sus vecinos eran inmigrantes, y muchos, al igual que él, habían llegado hasta el Barrio desde lejanos países de África, separados entre si por inmensas llanuras, grandes lagos, bosques o montañas gigantescas, lo que les hacía mirarse como si fueran habitantes de mundos distintos, como enemigos o extraños. Solamente les unía la pobreza y el color de la piel. Joseph Poe, sin embargo, cuando bebía hasta perder el control o fumaba heroína, se sentía un hombre distinto a todos, un príncipe masai, un auténtico morani, un guerrero vagando con su lanza, entre búfalos y cebras, por el cráter del Ngorongoro.

Cuando era un muchacho, Poe fue instruido en las costumbres de su pueblo y en los misterios que, a sus ojos, encierra el mundo. Aprendió a mirar más allá de la realidad visible, a comprender que además de las personas, los animales, las plantas y los objetos que pueblan el mundo, existen seres inmateriales, duendes, hadas, espíritus o demonios, y aprendió a conversar con ellos en su propio lenguaje, suave y melódico como el movimiento de las briznas de hierba.

Incluso en un lugar lúgubre y sombrío como el matadero, recorrido de día y de noche por mugidos, relinchos, y balidos de dolor, además de los espíritus inquietos y temerosos de los animales sacrificados, había duendes y pequeñas hadas, flotando sobre los cuerpos desollados, cubiertos de sangre y las vísceras esparcidas. Las hadas de los mataderos eran muy hermosas. Algunas tenían la piel blanca y otras, en cambio, la tenían oscura. A Poe no le extrañaba nada de esto. Lo sobrenatural, lo extraño y sorprendente era para él muchas veces más claro y comprensible que la mayor parte de los sucesos cotidianos.

Sin embargo, muchas veces Joseph dudaba de que todo esto no fuera sino un desvarío de su imaginación, los síntomas de una locura embrionaria o la mezcla en su cerebro enfermo de todas las historias que había escuchado alguna vez, cuando era un niño, y la vida le parecía hermosa y sorprendente como la representación de un teatro mágico. A veces, incluso, cuando se miraba en el espejo no veía a un hombre negro y delgado, sino a un ser extraño, sin color y sin rasgos definidos. Otras veces, a pesar de observar detenidamente, no veía a nadie.

El Barrio no fue la tierra de promisión que esperaba su familia. El padre, que había encontrado trabajo en un taller clandestino donde se fabricaban cohetes para las celebraciones de los días de fiesta, murió destrozado por un estallido de pólvora. Poco después, su hermana se fue de casa y Joseph había oído que se prostituía, lejos del Barrio, viajando continuamente de club en club, de una ciudad a otra. Poe vivía solo en la casa donde un año antes aún convivían los tres, y hasta allí le llevaban muchas noches agentes que hacían sus rondas nocturnas o vecinos anónimos, en un estado semiinconsciente provocado por el alcohol o la ingestión de drogas.

Poe pasó todo el día siguiente en su puesto de trabajo del matadero, sin cruzar una palabra con nadie. Estuvo cortando las grandes piezas de carne de una forma mecánica, con los ojos entrecerrados, como si el mismo fuera también un espíritu. Nunca acompañaba a sus compañeros en los momentos de descanso, pues se avergonzaba de no conocer bien la lengua y se sentía muy distinto de ellos, que a su vez le miraban con recelo. Mientras vaciaba las vísceras de los animales muertos, Poe habló consigo mismo en voz muy baja. Aquella mañana llevaba alrededor del cuello un collar de cuentas azules, en homenaje a su dios, Enkai. Por alguna razón, pensaba que aquel sería el último día de su vida. Sin embargo, la convicción de que el momento de su muerte estaba tan próximo no le hacía sentir ninguna tristeza.

Cuando llegó a casa, Joseph preparó su cena. Frió un pedazo de carne que había comprado esa misma tarde, de camino a casa, y mientras la masticaba muy lentamente, se quedó pensando en que tal vez él mismo hubiese matado al animal uno o dos días antes. Se sentía terriblemente solo. Volvió sobre sus pasos, para ir a buscar una botella de vino, y entonces vio con sorpresa que la puerta de la calle estaba entreabierta y que alguien había depositado en el suelo de la entrada un pequeño paquete postal. Después de rasgar el envoltorio encontró una tarjeta, que leyó con dificultad. Era la invitación para acudir a una fiesta, la Fiesta de la Serpiente, misteriosamente escrita en su propio idioma, la lengua del viejo pueblo masai, que había empezado a olvidar.


lunes, 29 de diciembre de 2008

LA GUERRA CON LOS PIGMEOS


Cuando empezó la guerra con los pigmeos nos despedimos con un beso de nuestras esposas y amantes, tan ardientes y felices como si se alejaran de nosotros para siempre o aguardaran heredar por fin nuestra escasa fortuna. Nos abrazaron con una pasión desconocida y acariciaron el centro de nuestro pecho como si tocaran el agujero de la bala que habría de matarnos.

Después acabamos por irnos, pero el convoy nunca partió. Un extraño armisticio acabó con nuestra aventura. Al volver, todos nos evitaban, nadie quería ser visto con nosotros, nuestros hijos se reían a escondidas. Durante aquellas noches, avergonzados, nos fuimos a dormir a la playa. Mientras soñábamos con pequeñas muchachas de piel negra, con bombardeos y botines fabulosos, nadie escuchó acercarse las canoas de los pigmeos, que con las luces apagadas surcaban el océano tenebroso.

sábado, 27 de diciembre de 2008

POEMA ESCRITO EN UN PAÑUELO DE SEDA

JONATHAN VINER (Lovesong)

Puso el cañón en su pecho, mientras él lo miraba sin apenas respirar. Lo mató allí mismo y dejó su cuerpo bajo un paraguas negro. Pequeños pájaros rojos trazaban piruetas al ras de sus ojos abiertos.

Volvió a su choza vacilando con pasos de funámbula y se tendió en un jergón esperando la llegada del sueño, con los ojos clavados en los signos indescifrables del cielo.

jueves, 25 de diciembre de 2008

LA ARISTOCRACIA DEL CORAZÓN

POLLUELOS EN UNA TORMENTA DE NIEVE

La aristocracia del corazón no cotiza en bolsa ni preocupa a los brokers, a los ejecutivos o a los dirigentes políticos. En el ránking mundial de valores ocupa el lugar maldito de las frases hechas y las buenas intenciones sin precio de mercado.

Quienes la practican no desprecian el valor del dinero, pero tampoco sacrifican su vida por él ni son capaces de actuar con usura o ventaja para conseguir beneficios. Saben que todo en la vida es fugaz y que son muchas las cosas que no se pueden comprar. Practican extraños ejercicios de altruismo y generosidad para intentar transformar su pequeño mundo, pues saben que en realidad no son dueños de nada, pues lo que poseen hoy no será suyo por mucho tiempo.

Aristócratas del corazón trabajan en las residencias de ancianos, en las administraciones públicas, en los supermercados, en la construcción de edificios, en las cárceles o en las industrias de armamento, en los quirófanos y en las salas de moribundos o son vagabundos o aventureros sin hogar conocido. En esos cometidos desempeñan a menudo funciones perversas o carentes de lógica, encomendadas y supervisadas por otros, pero las hacen distintas con su sola presencia, como druidas que practican sortilegios con briznas de hierba.

Creen en la belleza del mundo, en el equilibrio de las especies y las razas, en la infinita variedad de los colores, en las múltiples caras del Tao, en la bondad y en la crudeza inmisericorde de la vida, en la justicia y en los rayos de luz que, en las situaciones más difíciles, consiguen filtrarse entre la niebla.

Los aristócratas del corazón no se reconocen como miembros de esta estirpe distinguida. A menudo se ven a sí mismos como simples plebeyos desastrados, y ceden el paso ante los que creen ser marqueses, duques o príncipes, tratándolos con amabilidad y respeto, como los caballeros secretos de una humilde orden de magos.

domingo, 21 de diciembre de 2008

EL OTRO LADO DEL ESPEJO

JONATHAN VINER (Stay of Execution)

Shamash cruza cada día el sendero que conduce al otro lado del espejo. Lleva años yendo y viniendo por él. Allí encuentra a su padre que murió, a sus amores pasados, a los niños que pudieron nacer de la energía volcánica de su semen. Descubre todos los lugares donde pudo ser distinto, vive en ciudades diferentes o en otras casas de su misma ciudad. Se cruza en la calle consigo mismo, llega a su hogar donde lo espera la mujer que lo abandonó hace diez años. Acuesta a sus hijos con un beso y hablan los dos en voz muy baja sobre quienes pueden ser aún, ya que por ellos han renunciado a la vida.

A este lado Shamash se mueve libre como una pluma de halcón, preguntándose donde le llevará su espíritu viajero, su instinto por vivir en el límite. Asume riesgos insospechados, se enreda en asuntos en los que hace un tiempo se hubiera sentido un extraño, hace nuevos amigos, tiene relaciones fugaces, viaja a lugares que nunca creyó que pudiera visitar, ve caimanes, da de comer a las mangostas, duerme con iguanas, tiene amantes cubanas, finlandesas, eslovenas.

Shamash quiero vivir siempre así, entre las dos mitades del espejo. Necesita los dos mundos, el que él mismo escogió y el que pudo haber sido y existe aún entre una fina niebla, del otro lado. Quiere vivir sin renunciar a sus muertos y a todos los vivos, a los que pudo ser y a todos los que puede ser aún en sus años de vida, hasta su viaje definitivo, hasta que un día caiga sobre el suelo como una hoja sin vida.


viernes, 19 de diciembre de 2008

LA ESTACIÓN DE LAS LLUVIAS

ÁLVARO REJA (La vendedora de ajos)

La vio en el agua, flotando con dificultad. Sus dedos estaban levemente mordisqueados por los peces, pero aún respiraba. Estaba inconsciente, herida por una puñalada. Ogerot la tomó en sus brazos bajo la lluvia y la condujo a su choza. Deseó besarla, pero los hombres de honor no besan a extrañas.

Tomó su medicina contra el insomnio y durmió siete horas. Lo despertó la muchacha, que deliraba entre sueños. La llevó a la ciudad en su viejo automóvil y allí la ingresaron en un cuarto del hospital. Ogerot aguardó varias horas en la habitación de guarda, sin atreverse a preguntar qué pasaba.

De madrugada, una enfermera le dijo que ya se estaba recuperando y que su vida no estaba en peligro. Entonces el hombre volvió a su hogar, contento y a la vez entristecido. Estuvo allí varios días, pensando en ella a todas horas, incluso en sueños. Acudía a pescar, arreglaba la choza, preparaba su comida, conversaba con las flores. Al final, derrotado por la nostalgia, volvió a buscarla, pero ya no estaba en el hospital.

La volvió a ver de forma casual, un año después, en la misma ciudad. La mujer que salvó de las aguas alborotadas vendía verdura en un puesto del mercado. Ogerot le compró cebollas, endivias y remolachas, aunque él mismo las cultivaba en su huerto. Cuando la muchacha se inclinó hacia él para entregarle su compra, sintió, como un año atrás, un deseo indomable de besarla, pero justo entonces recordó que los hombres de bien nunca besan a extrañas.


miércoles, 17 de diciembre de 2008

ZOHRA

CAROL BLOCK (Blowing Bubbles)

Desde hace unos años, la vida de Zohra es un juego alegre, casi sin interrupción, a la espera de que el juguete, ella misma, caiga definitivamente y se haga trizas contra el suelo.

Zohra tenía solo veinte años cuando se casó. Tuvo un hijo, Kalu, y poco después se separó. La muchacha intentó encontrar nuevamente un hombre que diera sentido a su vida. Hoy, desengañada, cree que es inútil buscar la razón de vivir en otra persona. Conoce hombres, comparte sus camas, sus momentos de felicidad y sus preocupaciones, llega a vivir con ellos, y tras un tiempo, rompe la relación e inicia otra nueva con alguien que consiga prender en sus ojos un destello de alegría.

Zohra nunca ha dejado de trabajar. Pasó quince años como ayudante en una oficina de arquitectura, hasta que, de repente, decidió abandonarla. Hoy, a los 42, cambia frecuentemente de ocupación. Así conoce gente distinta y explora las múltiples aristas de la antigua maldición bíblica que nos condena a tener que buscar el sustento.

Mientras Kalu era un niño Zohra apenas pudo viajar. Hoy hace cinco o seis viajes al año. Ha estado en Bostwana, en Irán, en Nicaragua, en Nueva Zelanda. Conoce Nueva York, Varsovia, Helsinki, Calcuta, Atenas e infinidad de otras ciudades de varios continentes. Practica el montañismo, y asciende las cumbres más altas de cada país que visita. También le gusta el mar y el buceo. Recorre las islas del Mediterráneo, Corfú, Creta, Malta, Chipre o Cerdeña, pero rara vez regresa a un mismo lugar.

Zohra ha descubierto aficiones perdidas, placeres desconocidos. Acude a bailar, toca música, lee, colecciona amigos de todo el mundo. Cree que cualquiera que conoce le supera en algo. Es cierto que hay personas perversas, enmarañadas o esquivas. A esos los deja de lado. Pero una mayoría de la gente es cooperativa y de buenas intenciones. Zohra lucha por mantener el contacto con ellos, por tejer una red de amistades indestructibles con los seres que han pasado por su vida y le han ayudado a construir su destino, a pesar de que a veces se encuentren separados por miles de kilómetros, y recibe frecuentemente postales, cartas, correos electrónicos o llamadas inesperadas.

En cualquier momento, en un aeropuerto perdido, en mitad de su jornada laboral, caminando por la calle o en brazos de un nuevo amante, su vida terminará. Entonces el espíritu de Zohra tal vez vuele, conducido por pequeños pájaros blancos, al lugar de donde llegó al mundo, a un lejano país sin dolor, a un universo hermoso y transparente.

sábado, 13 de diciembre de 2008

LUDOVIC

EDWARD S. CURTIS "Ndee Sangochonh, Apache Indian"

Desde los lejanos años de su adolescencia, Ludovic había sentido un gran interés por la vida de los pieles rojas. Sabía situar con exactitud sobre los mapas de América los territorios donde habían vivido los wichita, sioux, arapahoes, cheyennes, wisham, qahátikas, kiowas, hopis, arikaras, navajos y otras decenas de tribus indias. Conocía sus costumbres ancestrales, sus ritos secretos, sus tácticas de caza, los vestidos que utilizaban en sus ceremonias, sus recursos medicinales y sus alimentos. También era capaz de diferenciar sin vacilación, de entre las diferentes razas indias, a los habitantes de los poblados de adobe de los desiertos del Sur de aquellos que se dedicaban a la caza de búfalos en las praderas inmensas, y a quienes vivían en el interior de los bosques de los habían llegado a ser, durante siglos, los únicos ocupantes conocidos de las heladas tierras del Norte.

Ludovic, cuya extraña apariencia, muy pálido y vestido siempre de negro, recordaba a Buster Keaton o a Harold Lloyd, tenía una gran cantidad de libros y grabaciones acerca de estas tribus legendarias, y había visto infinidad de películas y documentales sobre ellas. En cierta ocasión, para asistir a una fiesta de disfraces se vistió como un pawnee, afeitándose la cabeza y pintando su cara de rojo, aunque tuvo tan poco éxito que todos le confundieron con un punkie o un skin head.

El muchacho era un gran admirador de Edward Sheriff Curtis, el famoso fotógrafo que dedicó su vida a recorrer las llanuras, los bosques y los colinas desérticas donde vivían aquellos maravillosos salvajes, retratando con su cámara fotográfica los últimos vestigios de unas culturas, emparentadas entre sí pero a la vez muy distintas, que se encontraban al borde de la desaparición. Así que cuando acabó sus estudios elementales y tuvo que elegir una profesión, Ludovic eligió ser fotógrafo, y se aplicó en estudiar y practicar con gran pasión el arte de dibujar con la luz. Pero no quiso renunciar a realizar estudios superiores, y para ello optó por la Filosofía, una ocupación olvidada y con escaso prestigio en la era de las máquinas.

Sus amistades anarquistas de aquellos tiempos y las lecturas filosóficas con las que dio sus primeros pasos por los etéreos caminos del pensamiento, libros de profetas del nihilismo, que defendían una visión muy pesimista acerca del mundo, le llevaron a la conclusión de que la civilización occidental estaba viviendo también sus últimos momentos, previos a su desaparición, como en su día ocurriera con los pieles rojas y con muchos otros pueblos y grandes imperios del pasado. Asumiendo este hecho como cierto e incontestable, Ludovic tomó la decisión de dedicar su vida a recoger en imágenes los últimos años de su propia cultura, a punto de extinguirse o de sufrir mutaciones irreversibles, tal y como Mr. Curtis hiciera en el territorio de los Estados Unidos con las naciones indias.

Ludovic centró su actividad en los países más desarrollados, sobre todo en Bélgica, donde había nacido, y en el resto del mundo occidental, incluyendo también en sus reportajes a los países por entonces comunistas, a Australia, Canadá y los Estados Unidos. En su opinión, los modos de vida del llamado Tercer Mundo, desde los habitantes de las selvas amazónicas a los pueblos de las estepas asiáticas, desde los aborígenes de Oceanía hasta la miríada de etnias que forman el África negra o las tribus y naciones musulmanas, aferrados aún, en buena parte, a sus tradiciones milenarias, iban a ser los únicos que perdurasen después de que la civilización occidental desapareciese, y serían tomados como modelos a partir de los cuáles construir las futuras generaciones. Y todo ello a pesar de que en la actualidad estén considerados pueblos incultos o subdesarrollados, sumidos en la superstición o sometidos cruelmente por creencias equivocadas o anacrónicas.

Así, según Ludovic, la raza humana habría de volver, tarde o temprano, a sus orígenes, que él situaba en la tribu, en la cual los terribles problemas creados por el progreso y la vida civilizada, como la pobreza, la marginación social, el paro, la destrucción del medio ambiente, la soledad en las ciudades superpobladas, o el abandono en que se encuentran los ancianos, los discapacitados o los enfermos psíquicos, tenderían a desaparecer por sí solos.

En sus fotografías, dominadas por virajes azules y rojizos, donde juegan a superponerse innumerables tonalidades de gris, aparecen prisioneros a punto de ser fusilados, vagabundos, carniceros descuartizando una vaca, cazadores de palomas, hombres famélicos que comen ratas, muchachos dormidos ante la televisión, cines casi vacíos, ancianos comiendo helados, mujeres ajustándose la ropa interior, bebés nacidos con deformidades, mecánicos de coches, pequeños comerciantes que cuentan una y otra vez su dinero, empleados del zoológico, muertos en accidentes aéreos, hombres desfogándose con prostitutas, parejas cogidas de la mano que miran hacia sitios opuestos, militares asesinados por una bomba, muchachos que golpean a una chica con un puño de hierro, cadáveres desnudos, condenados a muerte, estudiantes que se observan de reojo por encima de sus libros abiertos, sacerdotes de piel muy pálida, negros que saltan vallas, conductores que golpean sus cabezas contra el volante, alcohólicos caídos entre bolsas de basura, parejas practicando felaciones, habitantes de los túneles del metro, amantes felices, posibles suicidas que aparecen ahogados en las playas, y niños, muchos niños, que lo miran todo, que descubren la podredumbre que encierra todo, y preparan, sin que ellos mismos sean capaces de imaginarlo, un futuro distinto.

Ludovic nunca retrata edificios suntuosos o grandiosas perspectivas, ni tampoco objetos geométricos, espirales o hermosos paisajes que no contengan seres humanos. En ocasiones las personas apenas se pueden entrever en las imágenes que toma, pero siempre están allí, a menudo ocupando un pequeño espacio casi imperceptible, y en otras ocasiones, amontonándose, quitándose el primer plano los unos a los otros, luchando por ocupar un lugar en ese futuro del que, sin que lo sepan, son la negación.

El dominical de 'Le Monde' le dedicó un artículo de cuatro páginas, y su pequeña exposición, por la que apenas habían pasado diez o doce personas durante toda la semana anterior, se llenó los dos últimos días, y hubo que prorrogarla. Recibió más encargos de los que podía atender y fue invitado a participar en una serie de conferencias sobre el final del milenio, junto a renombrados artistas, sociólogos y literatos. Ludovic apenas fue capaz de explicar vagamente algunas de sus ideas, quizás porque no tenía más que unas pocas y eran muy simples.

Hace un mes, mientras ordenaba viejos papeles, encontré un recorte de prensa que hablaba sobre él, fechado once años atrás. He tratado de localizarlo durante varias semanas, con ayuda de unos amigos periodistas y de mi ex-amante, una policía de la Gendarmerie. Solamente he logrado averiguar unos pocos datos sobre su vida actual. Reside en un pueblecito de Las Landas francesas con una mujer que tiene una hija de quince años de otra relación anterior, sin haberse casado, conduce un pequeño Peugeot y trabaja en una negocio de reportajes fotográficos, no demasiado próspero, instalado en un destartalado local de alquiler, cuyo nombre indio “Le Tomahawk Photo Centre”, me hizo sonreír.


EL OKAVANGO


Los elefantes nadan bajo el agua, acechados por leones hambrientos, por buscadores de marfil, por fotógrafos de otros mundos.

Remo bajo el sol en una frágil piragua. Contemplo las águilas pescadoras, los jabirús, los cálaos, las avutardas que se posan en las ramas de los papiros, en los tallos desnudos de las palmas.

Paso la noche en una choza de madera, escuchando la tormenta que atraviesa el delta. Duermen a mi lado mis antepasados bosquimanos, cruzan mis sueños inquietos manadas de búfalos negros.

miércoles, 10 de diciembre de 2008

PLAYA SALAMANDRA

LAWRENCE ALMA-TADEMA (Ask me no more)

Tenía unos días libres y decidí viajar, solo, a un lugar llamado Playa Salamandra. Iba a cumplir los cuarenta, y quería meditar sobre mi presente y mi futuro, tratando de decidir en qué quería derrochar el resto de mis años de vida. Llevé mi ordenador portátil, dos libros, toalla y cremas para el sol, películas en formato DVD, música y una larga lista de cosas entre las que algunas, como siempre sucede, resultaban absolutamente prescindibles y de la que, como también ocurre siempre, se habían caído objetos ineludibles.

Reservé el hotel por Internet. Aún era temporada baja, y me dieron, por muy buen precio, una habitación enfrentada al mar. Desde ella se veía una isla de la que nunca supe el nombre. Había poca gente alojada en aquel lugar. La mayoría eran parejas de jubilados o de aspirantes a serlo en un breve lapso de tiempo, pero había también una chica sola, con acento catalán, pequeña y delgada.

Me la encontraba varias veces cada día, en el bar del hotel, en el comedor, en la piscina o en la playa. Tenía un cuerpo hermoso y proporcionado en traje de baño. Aquella noche tuve sueños apasionados en los que ella era la protagonista indiscutible.

Éramos los únicos clientes que estábamos solos, teníamos una edad similar y parecía lógico que tarde o temprano estableciéramos algún tipo de comunicación, pero me pareció que rehuía el contacto conmigo. Se sentaba en el extremo opuesto del comedor, ponía siempre su toalla en la piscina o en la playa muy lejos de la mía y no me saludaba si casualmente nos cruzábamos, a pesar de que estoy seguro de que me reconocía.

Una noche, aburrido en el bar del hotel, decidí tomar una copa de ron para recordar viejas visitas al Caribe. El alcohol me hizo efecto rápidamente, ya que casi nunca bebo. Entonces ví que la muchacha desconocida estaba en la terraza exterior, sola, sentada frente al mar. Envalentonado por el extracto fermentado de caña de azúcar le pedí permiso para sentarme a su lado. Hablamos mucho rato. Me contó que se llamaba Nuria y era de Tortosa, una localidad de Tarragona, junto al delta del Ebro. Trabajaba como enfermera en un hospital psiquiátrico y tenía con frecuencia algunos días libres, que, según dijo, no estaba dispuesta a dejar perder, viendo como su juventud se consumía sin salir de su pueblo.

Estuvimos charlando y riendo y después fuimos a pasear por la playa. Sentí unos fuertes deseos de abrazarla, pero no me atreví a dar ese paso. Sin duda el efecto del ron había ido desapareciendo poco a poco. Cuando llegamos al hotel, nos despedimos en la entrada de su habitación, tres puertas más allá de la mía. Me costó conciliar el sueño, tratando de olvidar los vivos deseos de estar a su lado, abrazándola.

Al día siguiente no la vi a la hora del desayuno. Salí a pasear pero no estaba en la playa, y tampoco en la piscina, en el jardín, en la terraza o en el pequeño gimnasio. A eso de las once la vi saliendo del ascensor, con una maleta con ruedas. Me acerqué y entonces me dijo que se iba y que creía habérmelo dicho la noche anterior. Se despidió con dos besos y me apuntó su correo electrónico en un papel azul.

Pasé dos noches más en el hotel, melancólico y ausente. No hice ningún plan de cara al futuro, no leí nada ni pude ver ninguna película. Solo pensaba en Nuria y en la oportunidad del amor perdido. Pensé en escribirle nada más llegar a casa, pero ya de vuelta, lo fui retrasando día tras día, hasta que poco a poco me fui olvidando de ella.

martes, 9 de diciembre de 2008

UAKARI

UAKARI ROJO

Uakari sonríe como un mono, enseñando los dientes. Sin embargo, cuando nadie le mira parece concentrado en sus pensamientos nebulosos. Vive con su padre, ya mayor, tiene dos o tres amigos y no ha estado con una muchacha desde hace seis años, pues teme que si lo hace le absorba el cerebro y le voltee la vida.

Uakari vive dentro de sí mismo, en un lugar del que apenas quiere salir. Trabaja como un pequeño autómata, eficiente y abstraído. Es cordial con sus jefes y sus compañeros de trabajo, que le aprecian desde una distancia amable. Cuando llega el fin de semana hace sus compras en el supermercado, con abundancia de chocolates, galletas y helados y después se cierra en su casa. Entonces es casi feliz, aunque a veces mira por los cristales a los transeúntes y quisiera ser como todos, tener mujer y bebés, pasear charlando animadamente entre ruido y gente. Mientras está en casa apenas escucha a su padre que habla sin parar, acostumbrado a estar solo la mayor parte del tiempo.

Uakari va perdiendo el pelo y su cara se vuelve, año tras año, más sonrosada. Su piel también ha adquirido un tono levemente anaranjado. Tiene una tos convulsiva, que algunos de sus conocidos imitan y propagan para reírse de él.

Uakari cuida su alimentación. Es casi vegetariano, pues no le gusta comer nada que haya tenido ojos y sentimientos. Sin embargo, a veces, siente el impulso irrefrenable de devorar todo lo que se pone ante su vista y puede caber en su estómago. Después se siente tan mal que a veces llega a provocarse el vómito. Más tarde le queda una sensación de ácido en el fondo de la boca, y unos extraños deseos de llorar, de que alguien le acoja en sus brazos y le cuide.

Su cuarto es como un bazar oriental. No gana mucho dinero, pero lo gasta en infinidad de objetos, sobre todo discos, libros, revistas y aparatos electrónicos. Ama la pintura y ha decorado las paredes con reproducciones de Malevich, Kokoschka y August Macke, artistas que casi nadie conoce. De vez en cuando las descuelga y las cambia de lugar, y así le parece que duerme en un sitio distinto.

A Uakari no le gusta viajar. Le produce un extraño desasosiego dejar su casa, su entorno, las personas y las cosas que conoce. Rechaza las escasas invitaciones que tiene para ir unos días a Londres, a París o a algún lugar turístico y soleado. Prefiere la soledad, su entorno lánguido y sombrío, el paisaje gris de su mente.
Uakari no aspira a casi nada. No se considera digno de ser amado por nadie, y por tanto, es muy poco probable que vaya a serlo jamás. Ante sí no ve nada, no se puede imaginar cuál será su futuro. Todo parece darle lo mismo o tal vez prefiera no pensar en algo que le abruma. Mientras tanto, pasa las horas mirando a la calle o tumbado en la cama de su habitación, inmóvil como una figura de hielo.

miércoles, 3 de diciembre de 2008

HUELLAS DE PÁJARO

ÁLVARO REJA

Genji mira a todos con ojos aviesos, como si buscase la oportunidad de devolver antiguas ofensas. Cuando camina, deja huellas de pájaro en el piso de su calle, en las tiendas, en los cuartos que recorre cada día, en las casas de sus conocidos, en los bares, en los lugares de apuestas y citas clandestinas.

Cada vez que descubren sus huellas muchos pierden el tiempo tratando de averiguar qué clase de pájaro fue a visitarlos o a qué especie animal, aérea, acuática o terrestre pertenece ese muchacho extraño.

Días después, en la habitación número nueve del burdel que visita con frecuencia aparece el cadáver de un hombre. Huellas de pájaro vienen y van desde el cuarto donde acudía en busca del amor o el destino. Las muchachas recuerdan los extraños pasos de Genji y acuden a denunciarlo. En el patio de su casa de tejados rojos, situada en una de las calles más oscuras del puerto, los gendarmes lo interceptan, acusándolo del terrible crimen.

Él permanece mudo. Su abogado exhorta a la razón del jurado, formado por devotas esposas y por hombres que visitan secretamente los prostíbulos. “Hay muchos hombres y mujeres que dejan a su paso huellas de pájaro”, argumenta el letrado, “hay entre nosotros hombres-búho, cárabos, azores, vencejos, mujeres-urraca. Las huellas por sí solas no son prueba suficiente para decidir con justicia”.

Muchos quieren que muera, pero al final se condena al muchacho a diez años de exilio. Un avión militar lo traslada a una isla abandonada del Atlántico, muy cerca del Trópico. Genji aprende el idioma de los nativos. Una mujer de la isla le pide que sea su hombre y que viva con ella. Construyen una chabola junto al mar donde crecen sus polluelos, niños indígenas de ojos escrutadores y abiertos, con pequeños pies de pájaro.

La mirada aviesa de Genji se vuelve dulce y cariñosa. Cuando, transcurrido el tiempo de su pena, vuelve un avión a buscarlo habla en voz baja con los guardias. Les dice que no quiere regresar al lugar que hechizó su infancia y envenenó su mirada. Poco después, desde su humilde hogar, observa feliz como el aeroplano alza el vuelo, dejando diminutas volutas de fuego sobre el mar.

martes, 2 de diciembre de 2008

AUTOMÓVILES ABANDONADOS



Cada objeto tiene su alma. Las cosas oyen, respiran, ven con ojos sin materia viva, sin células auditivas, sin pulmones, sin minúsculos conos o bastones.

Los objetos piensan. Piensan las señales de tráfico, los postes de luz, las cafeteras, las camisas, las sillas, las latas abandonadas, las bombillas inservibles de filamentos rotos.

Los objetos tienen alegrías y depresiones profundas, deseos, amores y odios que están hondamente arraigados en su interior inerte.

Mi automóvil no me tiene simpatía. Funde sus luces a propósito, afloja los neumáticos, colapsa la calefacción o el aire climatizado. Pero yo me he ganado su odio. Soy demasiado torpe para dirigir sus pasos de ciervo metálico. No lo he cuidado durante años y ahora se venga con su férreo desprecio. Lo abandono cada noche en mitad de la calle y él me mira con una mezcla de incredulidad y tristeza, como si fuera un niño indefenso a quien nadie quisiera.

Los objetos tienen vida. Hablan entre sí cuando salgo de casa o estoy durmiendo, de noche. Sé muy bien que me critican a mis espaldas, que desearían pertenecer a otro. Pero casi siempre están callados, pues muy poco de lo que hagamos les interesa. Les aturde el movimiento excesivo, la algarabía, las risas y los gritos, los haces de luz, los niños que pasan corriendo a toda velocidad.

Los objetos creen pertenecer a una especie superior a nosotros. Nos observan inmutables, de un modo displicente y solo hablan entre ellos, en una conversación sin palabras.


domingo, 30 de noviembre de 2008

POEMA QUE ANTECEDE AL LETARGO

SATURNO BUTTÒ


Mi hermano cruza el pasillo iluminado por franjas de luz con una vela en la mano.

Hago un pequeño corte en mi brazo con un cuchillo y observo las líneas de sangre que corren como regueros de jugo de moras.

Leo un libro de magia negra junto a la pequeña luz de mi cama. Las estrellas desaparecen entre las nubes. Bostezo como un búho, río como un pequeño duende.


jueves, 27 de noviembre de 2008

INICIACIÓN A LA COCINA ASIÁTICA



Mi amigo Théo se aburrió un día de la vida insípida que llevaba, que es poco más o menos la vida que todos llevamos y se fue a vivir a Islandia, donde le habían ofrecido trabajo en una factoría de pescado. Desde allí me mandaba cartas ocasionales y me hablaba del país, que le gustaba mucho y de las mujeres que iba conociendo, como resulta habitual entre hombres.

Su primera novia fue una muchacha sudafricana, de raza negra, que trabajaba en su misma empresa pesquera. Cuando la chica volvió a su país, un año después, en lugar de buscarse una mujer nórdica, rubia y de piel blanquísima, empezó a salir con Midori, una japonesita de veintiún años.

De vez en cuando Théo volvía a casa, y pasaba una o dos semanas visitando a sus padres y quedando con sus viejos amigos, como yo. Nunca vino con Midori, pero la última vez, organizó en mi casa una cena asiática con platos que había aprendido a hacer durante su convivencia con la muchacha.

Tengo un mal recuerdo de aquella noche. Cenamos sashimi, sushi, sukiyaki, pollo yakitori, tofu, tortillas dashimaki, algas variadas y otras delicias niponas. No pude con el sashimi, y a mitad de la cena salí a vomitar. Desde entonces no soporto el pescado crudo, y la sola visión de los rollitos de sushi me produce náuseas.

No sé nada de Théo. No lo he vuelto a ver en los últimos años. Un día me encontré con sus padres, que me dijeron que vivía en Kioto. No sé si sigue con Midori, si es feliz o no, si tiene hijos de ojos rasgados o practica el zen, el aikido o la ceremonia del té. Solo me acuerdo de él de vez en cuando, absorbido por la vida aburrida e insulsa que, a quienes seguimos aquí, nos parece la mejor de las posibles.


martes, 25 de noviembre de 2008

OFRENDAS A SERES PERVERSOS

SATURNO BUTTÒ

No somos diablos ni espíritus celestes. Sin embargo, guardamos en nuestro interior, en los surcos profundos que modelan nuestro cerebro, en las diminutas células que mueven los ventrículos cardíacos, en el hueco vacío de nuestras manos, la memoria de todos los hombres y mujeres, malvados o benévolos, africanos, asiáticos, europeos, aztecas, maoríes. Somos a un tiempo, sea cual sea nuestra edad, niños y ancianos, chiquillas humildes o princesas, ladrones, mesías y moribundos, maestros irascibles y tiernos muchachos que se sonrojan al contemplarse ante el espejo, desnudos.

No somos más humanos cuando repartimos sonrisas que cuando dejamos que nuestros duendes maléficos salgan a la luz, cuando tenemos un éxito fugaz que cuando perdemos el rumbo y empezamos a hundirnos. Nuestra vida, alimentada por el sol y las estrellas, es resultado del azar. Pasan los años por el mundo, las estaciones cambian el aspecto de la tierra. Nosotros también cambiamos, pero seguimos en pie, buenos y malos, como el mar y los bosques, como los tornados o la lluvia.

Alimento y doy de beber a mis demonios. Los observo comer en mi mano, pacíficos como bulldogs. Van siempre conmigo, a todas partes, escondidos tras mis buenas maneras y mi ropa deportiva, tras el ángel que me enseñaron a aparentar que soy. De cuando en cuando les hago pequeñas ofrendas, dulces, pensamientos maléficos, flagelaciones, momentos oscuros, comidas copiosas. Quien me quiera, deberá quererlos a ellos también. Para que yo pueda darte mi amor, deberé alimentar con cariño a tus demonios, a los seres perversos que duermen en ti.

domingo, 23 de noviembre de 2008

EL DECIDOR DE VERDADES

CLAUDIO BRAVO

El Decidor de Verdades cree que abrir en par los pensamientos es un privilegio al alcance de pocos. No calla nada, sin importarle ante quien se encuentre, pero nunca habla con ánimo de ofensa o de injuria. Simplemente persigue ser quien es, sin traicionarse a sí mismo. Los demás, sin embargo, renuncian de buen grado a ese privilegio, y practican a cada instante la murmuración y el fingimiento. Cuando ven al Decidor, cambian su rumbo para que no les cuente, el muy insolente, la verdad de su presente ni consiga desvelar lo que ocultan ante todos.

El Decidor de Verdades es también adivino y vidente. Conoce lo que nos va a traer el porvenir porque sabe que el futuro no es más que una extensión del presente. El destino no está escrito, pero lleva un camino que nosotros decidimos a cada instante. Si conociéramos mejor nuestras inercias, nuestras trampas mentales, si analizáramos nuestro viejos estereotipos, arcaicos e inservibles, aún cabría la posibilidad de desgarrar levemente los moldes establecidos, los destinos marcados, de poner los arcanos boca arriba y voltearlos a nuestro antojo.

Los aciertos del Decidor dejan a todos maravillados, aunque él asegura que no tiene ningún don, que únicamente observa y traslada su reflexión a un tiempo que aún no ha llegado. Todo se cumple sin remedio, todo funciona como un reloj de precisión. Casi todos lo rehúyen, pero hay también quienes acuden a él, deseando conocerse en los ojos de otro. El Decidor los observa en silencio, con afecto, y antes de ponerse a hablar, con los ojos entrecerrados, dibuja en el aire hermosos signos que flotan sobre el espacio inmóvil como plumas de quetzal.

miércoles, 19 de noviembre de 2008

SELKRAIG

STUART BUCHANAN (Launch - Maiden Voyage)


Selkraig ha naufragado en la vida. Vive solo en un viejo camión abandonado, en las afueras del Barrio. Su única compañía es un perro pequeño de color de lignito, al que llama Viernes.

Duerme la mayor parte del día y solamente parece regresar a una vida consciente de noche, durante unas pocas horas. Se diría que lleva una existencia de murciélago o de vampiro. Hay, sin duda, quienes piensan que realmente lo es cuando lo ven pasar de madrugada, muy pálido y vestido con un abrigo negro que le llega hasta el suelo. Pero, aunque todos le miren con curiosidad cada vez que se encuentran con él, parece como si Selkraig fuese incapaz de ver a nadie. No parece tener conciencia de que existan otras personas a su alrededor. Si casualmente se cruza con alguien, se encoge sobre sí mismo, como si pretendiera ocultarse dentro de su viejo abrigo. Se diría que en esos momentos siente un temor inmenso, una angustia que le domina por completo. Tal vez piense que está solo en el mundo, y perciba las sombras que le rodean como algo impreciso y peligroso.

La mayor parte de la gente le considera un loco que viste de forma extravagante. Tienen serias dudas de que sea capaz de comunicarse con alguien o de expresarse en algún idioma comprensible. Cuando Selkraig se siente observado se aleja rápidamente hacia la playa, arrastrando su abrigo. Una vez que el peligro ha pasado, se sienta en cuclillas sobre la arena y permanece allí, muy quieto, abrazando a Viernes con gran delicadeza, y contempla el mar durante horas, mientras corren algunas lágrimas por su cara. Aunque es difícil saberlo con certeza, esas lágrimas podrían estar provocadas por un sentimiento de soledad infinita o por una profunda tristeza.

Las autoridades no controlan ninguno de sus movimientos. Hemos comprobado que su nombre no consta en el censo electoral, aunque resulta lógico pensar que fuera inscrito al nacer en algún registro administrativo. Parece que nunca ha sido requerido para obtener sus documentos de identidad o para incorporarse al ejército. Es posible, sin embargo, que Selkraig aparezca en alguna lista de prófugos o que esté considerado por el estado el enemigo público doce mil trescientos catorce.

Selkraig sabe hablar, pero razona como lo haría una ardilla o un mono pequeño, sin que esto pretenda ser un comentario despreciativo o humillante. Se alimenta a escondidas, como ocurre en algunas tribus primitivas, cuyos miembros se avergüenzan de ser observados mientras comen. Sin embargo, no podría describir con certeza cuáles son sus alimentos. Tampoco he hecho ningún esfuerzo para averiguarlo. Tengo mórbidas sospechas que no quisiera ver confirmadas.

Selkraig acostumbra pasear por la playa, de madrugada, cuando todos duermen. Recoge objetos que han sido arrastrados por las mareas o abandonados por los bañistas. Algunas veces enciende un pequeño fuego y se queda mirando al horizonte desde donde tal vez llegó, un día muy lejano, cuando sus compatriotas lo abandonaron aquí, en una tierra extraña. Quizás espera aún que un barco de su país de origen, donde todos son como él, venga pronto a rescatarlo. Es posible que incluso arroje a las olas botellas con mensajes escritos, con mapas o extraños dibujos de líneas que se cruzan formando misteriosos garabatos.

Algunos psiquiatras consideran que la energía sexual es la verdadera raíz de la vida, el motor secreto y cauteloso que se halla en el origen de nuestras neurosis y de la mayor parte de nuestros actos. No sabemos si Selkraig tiene pulsiones sexuales, y cómo se arregla, en ese caso, para descargarlas. La violación de una anciana fue achacada a un extraño vagabundo vestido de negro, lo que me hizo pensar en él fugazmente, pero no existe ningún otro dato que permita implicarlo. Personalmente, me inclino a creer en su inocencia, pues Selkraig parece ignorar que está dotado de sexo.

Yo, que solo le conozco de una manera superficial, pienso, sin embargo, que es un ser inofensivo, apacible y sumiso como un niño o un pequeño animal. Le he visto abrazar a Viernes con infinita dulzura, acariciarlo, jugar con él, revolverle el pelo, besar su hocico y perseguirlo a cuatro patas por la arena. Si alguien se detuviera a observarlo durante esos instantes, llenos de magia y ternura, se daría cuenta de que Selkraig no es más que un niño sin maldad que ocupa un cuerpo equivocado, como hay mujeres que viven dentro de muchachos o espíritus que suplantan las formas de los hombres.

Hace días que Selkraig desapareció. He recorrido varias veces las playas solitarias y el largo malecón del puerto, buscándolo. También me he acercado cautelosamente hasta la vieja camioneta donde tuvo su hogar. La puerta trasera estaba abierta de par en par, y había pequeños cristales esparcidos por el suelo. Puede que alguien le atacase mientras dormía, con la intención de robarle o de burlarse de él o tal vez algún grupo de muchachos, que buscaba un refugio donde fumar a escondidas y mirar revistas de mujeres desnudas asaltase el lugar después de su marcha. Dentro no había nada de valor, salvo un taburete inservible y algunos objetos de madera o de plástico, desfigurados o rotos.

Tengo la extraña certeza de que Selkraig ha muerto. Viernes, sin embargo, sigue aquí, vagabundeando, de madrugada, por las calles desiertas del Barrio. He tratado de llevarlo a mi casa en varias ocasiones, pero no obedece mis órdenes. Se pasa las noches ladrando en dirección al mar, mientras corretea alocadamente por la playa. Quizás Selkraig, su dueño, se haya ahogado o, tal vez, atraídos por la luz de sus hogueras, sus compatriotas, seres idénticos a él, individuos aislados y nocturnos, acaso de la misma estirpe de la que proceden los búhos o los murciélagos, lo hayan encontrado por fin y se lo hayan llevado de vuelta a su país, sea cual sea.

Ayer, el cuerpo muerto de Viernes apareció flotando entre las barcas del puerto. Dos muchachos lo recogieron desde una lancha de remos, utilizando un palo largo terminado en una red, mientras los niños aplaudían desde el muelle. Después, aprovechando que era la noche de San Juan, arrojaron su cuerpo a un gran fuego de muebles desvencijados y ramas secas, en mitad de la calle.

Yo estaba allí, entre ellos, observando el cuerpo menudo de Viernes, que poco a poco se iba consumiendo. Desde que era muy pequeño, esta ha sido para mi la noche más dichosa del año, cuando alrededor del fuego que crece poderosamente sobre los restos de la vida pasada, los niños, iluminados por la magia escondida entre las llamas poderosas, imaginan que vivir es algo apasionante.


lunes, 17 de noviembre de 2008

CANCIÓN DE LAS AVES MIGRATORIAS


Las aves migratorias cruzan el aire a la altura de tu pecho, temerosas de quedar atrapadas para siempre en los hilos de nubes.

Me siento en la tierra fría y duermo acostado contra la puerta que lleva a tu jardín, donde se posa la luz de Sirio con un grito.

LA TIERRA DEL FUEGO

Niños ona

En la estación de Gran Vía, la voz metálica de la instalación de sonido, en lugar de pronunciar el nombre que todos aguardaban gritó “¡Tierra del fuego!”. Desconcertados, solo unos pocos viajeros se atrevieron a bajar del vagón. Quienes lo hicieron se encontraron en un lugar desconocido, donde un viento helador azotaba sus rostros y les hacía temblar como si fueran pequeñas ramas de sauce. Muchos quisieron volver, pero el convoy ya había partido, y en su lugar solo hallaron unos viejos raíles oxidados, por los cuales parecía que no había circulado ningún ferrocarril en mucho tiempo.

Decidieron quedarse a esperar al siguiente tren. Ateridos, prendieron un gran fuego con sus mecheros en la vieja estación abandonada, donde fueron quemando los rastrojos y arbustos secos de los alrededores y las esquirlas de las viejas traviesas abandonadas. Pasaron varios días, pero el tren no llegaba. Mientras, se iban alimentando de pequeños roedores, de frutas silvestres y raíces, abrigándose con rústicos abrigos de paja. Dormían apretados los unos contra los otros y así fueron surgiendo relaciones esporádicas, posesivas y apasionadas.

Tuvieron que aguardar un mes entero hasta que llegó el siguiente tren. Era igual al que les había llevado hasta aquel lugar. Mientras ellos subían, felices de volver a su ciudad, a su mundo, bajaron de él nuevos viajeros despistados, vestidos con pantalones y polos veraniegos, escuchando mediante diminutos auriculares la música de sus reproductores portátiles.

De entre los primeros, únicamente dos personas, una mujer y un hombre, no quisieron regresar. Se quedaron allí, un mes más y después otro y otro más, dejando pasar varios trenes de regreso. Ella era diez años mayor que él. Al quinto mes se enamoraron y empezaron a construir una casa muy cerca del mar, a pocos kilómetros de las vías abandonadas. Compartían aquel territorio con descendientes onas, los indios de aquellas tierras, que habían sido masacrados por los conquistadores y por sus nietos criollos.

Para celebrar su primer año de vida en la Tierra del Fuego, los indios, hombres y mujeres, ancianas y muchachos, visitaron su casa con comida y regalos y pintaron mapas de estrellas en los brazos y las piernas del hombre y en la piel turgente del vientre de la mujer que compartía su vida, que aguardaba el primer niño que en muchos años iba nacer en aquella tierra extrema.

martes, 11 de noviembre de 2008

EL CAMINANTE NOCTURNO

EDWARD HOPPER (Nighthawks)

Pasea bajo la lluvia nocturna para escapar de sus sueños. Mira a los soldados que patrullan en vehículos blindados, a las muchachas que vuelven de sus citas, a los enmascarados que esconden pistolas bajo la ropa, acecha a los suicidas que practican pantomimas de sangre.

Camina como si fuera un tigre o el sacerdote de una religión olvidada, visita las casas incendiadas, los muros destruidos por las bombas. Descubre gatos, palomas, venados, zorros que buscan alimento entre las ruinas oscuras.

En las plazas desiertas, banderas rojas cubren los cuerpos de los muchachos caídos. Los mira temblando, como un hombre invisible que desafía, con su cuerpo empapado, la vida y la muerte.

domingo, 9 de noviembre de 2008

LOS VEDANTINES

JIA LU (Reflection)

Los Vedantines viven a la vez en dos mundos distintos. Éste, al que todos pertenecemos, es para ellos solo un lugar de tránsito a donde siempre regresan, pues, ya que son por naturaleza cordiales y afectuosos, ansían encontrarse nuevamente con aquellos a los que quieren o aprecian, sean o no de su especie. Saben que son amores efímeros, amistades pasajeras, pasiones que dejan paso a olvidos, pero vuelven a ellos una y otra vez, como si creyeran, al contrario, en su duración infinita.

De su otro mundo es muy poco lo que cuentan, pues saben que no podrían reflejar en unas pocas palabras su atmósfera diáfana y despejada, el fuego de sus tormentas siderales, sus auroras maravillosas, las estrellas fugaces que lo atraviesan a ras de tierra, la energía sutil que lo recorre, inundado a cada ser vivo con su aura inmaterial, con su poder ilimitado. Tal vez utilizasen estas mismas palabras u otras parecidas, pero se desdecirían al instante o, de haberlas escrito, las romperían de inmediato, pues nada en ellas se asemeja en una milésima parte a lo que es ese lugar, al que en realidad pertenecen. Mientras tanto, como única posibilidad de conocerlo, animan a cada uno de sus conocidos a intentar un extraño viaje, sin necesidad de pagar el caro pasaje de un transbordador espacial, que empieza desde la más absoluta inmovilidad y termina a una velocidad superior a la que se mueve la luz o explotan los cuerpos celestes.

Casi todos rehúsan hacer la prueba. Los aprecian sinceramente, pero les consideran, a su vez, unos locos sin remedio. Son sus amigos y les perdonan sus rarezas, su pertenencia a dos mundos, su no ser de una sola nacionalidad, como todo el mundo civilizado, consienten que no les guste todo lo que ellos adoran, los centros comerciales, las playas abarrotadas, las estrellas televisivas, la comida copiosa y acelerada. Los pocos que prueban ese extraño viaje, además, lo abandonan rápidamente, tras intentarlo entre bostezos, con los ojos cerrados. Unos pocos, tal vez uno entre mil, llega hasta el final, y vuelve pálido y desencajado, con el pelo erizado, sin palabras. Lo que intenta contar no es sino un relato ininteligible, un croar de sapos, un débil reflejo de aquello que vio, sintió y escuchó.

Sin embargo, quien regresa de este viaje no vuelve a ser jamás el mismo que fue. Quizás él también perteneciera desde siempre, sin saberlo, a dos puntos separados del espacio, a dos mundos distintos. Tal vez no haya sido nunca el descendiente de una raza pura, de una estirpe sin contaminar, acaso sea un hijo de la unión entre seres de dos mundos distintos.

Los Vedantines se reúnen de tiempo en tiempo. Cuando esto sucede charlan en voz baja, ríen o están en silencio, alternativamente. Pueden estar horas seguidas riendo o, por el contrario, sin decir una palabra, con la espalda erguida, mirando a un infinito que empieza en ellos mismos y que nadie, sino ellos, puede ver dónde termina.

Después, de regreso a este mundo, los Vedantines comen, beben, duermen, hablan, caminan, besan y abrazan como lo hacen los demás habitantes del planeta, acuden a los supermercados y a las cafeterías, leen los periódicos, van de vacaciones y parecen haberse olvidado de su extraño país para siempre, como si fueran iguales que tú y que yo, como si no escondieran una naturaleza distinta bajo la piel, un corazón diferente, un cerebro que flota entre nubes.


viernes, 7 de noviembre de 2008

EJERCICIOS DE APNEA

HENRI DE TOULOUSE-LAUTREC (Bed)

Cuando era un niño me gustaba meterme bajo las mantas de mi cama. Incluso siendo un adulto lo he hecho algunas noches, solo o en compañía, y he vuelto a sentir lo mismo que en aquellos años perdidos de la infancia, que hoy parecen maravillosos. Contengo la respiración unos segundos, incluso un minuto, hasta que ya no puedo más y regreso a la superficie, a la vida normal, al aire libre, a los sueños estancados o rotos.

No me puedo quejar de mi vida. Trabajo en una tienda de informática, toco el contrabajo en un grupo de jazz de mi ciudad, viajo a menudo y tengo una pareja que es mucho mejor de lo que podía esperar. Paulette tiene once años menos que yo, y no me explico qué puede haber visto en mí, un carcamal de 53 años, con poco pelo, bebedor incidental, fumador recurrente y sin demasiado dinero, desgarbado y sin una pizca de gracia. Es la mujer que quise tener a mi lado desde que la vi, sin imaginar que podía tener tan siquiera una pequeña posibilidad de casarme con ella. Cuando la conocí ella, que tenía solo 26 años, me puso una condición para ser mi pareja. Quería ser madre. Tuvimos una niña, Oittabe, y yo, que le había puesto todas las pegas del mundo y que incluso amagué con la separación para evitar el compromiso atroz de la paternidad, hoy no puedo vivir un solo segundo sin saber que mi hija se encuentra bien. Si ella no existiese sería un completo desgraciado, si la mujer que vive a mi lado hubiera aceptado mi chantaje emocional, vagaría alcoholizado por las calles más turbias, sin vida, sin amor, sin trabajo y sin destino.

Hace tres semanas, Oittabe, que tiene ya dieciséis años, se fue a pasar un año en Edimburgo, para aprender inglés. Se me cortó la respiración desde el mismo momento en que planteó en casa esa posibilidad, aunque sabía que no podía oponerme. Desde entonces camino como un ser sin vida propia, casi sin hablar con nadie ni en el trabajo ni fuera de él. Mi conversación con Paulette tiene que ver invariablemente con la niña. Si al menos hubiera tenido otro hijo, otra hija, pienso entonces, olvidando que rechacé esta posibilidad tajantemente, años después de que Oittabe naciera.

Por las noches espero su llamada. Aunque sé que solo acostumbra a telefonear los viernes o sábados, aguardo ansiosamente a que lo haga cualquier día, en cualquier instante. Cuando llega la hora habitual de sus llamadas, alrededor de las once de la noche, mientras Paulette está leyendo o viendo algún programa de televisión, me meto bajo el edredón de plumas de nuestra cama y aguanto la respiración. “Antes de que vuelva a respirar sonará el teléfono” pienso para mí mismo.

Paulette me mira de una forma extraña. ¿Pensará que estoy loco, que se ha casado con un pisicópata?. Hoy para mi sorpresa, la he encontrado en la cama cuando me iba a acostar. Jamás lo hace antes de las doce. Estaba, como acostumbro a hacer yo, completamente cubierta por el edredón. Cuando la he destapado no se movía. Aterrorizado, he tocado su pecho, he acercado mi cara a su nariz, he palpado su cuello en busca del latido carotídeo.

Cuando por fin se ha ido recobrando, semidormida, me ha dicho, de manera entrecortada y compungida “Aún no ha llamado”. “Pero si es jueves. Sabes que llama los viernes”, le he contestado. Entonces Paulette se ha echado a llorar.

Me he metido con ella en la cama, tratando de consolarla. Al ver que respiraba normalmente, la he abrazado con fuerza y la he llevado hasta el fondo de la cama, dejando una abertura por donde se pudiera filtrar el aire. Hemos hecho el amor pausadamente, queriéndonos, deseándonos, de una manera que ya casi no recordaba. Al terminar se ha quedado dormida a mi lado, debajo del edredón. He deseado que esta vez, más que nunca, se volviera a quedar embarazada, que ese ser desconocido que nada a oscuras en el interior de nuestras células surgiera de una unión inexplicable y que volviera a urdirse el milagro más frecuente del mundo, repetido en todas las especies conocidas, a lo largo del planeta, un millón de veces cada día.


domingo, 2 de noviembre de 2008

SHABANA

IMAN MALEKI (Sunlight)

El pequeño Yash solamente vivió diecisiete días. Su nombre me llamó vivamente la atención cuando lo vi escrito sobre el cristal de una de las incubadoras, en el Hospital del Barrio. Mi curiosidad me llevó a buscar su significado en algunos libros, que no consiguieron aclarar mis dudas, y a preguntar por él a una de las enfermeras de la Unidad de Neonatología, a la que conozco desde hace tiempo. Ella me dijo que el niño se encontraba bastante mal, pues había nacido unos meses antes de lo esperado y sus pulmones no habían tenido el tiempo suficiente para madurar. También pude saber algunos detalles sobre la madre. Seguía ingresada en el hospital, si bien no en el edificio de Maternidad, sino en uno de los pabellones de Medicina Interna, a causa de su adicción a alguna droga que mi amiga no supo concretar, pero que por lo visto no era ninguna de las más habituales, como heroína o cocaína.

Un día, al acabar mi jornada en el Hospital, por simple curiosidad, pasé por la habitación que me habían indicado con intención de verla, pero la encontré dormida. No sabía nada acerca de ella, pero tan pronto como tuve ocasión de observarla durante unos instantes supe que no era europea, y sin saber por qué, la identifiqué como oriunda de algún país del Magreb, como Marruecos, Argelia o Túnez. También advertí que tenía una cicatriz en forma de estrella, que a pesar de ser de pequeño tamaño, se percibía con claridad sobre su cuello desnudo.

Pude intercambiar algunas frases con su compañera de cuarto, una mujer de cierta edad a la que habían operado recientemente. Se quejaba de que las enfermeras no le daban de comer, lo cuál suponía para ella, por lo visto, un sacrificio inhumano. Ante mis preguntas, hizo una breve pausa en el relato de su desgracia, y me dijo que la muchacha era extranjera, "rusa, polaca o algo así", lo que descarté rápidamente mientras volvía a observar con detalle los rasgos de su cara. También dijo que no hablaba ni una palabra de nuestro idioma, y que no le llamaban por teléfono ni venían a visitarla.

Valiéndome de mis escasas influencias como médico residente del Hospital, pude consultar sus datos en uno de los ordenadores. Supe casi sin duda que se trataba de ella en cuanto vi aparecer aquel nombre: Shabana Kumar, natural de Varanasi (India), soltera, nacida el 4 de mayo de 1976, y con domicilio en el Callejón del Murciélago. Me llamó poderosamente la atención el hecho de que viviera en aquel lugar, una pequeña calle del Barrio, conocida por todos, donde se ejerce la prostitución abiertamente, y pensé que había alguna posibilidad de que ella misma se dedicase a ese oficio. El Callejón del Murciélago es también un lugar donde residen muchas familias de escasos recursos económicos, en su mayoría extranjeras o de raza gitana. Por una extraña asociación de ideas, en aquel momento recordé haber leído que los gitanos procedían de la India.

Al día siguiente pasé de nuevo por Maternidad. Allí me dijeron que el niño había muerto. Supe que le iban a hacer una autopsia, y por alguna extraña razón quise estar presente en ella. Tenía la sensación de que aquel niño desvalido me necesitaba a su lado para protegerle, incluso después de su muerte. Durante mi época de estudiante había asistido a unas cuantas autopsias, pero aquella fue para mi diferente a todas las demás. Aguanté hasta el final, y en cuanto pude salir me refugié en el cuarto de baño para romper a llorar. He pasado varias noches apenas sin dormir viendo aún sus ojos vacíos, su tripa llena de algodón.

Durante tres semanas he vivido para un solo momento, los cinco minutos en que cada mañana, justo antes de empezar mi jornada de trabajo, pasaba a visitar a Shabana. Como era aún muy temprano, siempre la encontraba dormida, pero un día, al abrir la puerta de su cuarto, vi con sorpresa que estaba incorporada, y que miraba fijamente hacia el lugar por donde yo acababa de entrar. Solo recuerdo que salí apresuradamente de la habitación, sin saber qué decir, y que no me atreví a volver. Más tarde se me ocurrió enviarle flores, que encargaba en una tienda cercana al hospital. Un día, sin embargo, supe que le habían dado de alta. Pasé por la habitación y vi que mi último ramo aún estaba allí, comenzando a marchitarse. Me sentí muy dolido al ver que no se lo había llevado.

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He leído todos los informes sobre Shabana a los que he conseguido tener acceso, los resultados de sus análisis, las hojas de seguimiento, el parte de alta e incluso un papel amarillo firmado por el jefe del laboratorio que certifica que no es seropositiva. He visto algunas de sus placas radiográficas y también he podido saber que antes de ser ingresada ejercía la prostitución en un club llamado “Blanca Nieves”, que se encuentra en el mismo Callejón del Murciélago. He pensado muchas veces en ir allí, como un cliente más, y dirigirme a ella para que se acostase conmigo. En alguna ocasión he pasado en coche, sin ninguna razón aparente, por delante del local, con la esperanza de verla.

Tengo un pequeño despacho en el hospital, lleno de libros médicos, prospectos de propaganda y carpetas de antiguos informes. Esta mañana, casi un mes después de la marcha de Shabana, he encontrado sobre la mesa un sobre blanco con mi nombre escrito. Dentro había una tarjeta del tamaño de una postal, con un dibujo hecho a mano con pinturas de colores. Eran unas flores rojas trazadas con torpeza, pero a la vez con cierto encanto. Parecía el dibujo de un niño. Junto a él, un texto escrito también a mano, en inglés, decía así: "Sorry, I hadn´t enough money to buy roses. Thank you", y su firma: "Shabana".

miércoles, 29 de octubre de 2008

EL ENVENENADOR

Jack Vettriano (The Singing Butler)

El envenenador no es hermoso ni divertido ni tiene dinero. No, rectifiquemos, a pesar de su nombre inquietante, puede llegar a ser divertido por ocho, tal vez diez minutos. Nada más. Al undécimo, un ataque repentino de bilis acumulada deshace toda su gracia y atraviesa el cielo como una cruel galerna.

Aún así, hay mujeres, cansadas de esperar a un príncipe de labios azules, que lo adoran como si fuera un perro sin amo. Un perro enfermo de rabia, dicen después, cuando la unión explota, un traficante de pócimas y ponzoña. El envenenador, seguro de sí, deja un rastro de cicuta y espera pacientemente a que surja el efecto inevitable.

El envenenador es maestro en toxinas, narcóticos y brebajes. Maneja con gran habilidad con sus amantes el arsénico, el ántrax, la belladona, la estricnina, el cianuro o el gas sarín. Sin embargo, asegura buscar el amor, la familia, la felicidad de una relación estancada y trivial. Con tal fin, escruta en diferentes lugares, prueba con varias mujeres al mismo tiempo, ordena sus citas simultáneas con la minuciosidad y el riesgo de un alquimista del medievo, de un contorsionista o un maestro del alambre. A veces, en un primer encuentro, la ilusión se enciende y permanece viva por un tiempo, creando un espejismo de satisfacción y bienestar, pero el veneno que oculta entre sus ropas espera aletargado la tormenta irremediable.

De ese modo, a su paso queda un rastro de mujeres infelices, de amantes desencantadas, de hijos que abandonó sin llegar a conocerlos. El envenenador los quiere a su modo, en la distancia, los visita en algunas celebraciones y los besa con sus labios amoratados, sin apenas tocarlos, para no transmitirles su poder malsano, su instinto maléfico.

Una vez ha contaminado a su última víctima, el envenenador comienza a merodear a otras mujeres, hasta que nuevamente cree haber encontrado a la perfecta, pero el tiempo, como siempre, le desdice. Tan pronto como las convence de que él es el gentilhombre que esperan el interés lo abandona. Es entonces, mientras duermen, cuando elabora un cocimiento secreto que atenúa sus penas y detiene su corazón, justo a un paso de la muerte.


lunes, 27 de octubre de 2008

UN MAPA DEL ALMA

Simbad the Sailor (Paul Klee)

Jean Harispe, ilustrador de cuentos infantiles, estableció su residencia en Ciboure, un pueblo del País vasco-francés, buscando un lugar tranquilo, cerca del mar, donde dedicarse a su profesión. Estaba atravesando una época de profunda introspección, ocasionada por la muerte de su mujer en un accidente de tráfico. Durante aquellos días, Jean decidió pintar un cuadro que representara su alma atormentada por la terrible pérdida. Allí estaban, en pequeños espacios de lienzo ocupados por trazos rojos, azules, morados o negros, los recuerdos de su vida, las personas que la habían marcado a fuego, sus momentos de soledad, sus secretos, sus sueños y el terrible presente, desdibujándolo todo con un dolor ineludible.

El cuadro parecía una ilustración naif con elementos expresionistas y de arte abstracto. También podía recordar a una lámina antigua de Brueghel o el Bosco. Cuando su hija Izar, de siete años, vio la pintura, quiso que le explicase cada figura, cada línea, cada rastro de locura, cada gesto apasionado, cada imagen tenebrosa. La niña le pidió que le pintara también a ella de aquel modo, que dibujara un mapa de su alma. Jean la estuvo observando durante varias semanas, escuchando sus conversaciones, mirándola dormir y atendiendo a sus juegos, a sus momentos de rabia, a su odio hacia el mundo por la pérdida de su madre. La pequeña ya se había olvidado del cuadro, y se dedicaba a acudir a sus clases, a jugar y correr por el puerto, a hacer los deberes, a ver la televisión o a tumbarse triste y pensativa, mirando al techo.

Jean pintó el cuadro más hermoso de su vida. Era una visión desgarrada de su hija, tamizada por su amor incondicional hacia la pequeña. Cuando, una vez terminado, se lo enseñó, Izar lo miró un rato, sorprendida y le pidió a su padre que se lo explicara todo, haciendo gran cantidad de preguntas. Luego echó a correr, y no pareció volver a acordarse de pintura. A veces, cuando cruzaba el pasillo donde estaba colgada, se detenía a mirarla durante unos segundos, y volvía otra vez a sus juegos, sus estudios y sus otras ocupaciones.

Izar estudió arquitectura y, ya licenciada, mientras preparaba sus proyectos de trabajo, tuvo que vivir en muchas ciudades, en París, en Malmö, en Split, en Atenas, en Melbourne, en Tokio. Cuando su padre murió a consecuencia de un infarto de miocardio, regresó a Ciboure, y nada más cruzar la puerta de la casa, volvió a ver el cuadro. Le pareció más pequeño que como lo recordaba, pero le emocionó tanto que se lo llevó a Ginebra, donde vivía por entonces. Desde aquel día, en cada nuevo destino esa pintura ha ocupado un lugar preferente de su hogar.

Durante su estancia en Tokio, Izar empezó a practicar la meditación zen. Desde entonces se sienta cada noche, antes de dormir, con los ojos cerrados, ante una pequeña estatua dorada de Buda, y así, muy quieta, penetra en sí misma, se introduce en el flujo de la vida inmóvil, en la agitación incesante del no ser. Después, cuando llega la hora de acostarse, mira al cuadro durante unos segundos y al reconocerse de nuevo en su alma de niña se siente tranquila y sosegada.


viernes, 24 de octubre de 2008

EL CALLEJÓN DE LAS PIRÁMIDES (IV)

Zhang Xiaogang (Untitled)

Aladino, como puede que hayamos dicho ya cien o trescientas veces, no salía de casa porque tenía un pequeño agujero por donde a veces la sangre andaba libremente, de un lado a otro de su corazón. Ya estaba un poco harto de sus juguetes y de los regalos que le hacían para que olvidase su encierro. Estaba aburrido ya de su telescopio, de jugar con el cachorro de puma que le trajo su padre desde Bolivia, de escribir mensajes al ordenador y hablar por teléfono con sus amigos, de saltar sobre la cama o de jugar con la emisora de radio. Le hubiese gustado recorrer el Callejón de las Pirámides con Laetizia y descubrir todos los lugares de los que le había oído hablar, quedarse mirando a los echadores de fuego, robar tebeos, bañarse desnudo en el mar, bucear entre las tortugas y las mantarrayas, ver pasar los rebaños de cebras, comer patatas fritas con sus amigos y sentarse al borde del puerto para ver los barcos, con la boca sucia de helado. Aladino a veces se aburría tanto como una ostra o como un mejillón. Pero entonces pensaba en la vida de las ovejas y las vacas, en las ocas o en los pollos que viven en jaulas hasta que un día los convierten en comida, y con estas comparaciones se sentía un poco más feliz.

Unos días después fue su cumpleaños. Esta vez sus padres le hicieron un regalo estupendo, ¡una cría de caimán!. Le habían atado las mandíbulas con una goma muy fuerte, para que no hiciera daño a nadie, y lo habían encerrado en el cuarto de baño. A Dino le encantó su regalo. Además, ese día conoció mucha gente y lo pasó tan bien que pensó que no había nada más importante en el mundo que tener amigos.

Laetizia invitó a la fiesta de cumpleaños a unos cuantos niños del Callejón y a algunos adultos que eran como niños. Se juntaron casi veinte personas en la habitación de Aladino, unos sentados en la cama y otros moviéndose por la casa, mientras contemplaban con extrañeza los cuadros y las máscaras, que a su vez los miraban a ellos desde un mundo desconocido. Algunos incluso se atrevían a jugar con el caimán, y le daban de comer en su mano, después de liberar sus mandíbulas con mucho cuidado. Otros, sin embargo, se mantenían lejos de él, por si las moscas.

Dino conoció a Dikdik, y a otros amigos de Laetizia, como Havasupai, que era un niño esquimal, alto como una jirafa y con los ojos rasgados, y a Hoa Lu, una chica tan guapa que llegaba a parecer un poco fea, y que no dejaba de mirar a Aladino sonriendo, como si fuera boba. También había una niña más gordita, de la que no recordaba su nombre, y que según Laetizia era capaz de volverse invisible. Dino le estuvo mirando de reojo, todo el rato, para ver si desaparecía de repente. Entonces se le ocurrió organizar un campeonato de invisibilidad ente ella y Dikdik. La chica estuvo de acuerdo pero mientras Dikdik se volvía del color de la alfombra, que tenía unos dibujos muy complicados, nadie volvió a ver a la niña. Puede que de verdad se hubiera vuelto invisible, y que les estuviera mirando desde cualquier sitio del cuarto sin que ellos la vieran. Pero también podía haberse marchado, porque nadie se había tropezado con ella, a pesar de que en la habitación casi no hubiera sitio para moverse. Así que Aladino no fue capaz de decir quién había sido el ganador del campeonato.

(...)

miércoles, 22 de octubre de 2008

HIYYA, RAÍZ DE SERPIENTE

Claudio Bravo (The Fortune Teller)

Ariel pasó la tarde en el mercado de Marrakesh, solo, ya que sus amigos habían preferido quedarse en la piscina del hotel, un cinco estrellas repleto de turistas franceses. Poco a poco se fue alejando de las zonas más concurridas y pudo descubrir tiendas que ofrecían objetos distintos a aquellos que se repetían una y mil veces en los puestos de los corredores más transitados. Se sentía a gusto en aquel ambiente extraño, que le recordaba a los cuentos de las mil y una noches, rodeado de gentes del lugar y unos pocos extranjeros. Cuando alguno de ellos se detenía a mirar las mercancías expuestas, los comerciantes parecían sorprenderse, como si no estuvieran acostumbrados a recibir visitas.

Vagabundeando por el mercado, Ariel entró en una tienda de hierbas, especias y plantas aromáticas. Por simple curiosidad, se quedó observando los pequeños sacos, cartones y plásticos abiertos, identificados con signos que para él resultaban incomprensibles. De repente, su atención se centró en una raíz leñosa y retorcida de color rojizo. Al mirar el precio, escrito en dirhams al lado de la planta se sorprendió, pues parecía una cantidad exorbitante en comparación con la que figuraba junto a las demás mercancías expuestas. Se quedó aún más sorprendido cuando calculó su precio en euros. La planta, similar a la mandrágora, tenía la forma de una pequeña serpiente enroscada y estaba apartada, casi escondida, como si el comerciante quisiera tenerla cerca de sí y únicamente la reservase para algunos visitantes escogidos.

Ariel preguntó al vendedor, un anciano bereber, por sus virtudes. Utilizó el inglés y el francés, pero el hombre no pareció entenderle. Solo repetía, una y otra vez, una palabra, “asira” o tal vez “axira”, que Ariel supuso de origen árabe. La planta le atraía con tanta fuerza que el muchacho, que volvía a casa el día siguiente, se gastó sus últimos dírhams en una pequeña cantidad de aquella raíz aparentemente seca. Todo intento de regatear fue infructuoso. El anciano no tenía, supuestamente, ningún deseo de venderla, y parecía sentirse molesto por el desmedido interés del extranjero.

De vuelta al hotel, Ariel preguntó en recepción por el significado de esa palabra, pero no le aclararon gran cosa, tal vez debido a su mala pronunciación. Uno de los mozos, sin embargo, le dijo que “axira” significaba algo así como “el más allá”, aunque bien pudo haberle dicho cualquier otra cosa, pues apenas era capaz de pronunciar unas pocas frases en castellano.

No se volvió a acordar de la extraña raíz hasta que, ya de vuelta, al deshacer la maleta se la encontró en el fondo, bajo la ropa, envuelta en una pequeña bolsa de plástico. Durante toda la semana, Ariel anduvo muy ocupado, completamente absorbido por su vuelta a la cotidianeidad. El sábado a mediodía, la volvió a encontrar sobre la placa de vitrocerámica de su cocina. Acababa de comer y pensó hacerse una infusión de la costosa planta, sin saber si era digestiva, tranquilizante, si servía para expectorar, para dejar de toser o si incrementaba la potencia sexual.

Después de tomar la bebida, muy caliente, Ariel se puso a ver la televisión y se quedó dormido. Cuando despertó, el salón estaba a oscuras. Miró la hora. Eran las once de la noche. De repente recordó que había quedado con un amigo a las once y media, justo después de cenar, para tomar unas copas. Temiendo llegar tarde a su cita, se vistió y salió de casa apresuradamente.

A la mañana siguiente se despertó en un extraño lugar, completamente desconocido para él. A su lado yacía, desnuda, una muchacha hermosísima, que dormía profundamente. Ariel recordó de repente su cara y su nombre, Estela. La había visto en un bar, nada más salir a la calle, pero no podía acordarse de nada más. Solo sabía que nada más verla la había deseado con gran fuerza, con una pasión arrebatada.

A partir de entonces, Ariel tomó una infusión de la raíz cada noche, durante tres semanas, hasta que sus reservas se agotaron. Durante aquellos días maravillosos, uno tras otro, todos sus deseos se hicieron realidad, como por milagro, como si un genio maravilloso estuviera a sus órdenes. Le llamaron para un nuevo trabajo, con un sueldo muy superior, la muchacha que le había abandonado tres meses atrás le volvió a llamar y durmió junto a él varias noches, hablándole de compartir su vida y tener un hijo de ambos, se pusieron en contacto con él antiguos amigos a quienes había echado mucho en falta, le comunicaron la publicación de un cuento que había remitido a una revista dos años atrás, su padre curó de una enfermedad crónica e hizo un viaje inesperado a Islandia, entre otras cosas.

Cuando la raíz estaba a punto de terminarse, Ariel comenzó a buscarla en herboristerías y casas especializadas. Como no consiguió nada, rastreó Internet y acudió, sin éxito, a tiendas de emigrantes magrebíes. Poco después, su suerte empezó a torcerse. Se sentía mal, enfermo y deprimido, como si estuviera atravesando una crisis de desintoxicación. Cada día que pasaba notaba disminuir su energía. Todos le recomendaban que acudiera lo antes posible a un médico, pero él, para sorpresa de sus conocidos, decidió volver a Marrakesh. Una vez allí, recorrió una y mil veces todos los callejones del mercado, sin encontrar la tienda donde había comprado la raíz. Preguntó a todo aquel que encontraba sobre aquel lugar y la misteriosa planta. La gente le miraba con extrañeza e incluso se enfadaba, como si sus preguntas infringieran alguna norma desconocida del Islam. Sin embargo, no intentaban engañarle ni venderle nada. Parecía que en realidad se apenaran de él o que les diera miedo.

Ya de noche, en la plaza de Djemma El Fna, cansado y enfermo, Ariel sintió unas terribles ganas de llorar. Se sentó en el suelo, recogiéndose sobre sí mismo, como un niño que aún no hubiera nacido. En aquel momento se le acercó una mujer bereber, que se ofreció para hacerle un tatuaje de henna en la mano. Ariel le dejó hacer. Cuando finalizó su trabajo, el muchacho pudo ver en su mano un símbolo muy bello, ondulado y hermoso. Intrigado, preguntó lo que significaba. La mujer, muy seria y mirándole a los ojos fijamente le dijo, en un castellano anguloso: "es Hiyya, la serpiente. Está dentro de ti, tienes que sacarla de tu interior o te conducirá en pocos días a la muerte. Estabas condenado. Por eso he ido hacia ti en cuanto te he visto. El dibujo te protegerá como un espejo. No comas ni bebas en tres días, duerme y espera a que Hiyya salga y se vaya por sí sola".

Ariel volvió a su hotel, muy cansado. Veía puntos luminosos que brillaban ante sí, como el aura de una migraña. Después, repentinamente, le empezó a doler la cabeza, de una forma terrible y cruel, hasta que se durmió o tal vez perdió el conocimiento.

Durante tres días vagó por mundos desconocidos. Allí vio a muchos amigos y familiares que habían dejado de existir tiempo atrás y pudo hablar con ellos en un lenguaje sin palabras. Después penetró en un lugar maravilloso, sintiendo una viva corriente de energía que recorría su cuerpo en todas direcciones, como si él no fuera nada, como si su materia no existiera, como si no tuviera cuerpo. Descubrió que aquel era un lugar que late con delicadeza dentro de cada uno de nosotros y del que huimos constantemente en nuestra vida consciente. Ariel reía y lloraba, embargado por una alegría sin sentido, por una emoción maravillosa. Durante aquellos días supo que la soledad no existe, que el universo vive en cada célula, en cada ser vivo.

Tres días después despertó. Empezó a recuperarse, muy poco a poco. El mismo día, con gran esfuerzo, volvió a salir a la calle, delgado, pálido y muy débil. Su teléfono móvil estaba colapsado de llamadas y mensajes, pero Ariel solo quiso hablar con su padre, para que estuviera tranquilo. Pasó varios días deambulando por el centro de la ciudad, comiendo en las tabernas, tomando café y té de menta, charlando con los vendedores y observando a cada una de las personas que recorrían distraídamente la plaza. No buscaba ya nada, no deseaba comprar nada. Sentado en una terraza, volvió a contemplar el tatuaje de Hiyya, la serpiente y le pareció muy hermoso. Deseó que nunca se borrara de su mano, para que pudiera recordar siempre aquellos días. Axira, el final de su vida se había manifestado ante él y ya no lo temía, pero tampoco iría en su busca.

domingo, 19 de octubre de 2008

EL CALLEJÓN DE LAS PIRÁMIDES (III)

MORGAN WEISTLING (Sleepers)

Al día siguiente, Laetizia llegó muy alborotada a casa de Aladino. Le contó que la noche anterior, por fin, la gente se había llevado varias cosas de su pequeño puesto: un neceser verde con perfumes infantiles, tiritas y cepillos para el pelo, unas gafas de natación completamente rayadas, a través de las cuales no se veía ya casi nada y un libro bastante viejo de “El Principito” con algunas páginas escritas o rotas. Pero no era esa la única razón por la que Laetizia estaba tan alterada. De forma entrecortada, tropezándose con las palabras, le contó a Aladino algo muy emocionante que había ocurrido en el Callejón. Un coche negro, muy antiguo, había atravesado la calle a toda velocidad. De él bajaron tres hombres, altos y vestidos de negro. Fumaban sin parar, y el humo les salía por entre las manos. De repente empezaron a disparar al aire, con ametralladoras que hacían ruido de cristales que se rompen. Antes de irse, gritaron contra una ventana: “Y no se te ocurra seguir aquí, fastidiándonos. Te seguiremos hasta Australia, si es preciso”. Nadie parecía entender el significado de estas palabras, ni a quien podían ir dirigidas. La gente que pasaba parecía preguntarse si la cosa iría con ellos y lo que querría decir aquella amenaza tan extraña. Laetizia pensó en aplaudir. Aquello le había parecido tan bonito como un número de circo.

Un día después, delante de su puesto pasó una manifestación de obreros del puerto. Laetizia pudo ver a unos hombres escondidos que les sacaban fotografías. Desde el lugar donde estaba, le pareció que iban vestidos igual que los de la noche anterior, los que llevaban las metralletas. Los trabajadores iban cantando y dando saltos, con banderas y pancartas, como si estuvieran muy contentos o celebrasen una fiesta. De repente se escuchó una fuerte estampida. Los hombres, las mujeres y los muchachos que hasta entonces recorrían las calles se dispersaron, y fueron escondiéndose donde podían, tratando de escapar o de buscar algún lugar donde estuviesen a salvo. Sólo podían percibir que algo misterioso, un peligro real para sus vidas, recorría la calle, buscándolos en cada rincón.

Laetizia, sin moverse, pudo ver como la gente iba cayendo sobre el pavimento, uno tras otro, aparentemente dormidos, excepto uno de ellos, un niño de piel negra que estaba solo en mitad de la calle. Tendría nueve o diez años y lloraba de miedo. Poco después llegaron muchas ambulancias y se llevaron a los heridos y a los que no podían recuperarse por sí mismos. Uno de los hombres estaba cubierto de sangre. Laetizia se acercó para verlo desde cerca. Estaba muy quieto y tenía los ojos abiertos, pero a la niña le pareció que sonreía.

Había dejado de mirar al muchachito negro sólo diez segundos, y cuando volvió a mirar ya no estaba allí, aunque podía oírle llorar. Lo buscó a su alrededor, y vio que misteriosamente volvía a estar en el mismo sitio donde lo había visto antes, como si hubiera desaparecido y vuelto a aparecer de repente. Parecía cosa de magia. Le dijo que dejase de llorar y fuese con ella, que buscaría un sitio para esconderle. Los dos eran, algo realmente extraño, los únicos que no se habían desmayado por la nube de gas. Él le dio una explicación: “No es raro –dijo-, yo casi no respiro, sólo una vez cada seis minutos. Y en caso necesario puedo aguantar la respiración hasta diecinueve minutos”. Laetizia, en cambio, sí respiraba. Aunque sus pulmones eran tan raros como los de un extraterrestre: “Es la gemétrica”, le explicó al niño, que en un solo minuto se había convertido en un amigo al que le parecía conocer desde siempre.

“¡Tendrías que verle!” -le contó al día siguiente a Aladino-. “Se llama Dikdik y se alimenta de moscas que atrapa al vuelo con la mano y de pedacitos de corteza de árbol. Vive en una furgoneta grande, en el puerto, y se pasa el día saltando entre los barcos. Sabe hacer una cosa maravillosa: se vuelve del color que él quiera, es como un camaleón. Dice que está muy bien a veces para esconderse de todos y que nadie pueda verle”.

(...)