miércoles, 30 de diciembre de 2009

CÍRCULOS CERRADOS

PAUL KLEE


Cada uno de nosotros vive tan solo una parte infinitesimal de la compleja experiencia del mundo. Nacemos británicos, colombianos, españoles, griegos o iraníes. Somos maestros, ingenieros, obreros de la construcción, escritores, comerciantes, empleados de banco para siempre y nada más.

No podemos acercarnos a la forma de ver la vida de los habitantes de Camboya, Etiopía o Escandinavia, de los manatíes, las gaviotas o las hormigas, de los organismos microscópicos, de las encinas, las orquídeas o las flores de loto.

Nos juntamos en pequeños círculos cerrados, rodeados de gente anónima a la que no conocemos. Solo tratamos con diez, quince o, todo lo más, con cien de nuestros congéneres, y de esas relaciones tan limitadas emergen, sin embargo amistades profundas, odios e intensas pasiones.

Vivimos con una misma mujer o con un mismo hombre durante años, pero el resto de mujeres y hombres nos resultan tan extraños como sombras fugitivas, como espíritus perdidos que, a escondidas, atraviesan la calle.



martes, 22 de diciembre de 2009

EL DURMIENTE

CLAUDIO BRAVO (Alfombra roja)


El Durmiente puede pasar muchos años en estado de letargo, fuera del mundo, como un oso polar, un murciélago o una marmota. Cuando al fin despierta descubre que sus amigos, sus hermanos y conocidos se han casado y pasean carros de niños, que han visitado el Nepal, Groenlandia o las islas Galápagos, que han cambiado de ciudad o de trabajo, que han engordado o adelgazado, que están enfermos o perdieron el pelo.

El Durmiente los mira incrédulo pues le parece haber estado con ellos unos pocos días antes y que eran bien distintos. Él no ha hecho nada en ese tiempo salvo dormir y consumir el azúcar y la grasa que su cuerpo almacenaba. Por eso está tan delgado y fibroso como un muchacho famélico o un acróbata de circo.

Su casa acumula pelusas y polvo. Por los techos, ángulos y esquinas se mueven arañas, caracoles y minúsculos gusanos blancos. El Durmiente, como un alma atormentada por la duda, oscila entre dos caminos, dejarlos vivir a sus anchas, respetando su derecho a la existencia o asesinarlos fríamente con papel de baño o con insecticida.

Dormir, en realidad, le resulta indiferente. Lo que le gusta al Durmiente es soñar con largos viajes, con tener hijos y esposa, con asistir a fiestas, con vivir en otro país o comprarse una casa a crédito. Así, soñando, se adormece de nuevo y va entrando en una plácida hibernación que lentamente le acerca a la muerte.



lunes, 21 de diciembre de 2009

LOS VIEJOS ESPÍRITUS

REMEDIOS VARO (Naturaleza muerta resucitando)


Los viejos espíritus permanecen aún en las casas y calles que ocuparon, paseando sin prisa, asomándose a las puertas de las tiendas y los bares, habitando los cuerpos de los gatos.

Mi padre siega aún la hierba en un campo inclinado, poda sus manzanos o vuelve al caserío cargado con cubos de agua. Cuida las abejas, azuza a las vacas que vuelven caminando perezosamente desde los pastos. Golpea en el espinazo a las culebras, juega con sus perros y se acuna, recién nacido, en los brazos de su madre que parió ocho hijos más, de los que dos nacieron muertos. Aunque nunca los conoció, él, mi padre, los saluda con cariño, como a sangre de su sangre.

Todos, amigos, conocidos, vecinos o hermanos se encuentran de nuevo en sí mismos o en otros que no recuerdan quienes fueron. Se saludan, se ríen, se cuentan historias al oído y bailan juntos en la noche de los vivos y los muertos.



jueves, 17 de diciembre de 2009

EL PENSAMIENTO

GREGORY COLBERT


El pensamiento es un muro cerrado a los otros donde guardamos un mundo secreto. Si cruzamos sus márgenes difusos encontramos deseos que no llegaron a ser, amores que nunca nacieron, caballos heridos, líneas de sangre, caricias y besos.

El pensamiento es un barco enterrado, un pez abisal que vive entre monstruos marinos, en la profundidad oscura del océano, una nave perdida en los límites del universo.

El pensamiento es un colibrí con las alas cortadas, un niño que nació sin sueños.


miércoles, 16 de diciembre de 2009

UNA LUZ EN EL DORMITORIO DE LAS SIRVIENTAS

DIEGO RIVERA


La nueva muchacha de servicio era una india pálida de ojos brillantes, que había llegado de un pueblo del interior. Hablaba mal el español y a veces se le oía atravesar los pasillos murmurando en el antiguo idioma de su raza.

El dueño de la casa, rico y poderoso, iba sin embargo camino de una vejez solitaria. Miraba a la indita llegar e irse, servirle la comida, traerle la ropa bien planchada. Sus antepasados violaban y maltrataban a las indígenas, pero aquellos fueron otros tiempos que no echaba en falta. Además, no sentía ya ninguna inclinación amorosa. Tan solo envidiaba su juventud y su mirada inocente y alegre. Hubiera dado lo que tenía por volver a tener su edad y mirar al mundo con sus ojos intensos, con su pasión contenida.

Él también había sido pobre, casi no tuvo escuela, y hubo también un tiempo en que hablaba otra lengua. Pero después de embarcarse su vida cambió. Sirvió a muchos y después, a fuerza de negocios y violencias, muchos otros fueron sus sirvientes.

La indiecita lo cuidaba. Lo protegía de sus amigos y familiares, que llegaban a la casa sin avisar, como los pájaros de mal agüero, siempre pidiendo. Ella abría una barrera silenciosa, sin muchas palabras, que confundía a las frecuentes visitas.

“Al señor no hay que despertarlo a media tarde, se queda triste si se le despierta”, les decía. O también: “El amo está pensando, luego las ideas se le vuelan y no hay forma de juntarlas de nuevo”.

La muchacha tenía su habitación en su mismo piso, por donde se filtraba la luz hasta altas horas de la noche. Una vez, intrigado, el hombre entró en el cuarto, aprovechando su ausencia. No vio nada extraño. Solo cosas de muchachas y pequeñas figuras indias. Otro día se atrevió a preguntarle lo que hacía por las noches hasta tan tarde. “Hablo con el dios-jaguar” contestó, “él me arregla toditos los problemas. Debería usted rezarle también”.

El señor repasó sus libros de religión indígena. El dios-jaguar aparecía como un joven atlético que cubría su rostro con una extraña máscara. Una noche, incluso trató de hablar con él para contarle sus cuitas, aunque no obtuvo ningún resultado. Tal vez fuera cosa del idioma.

Días después, mientras leía distraídamente el periódico, le pareció notar que la cintura de la muchacha se había ensanchado de un modo notorio. Instintivamente, el hombre pensó en el dios-jaguar que visitaba su cuarto cada noche y sonrió para sí, como quien comparte un secreto con las nubes.


martes, 24 de noviembre de 2009

EL PODER DE LOS OBJETOS

PEDRO RAFAEL GONZÁLEZ CHAVAJAY (Hombres de maíz)


En su pequeño pueblo del Trópico, que visitan con frecuencia el ejército y la guerrilla dejando a su paso un rastro de sangre, Mapiro, niño y pobre además de indio, habita en un mundo mágico.

Su vida en el poblado, en su tribu, está rodeada de objetos misteriosos y pequeños animales furtivos, sapos, colibríes y lagartos, cacerolas de barro, raíces narcóticas, balas abandonadas por la guerrilla, gorras de béisbol y extraños amuletos.

Mapiro bebe la savia de una misteriosa raíz que crece en la selva. Al instante frutos, objetos y pequeños insectos se reúnen a su alrededor como si estuvieran imantados por una extraña fuerza. Él los posee, los mueve a voluntad, hasta que, unas horas después, desaparece el efecto del brebaje.

Mapiro concentra su poder en salvar el poblado del hambre. Gracias a él crece el maíz en los campos yermos, los ríos cambian de curso y nubes de tormentas descargan sus aguaceros.

En el pueblo lo aprecian y lo odian. Hay quien corre sus cuentos, verdad o mentira adaptada por distintas voces, por las aldeas limítrofes, hasta que alcanzan lugares más grandes, oídos que no desean indios felices o clarividentes.

Cuando mandan a los guardias a buscarlo, Mapiro, oculto por sus extrañas artes, pasa inadvertido para ellos. Los soldados golpean a sus amigos y tirotean a uno de ellos. Es un niño del pueblo que cae al suelo desangrándose, agarrándose el vientre con fuerza.

Mapiro, en su escondite, llora amargamente, sintiendo que la bala le pertenece. Por eso, a una orden de su pensamiento el proyectil abandona el cuerpo del muchacho y se clava con fuerza en su propio pecho, que se ofrece a la muerte.



domingo, 22 de noviembre de 2009

ZAÏD

GREGORY COLBERT


Zaïd escribía extraños poemas. Por entonces, en Damasco, la ciudad donde vivía, la poesía era un asunto que no parecía interesar a nadie, pero él no reparaba en eso. Las palabras le surgían desde muy adentro, como un torrente caudaloso o como un simún que atravesara el desierto llevándose todo a su paso.

El muchacho arrancaba los poemas de su propio corazón. No sabía escribir de otro modo, sino desnudándose, vaciándose, dejando en ellos una parte de sí. Cada vez que escribía un verso su corazón perdía una diminuta fibra muscular, una gota de sangre, su movimiento sincopado se ralentizaba la diezmillonésima porción de un segundo.

Zaïd escribió un solo libro. Cuando llegó a la última página su corazón se encogió en el pecho y la sangre se fue extendiendo por la cavidad vacía, como un océano de sangre, como un universo roto.


lunes, 16 de noviembre de 2009

LA MUCHACHA QUE AMABA LOS RELÁMPAGOS

KAYCEEUS


Margot observaba el cielo cada día, esperando ver formarse nubes de borrascas. Desde muy pequeña no veía dibujos animados o películas de mundos fantásticos sino espacios meteorológicos o documentales sobre ciclones y tempestades.

En el pequeño pueblo donde vivía con sus padres las tormentas rompían con gran intensidad sobre sus cabezas. Margot se asomaba a la ventana de su cuarto para verlas aproximarse. Allí contaba los segundos que transcurrían desde el brillo intenso del fogonazo hasta que la explosión violenta del trueno rompía el cielo.

Cuando la feroz tormenta estaba encima de su casa salía a verla, evitando los árboles y los objetos de metal, y permanecía inmóvil mirando al cielo nublado, empapándose de lluvia. En esos momentos se creía un ser superior, una hija de las auroras boreales, un pequeño átomo que se hubiera desprendido de las nubes.

Sus padres, preocupados, la pusieron en tratamiento. Sin embargo, la conclusión del médico psiquiatra que la atendió fue que Margot era de una inteligencia completamente normal y que nada en ella funcionaba de un modo extraño. “Es el mundo el que no va a su ritmo” concluyó el experto. Ya que no podía recetar tranquilizantes o antidepresivos a todo el planeta tampoco le pareció conveniente prescribir a Margot ningún medicamento, y solo le dio un consejo: “no dejes jamás que te menosprecien ni permitas que crezca en ti un ego desmedido”.


Con el paso de los años Margot empezó a trabajar como empleada de parques y jardines para el gobierno local. Después se casó y tuvo una hija a quien llamó Waitiri, como la temible diosa del trueno maorí. La niña, aún muy pequeña, veía la televisión durante horas y adoraba los videojuegos. Sin embargo, cuando escuchaba el sonido lejano de una tormenta, abandonaba de repente todo lo que estuviese haciendo y se quedaba absorta, como si escuchara una música maravillosa o aguardara la visita de un ser de otro mundo.




miércoles, 11 de noviembre de 2009

INVENTAR

ELENA ODRIOZOLA


“Inventar” es una palabra de uso habitual entre algunos cubanos que he ido conociendo. Ante la pregunta, mil veces repetida tal vez, sobre cómo se las arreglan para salir adelante en su situación de escasez y necesidad, contestan que simplemente se dedican a “inventar”, es decir, o eso entiendo yo, a valerse de la imaginación ante las dificultades de la vida diaria. En esto, los cubanos han sido auténticos maestros, aplicando soluciones imaginativas ante la falta de materias primas básicas, recuperando artesanalmente automóviles y viejas máquinas en desuso, utilizando bambú en sus construcciones o generando combustible mediante compuestos inverosímiles.

Dentro y fuera de Cuba inventar es un concepto apasionante, que casi vale para todo, para el trabajo y la vida diaria, para la diversión y el sexo, para los viajes, para la música y la literatura, para el deporte, la arquitectura, el amor o la gastronomía.

Inventar este día, este mes, este año que se encuentra ante nosotros, este instante, este beso, esta relación anodina, vivir en mil direcciones, recorrer cada día los senderos colaterales, tomando el camino contrario al que nos conduce la inercia, haciendo lo inesperado, lo impensable, lo que a nosotros mismos nos resulta extraño. Expandirse como las ondas del agua, vivir esféricamente, abiertos al mundo. Inventar en fin, cada instante.




martes, 10 de noviembre de 2009

LA ISLA DESIERTA

LA PLAYA KOVALAM EN KERALA (INDIA)


Cuando Jean Harispe, un viejo capitán de barco de Ciboure y los once hombres que lo acompañaban llegaron a la Isla Desierta no encontraron en ella a nadie. Tan solo la recorrían lagartijas y pequeñas aves. Sin embargo, su vegetación era muy variada: castaños, laureles, rododendros, digitales, hortensias, frutales silvestres y una gran variedad de arbustos y flores.

Con el tiempo, la primera comunidad de la isla se fue ampliando con la llegada de nuevos aventureros: franceses, españoles, holandeses, negros traídos por la fuerza desde África y jóvenes esclavos bereberes, que compartían sus vidas con diversos animales, sobre todo perros, asnos y caballos. Muchos que buscaban riquezas se fueron al no encontrarlas. Quienes escapaban de su vida anterior también acabaron marchándose, pues tuvieron las mismas dificultades que en sus lugares de origen, ya que su pasado viajaba siempre con ellos.

Junto a aquellos viajeros llegó a la Isla Desierta Jesús Abín, un fugitivo, un emigrante político. Abín era escritor sin suerte y activista de izquierdas. Había escapado de la cárcel en España, pagando una elevada cantidad de dinero como pasajero secreto en un barco que hizo escala en la isla, camino de la costa africana.

Jesús llegó hasta aquel lugar abatido y triste, delgado y enfermo por las privaciones, las torturas y el terror que había sufrido a manos de la policía y los guardias de prisiones. Al principio recorría los muelles y sus tabernas buscando con avidez noticias de sucesos políticos, de revoluciones o algaradas. Poco a poco, sin embargo, se fue olvidando de todo ello. Compró una casa en las afueras y se fue a vivir con una chica mulata, hija de esclavos, con la que recorría los muelles al atardecer, agarrando fuertemente su mano y con la que se entregaba a exaltadas noches de amor.

Jesús Abín escribía sin parar, rodeado de los hijos que poco a poco fueron viniendo, que trataban constantemente de robar su atención. Los temas de sus escritos, llenos al principio de un ardor turbulento, se fueron sosegando. Fueron virando, muy poco a poco, de la opresión capitalista y las maldades de un sistema represor al amor a la naturaleza, a los montes y las grandes cascadas, al aire azulado, al océano, a su mujer y sus hijos, a los buenos compañeros que le proporcionó la vida, a su amigo interior.

Años después, ya viejo, sin haber vuelto jamás a su tierra, apenas la echaba en falta. Tampoco pensaba en la lucha de clases. Absorbido por las tareas diarias, no tenía tiempo para revoluciones ni para nostalgias. Solo escribía cortos poemas de amor y el resto del tiempo se dedicaba a labrar la tierra y a hacer surcos en la dura piedra para que el agua llegase a sus humildes sembrados.

De noche, a la luz de la luna, que se recortaba sobre el mar, Jesús miraba a su mujer, no tan bella como entonces, pero una parte esencial de su vida, un pedazo de su mismo cuerpo, un espíritu de las estrellas que había decidido posarse en la Isla Desierta y no apartarse jamás de su lado.



jueves, 5 de noviembre de 2009

EL PALACIO DEL AZAR

OLIVER FOLLMI


Todos visitamos un día, cuando éramos niños, el Palacio del Azar. Lo mismo da que fuéramos los hijos de un ministro del Gobierno o que creciéramos en un barrio humilde, de chabolas destartaladas. Todos hemos estado allí, todos hemos visto ese lugar, y pasamos el resto de nuestra vida anhelando, sin saberlo, volver a visitarlo.

Cuando acudimos de nuevo en su busca, sin embargo, nos encontramos las puertas cerradas. Ya no somos los chiquillos ingenuos que fuimos, sino una amenaza, un peligro para su supervivencia. Las ballestas y las armas de fuego nos apuntan desde las torres, las almenas y las troneras abiertas en los muros. No sabemos quien se oculta tras ellos, quienes son los soldados que lo protegen ni a quienes guardan en su interior, defendiéndolos de nosotros, pero intuimos que quienesquiera que sean habitan un mundo mágico y que son felices de una forma que ya no está a nuestro alcance.

Tal vez vivan en él aquellos que jugaron con nosotros de niños y se quedaron allí para siempre, atrapados en los engranajes oxidados del tiempo o los que fueron violentados o acribillados a insultos, a golpes, disparos y bombardeos. Para cruzar sus puertas, intuimos, es necesario un pasaporte sin imágenes sonrientes, sin firmas, direcciones o huellas dactilares, un documento de aire y de sol, una sola palabra mágica que nunca supimos o que olvidamos hace tiempo.

Probamos cada día nuevas contraseñas, hacemos piruetas delante de los puentes levadizos o ensayamos caras bondadosas e inocentes, para probar nuestra pureza, pero la puerta permanece cerrada. ¿Se abrirá en par tras la muerte, cuando seamos de nuevo mujeres y hombres libres, niños sin pecado, pequeños duendes desprendidos de la aurora boreal, de la cola de un cometa?.



domingo, 1 de noviembre de 2009

PRINCESAS ALIENÍGENAS

VICTOR BRAUNER (Nude and Spectral Still Life - La Vie intérieure)


La belleza no es algo absoluto. Todos la valoramos de un modo unánime en determinadas ocasiones, ante un paisaje maravilloso, una obra artística o una persona de cuerpo esbelto y rasgos perfectos. Otras veces, sin embargo, lo que a nosotros nos parece hermoso a otros les resulta extraño, indiferente o incluso desagradable. Nadie más que nosotros se fija en esa libélula que flota ante nuestros ojos, en una pequeña flor imperfecta, en el hombre o la mujer que nos hace perder el norte y el sur, el pasado y el presente.

A Jacobe nunca le fue demasiado bien con las princesas terrestres. Conoció a muchas, pero no llegó a comprometerse con ninguna de ellas. Cada nueva candidata parecía perfecta a los ojos de sus familiares y amigos, pero él las rechazaba sin tan siquiera intentar una mínima aproximación.

Sin embargo, a los cincuenta y dos años conoció a Adhara, la mujer de su vida, su princesa alienígena. No hubiera sabido identificar su planeta de origen, si provenía de Venus, de Marte, de Plutón o de Deneb, la estrella más brillante de la Constelación del Cisne. Era una lástima que ya fuera tarde para que tuvieran hijos. Hubieran sido unos extraterrestres preciosos, con dos narices y cuatro brazos, con una sonrisa estelar y una mirada tan profunda como un agujero negro.

La vida le negó la paternidad, uno de sus mayores deseos, pero le proporcionó, en cambio, una pasión sencilla y misteriosa, una felicidad secreta que fue para él más valiosa que cualquier posesión material. Esa felicidad, sin embargo, solo le duró once años. Tras este tiempo, cuando él tenía ya sesenta y tres, la princesa enfermó, tal vez a causa de algún extraño virus contra el que los habitantes de su lejana luna no estaban inmunizados y se fue extinguiendo poco a poco hasta que abandonó este planeta, camino de algún lugar desconocido del cosmos.

Jacobe es inmensamente desgraciado desde entonces, pero siente que su vida se justifica plenamente por haber conocido a Adhara. A menudo siente su presencia cercana, como si aún durmiera a su lado, como si se la pudiera encontrar esperándolo a la salida del trabajo o como si fuera a recibir en cualquier momento su llamada telefónica.

Últimamente Jacobe ha observado un extraño suceso. Si desea algo con fuerza y piensa en ella siempre, tarde o temprano, lo obtiene. Ha logrado progresar en su trabajo, se mantiene sano y fuerte, tiene dinero y amigos, ha comprado una hermosa casa junto al mar, con un jardín de grandes camelias, las flores favoritas de Adhara. Desde allí, cada noche, mira a las estrellas y olvida por un momento sus pensamientos amargos. En ese momento no desearía otra cosa que ser un ser del espacio, un caballero alienígena que recorriera el firmamento en su busca, sin regresar jamás.



miércoles, 28 de octubre de 2009

AUTOAYUDA

GUILLERMO PÉREZ-VILLALTA (Asunto mitológico al atardecer)

Dogdog es un gran aficionado a los libros de autoayuda. Ha leído todas las obras de sus dos maestros, Paulo Coelho y Jorge Bucay, y a un gran número de otros pensadores que ocupan un lugar destacado en su mesilla de noche. Son autores que se dedican a emborronar páginas sobre los extraños caminos del alma, escritores a medio camino entre los literatos de mérito y los vividores del cuento.

A él, a su vez, le gusta escribir pequeñas historias, relatos y poemas. “La vida se puede descomponer en miles de fracciones, en millones de instantes distintos” escribe Dogdog, “alegres y tristes, indiferentes o monótonos, que forman un puzzle personal de mil colores: blanco, amatista, salmón, gris, rosa o negro profundo, distinto de todos los otros”.

“Debemos vivir uno por uno los instantes que nos quedan, ya sean unos pocos o cientos de miles, debemos entregarnos de lleno en cada cosa que nos pasa, en cada persona que encontramos y perdemos, en nuestros nuevos trabajos, en las dimensiones ocultas de la vida, en el movimiento celular, en cada sonido que escuchamos, en cada respiración, en cada alimento que pasa por nuestra boca, en cada beso que roza nuestros labios”.

Dogdog se gastó sus pequeños ahorros de ayudante en una carnicería para pagarse la publicación de un libro de pequeño formato, apenas sesenta páginas, para lo que tuvo que resumir o quitar muchas de sus ideas como se poda una hortensia o un rododendro. Su mujer, mientras tanto, lo observaba atónita, sin llegar a alcanzar sus pensamientos.

Llevó su libro a las bibliotecas públicas y a todas las librerías de la ciudad. Esperaba llamadas de agradecimiento, mensajes de correo electrónico, entrevistas en la radio o en los diarios. Sin embargo, vendió un solo libro, que su mujer guarda, como un tesoro, sin leer, en un baúl cerrado con una llave que esconde al lado del corazón, en su pecho.



martes, 27 de octubre de 2009

CADA UNO FABRICA SU CUERPO

HENRI DE TOULOUSE-L AUTREC (Seated Dancer in Pink Thigts)


Cada uno diseña su vida, cada uno fabrica su cuerpo. Con el paso del tiempo las toxinas se acumulan en el vientre, en la piel, en el rostro. Las piernas se hinchan, suaves líneas anaranjadas atraviesan el arco de los ojos, desgastan los labios, marcan con líneas quebradas el pecho y el cuello.

Cada uno construye su alma, la acuna con palabras de amor o de odio, la dibuja con negras tormentas, la flagela con golpes de sangre, con viejos rencores, la abriga en las noches adversas, cuando nada tiene sentido, cuando la vida nos muestra su rostro ennegrecido, sus rasgos oscuros.


martes, 20 de octubre de 2009

PROYECTO PARA DESTRUIR LA TORRE EIFFEL



En su último curso de la Escuela de Arte de París, Dumdum, un muchacho de origen africano, presentó un original trabajo titulado “Proyecto para destruir la torre Eiffel”. Había calculado, mediante la colocación estratégica de diversas cargas explosivas, los variados ángulos de caída, de forma que la torre se desplomara muy lentamente, transformándose, con la ayuda de una iluminación sugerente, en otra cosa distinta, más bella y agradable en su opinión, con la armonía que dan las formas caprichosas de la propia naturaleza, que crea y mata, que elabora y destruye.

El trabajo fue calificado con un clamoroso suspenso por sus profesores, tal vez demasiado sensatos y convencionales, con una calificación de cero con cinco sobre diez puntos posibles. Dumdum llegó a ser interrogado incluso por la Gendarmería, informada por algún miembro del claustro, que horas después dejó al muchacho en libertad sin ningún cargo.

Para acabar la carrera, Dumdum tuvo que redactar un nuevo proyecto, más conservador y condescendiente con los estereotipos y las normas no escritas del arte. En él trató de reconstruir el asalto de la Bastilla, con un juego de fuegos y de luces estratégicamente situados que cercaban a los visitantes, sonidos desgarradores que atronaban desde un sistema amplificado y violentas imágenes de destrucción y agonía.

Su nuevo proyecto obtuvo un aprobado raspado, debido tal vez a la presencia en el tribunal de algún profesor tan absurdo y disparatado como él mismo. Sin embargo, Dumdum nunca llegó a poner su plan en práctica. Con su licenciatura bajo el brazo se fue a vivir a Atenas con una compañera del curso, de origen griego, a quien había dejado embarazada sin pretenderlo.

Allí el muchacho continuó proponiendo planes descabellados a las instituciones de la ciudad, como pintar el Partenón de azul claro, para que se confundiera con el color del cielo y el mar o volar con dinamita la colina donde se asienta, para hacerlo destacar aún más, como si estuviese suspendido en el aire. Sin embargo, sus propuestas eran rechazadas una y otra vez por los responsables municipales, que no parecían comprender el valor transformador del arte. Así, Dumdum se vio obligado a buscar un trabajo remunerado como profesor de dibujo y pintura en un colegio privado, para poder mantener así a Minos, su hijo recién nacido y a su joven esposa.

Dumdum tuvo cierto éxito como retratista infantil entre las madres adineradas que acudían a la salida del colegio en sus coches de lujo. Ganó dinero, puso un estudio, echó una tripa prominente y desarrolló una desmedida afición por el fútbol y la cerveza, que provocaba el enojo de su esposa. Poco a poco fue olvidando sus proyectos disparatados y desde entonces solo pinta, de tiempo en tiempo, retratos de niños ricos, atardeceres, paisajes y muchachas mirando al infinito mientras sueñan con ricos herederos, con grandes veleros que surcan el mar.



jueves, 15 de octubre de 2009

EL CALLEJÓN DE LAS DIFICULTADES

BALTHUS (La rue)


Gatillo es el personaje más importante del Callejón de las Dificultades. No es agresivo ni pendenciero, como parece presagiar su nombre, sino suave y delicado, armonioso como un ángel, sonriente como un muchacho enamorado.

La gente del Callejón vive casi del aire. Pocos trabajan o tienen rentas fijas. No hay casi funcionarios, comerciantes, políticos, profesores ni hombres de negocios. Algunos son rateros, otros contrabandistas o traficantes. La mayoría pasea de día y de noche, sin rumbo fijo, contemplándose entre si, o ya aburridos de verse, se concentran en sus propia contemplación, en sus mundos internos.

Gatillo tiene dotes extraordinarias. Adivina el pensamiento y puede transmitir a los otros mensajes telepáticos. Se comunica de ese modo con sus amigos y vecinos. Claro que esa comunicación se da en una sola dirección. Aquellos que consiguen captar sus mensajes con claridad son incapaces de devolver la llamada.

Muchos se esconden a su paso o se tapan la cara, convencidos de que el rostro delata sus intenciones, su mundo escondido y ruin. Gatillo, sin embargo, no necesita verlos. Se comunica a través del aire, por un componente infinitesimal que acompaña al oxígeno en su devenir por el mundo, que da la vida y la quita y transforma ideas y pensamientos en vehículos alados.

Otros, en cambio, lo buscan ávidamente, como si fuera un hechicero o un sacerdote del vudú. Cuentan que resuelve cualquier problema, que supera dificultades y contratiempos como Thor, el dios vikingo, como Vishnú o la serpiente alada de las leyendas mixtecas.

Gatillo no es fuerte ni bien parecido, pero duerme acompañado cada noche por la muchacha más bella del Callejón. Ella, a cada minuto, enamorada, recibe un beso a través del espacio, un mensaje de amor, una rosa de viento.



miércoles, 14 de octubre de 2009

EL SENDERO DE LAS LAMIAS

WALASSE TING (Deux dames)


La sinceridad no es un deber ante los otros, sino un regalo que nos hacemos a nosotros mismos. Las mujeres y hombres que se exponen como son, sin dobleces, sin trampas, quienes muestran sus cartas, los que actúan con nobleza y prestan su ayuda a cualquiera, son magos maravillosos que transmutan la vida, duendes o hadas, príncipes y princesas que heredaron un mundo perdido.

Estas lamias de ojos hermosos abren sus sentidos para escuchar sus entrañas, para oler y morderse las manos, para sentir el latido de la sangre en su cuello. Solo creen en aquello que habla a través de ellas o de su entorno mágico. Su oráculo son los árboles, las estrellas, los insectos que vuelan a la altura de sus ojos, el susurro del viento en sus mejillas.

Estos apuestos elfos de bellos rostros son obreros, empleados o estudiantes, príncipes desgarbados que no maltratan a nadie salvo para defenderse si un peligro mortal los acecha. Eluden las disputas, no hablan mal de los otros, no castigan o insultan, no condenan a oscuras mazmorras o a torturas impensables a quienes defienden su derecho de frente y con la mirada elevada. Sirven a sus súbditos bebidas, manjares y los confortan en los momentos tristes que la vida nos ofrece a todos, reyes o lacayos.

Estos y estas humildes aristócratas vagan de incógnito por los viejos arrabales, vestidos modestamente, y su único afán es sonreír a los niños y a las estrellas, descubrir nuevos sabores y planetas, percibir el instante que se posa en los átomos de sus dedos, aguardar el paso de los espíritus, explorar el sendero secreto que nos lleva a un lugar desconocido donde nada, salvo la misma vida, importa.


lunes, 12 de octubre de 2009

EL CLUB DE LOS CANÍBALES

ZHANG YIWANG (Portrait n. 2)


El Club de los Caníbales solo admite a mujeres y hombres de modales impecables e indumentaria exquisita, bienpensantes, de sonrisa seductora y saneada situación financiera. El envoltorio debe ser intachable, pero el Club exige otras aptitudes que no aparecen en sus estatutos fundacionales o en sus normas internas.

Así, para ingresar en él debe acreditarse un extenso currículum de vicios ocultos y prácticas perversas: sodomías, vejaciones, violaciones, desfalcos, golpes de estado, torturas, estafas, tráfico de armas o asesinatos de guerra. Además, se valora grandemente haber salido indemne de todos ellos, sin una sola citación legal, sin una reseña periodística.

El Club, sin embargo, apoya a los miembros que caen en desgracia, destruye pruebas, encubre actos ilícitos, asesora en materia de sobornos, pillaje y estética caníbal. Una revista enviada en secreto a sus socios instruye en estas artes y en muchas otras a los miembros del Club. Muestra automóviles lujosos, yates de ensueño, armas cortas, trajes impecables, abrigos de fantasía, piedras preciosas, mansiones protegidas por costosos sistemas de seguridad.

Los socios del Club actúan siempre en favor de sí mismos. Se presentan ante los otros como magnánimos o intransigentes, de acuerdo con las circunstancias. Muestran un gran manejo del Chi, moviendo sin esfuerzo la energía cósmica de las tinieblas a la claridad, del Ying al Yang, de la arquitectura sublime a la crueldad y la destrucción impía.

La marca del Club de los Caníbales es una pequeña calavera roja tatuada en la base del cuello. Al verla en otros, quienes pueden reconocerla se hacen a un lado, obsequiosos y sumisos. Una sonrisa de sometimiento y adhesión infinita brilla en la comisura de sus labios, como una diminuta línea de sangre.



martes, 6 de octubre de 2009

LA MIRADA DEL JAGUAR



Bikku no había visto nunca un jaguar. Mientras recorría la ruta maya con un grupo de viajeros acomodados, les llevaron a un parque de la naturaleza, que en realidad no era más que un zoológico con celdas espaciosas. Todos sus compañeros sacaban fotografías a los guacamayos y a las iguanas, pero él no podía apartar los ojos de un jaguar que había descubierto, tendido sobre el suelo de su estrecha prisión.

El animal parecía dormir. Sin embargo, de repente abrió los ojos y se le quedó mirando muy fijamente. Bikku no pudo aguantar su mirada más allá de unos segundos. Sus ojos le helaron, le traspasaron como si hubiera rasgado con sus colmillos o sus garras los músculos de su cara.

Bikku estaba atravesando unos días melancólicos. Había conocido a una chica de Barcelona, que ahora veía a unos pasos observando a un grupo de pelícanos, y se sentía enormemente atraído por ella. La mujer estaba recién separada y apenas hablaba con él, que tenía la sensación de que lo rehuía constantemente.

Al atardecer, sin ganas de bañarse con todos en la piscina de su resort, Bikku se fue a pasear por la orilla del Mar Caribe. Estaba oscureciendo. Entonces recordó que alguien le había dicho que, de vez en cuando, se veían jaguares por aquellos caminos, ya que llegaban hasta el borde del mar en busca de alguna presa desprevenida. Los hoteles estaban muy cerca, por lo que la presencia del temible animal le parecía científicamente imposible, aunque la caída de la noche siempre le había provocado una sensación de inseguridad y miedo a las tinieblas que poco a poco iban recuperando su poder sobre el mundo. Bikku, atemorizado, volvió a paso muy rápido, mirando hacia todas partes.

Al sentirse a salvo tras la barrera de entrada al recinto, sin embargo, Bikku sintió que una extraña fortaleza crecía en su interior. Se sentía tan valiente y poderoso como un jaguar, capaz de cualquier cosa, y se acercó a la mujer decididamente. Ella, sin embargo, le contestó con una frase de compromiso y se alejó hacia el resto del grupo, como un vanidoso quetzal.


lunes, 5 de octubre de 2009

GRANDES MASAS DE HIELO

WILLIAM BRADFORD (Icebergs in the Arctic)


Cualquier agrupación de personas, ya sean amigos, compañeros de trabajo, vecinos o familiares es como un gran bloque de hielo, un iceberg. Lo que queda por encima del agua, lo que aparece a la vista de todos no es sino una pequeña parte de lo que está oculto, de las temibles convulsiones internas, la competitividad y la interacción de sus átomos, los odios y las mentiras acumuladas, las pasiones o los desamores entre sus miembros. Cuanto mayor es la parte sumergida, la zona de hielo que nunca aflora, más se deteriora la comunicación y los grupos funcionan peor. Cuando emerge a la superficie la verdad que permanecía oculta las relaciones son, por el contrario, más auténticas, más reales.

Lo mismo ocurre, tal vez, con las comunidades más grandes, con los barrios, las ciudades, los países o con el mundo entero. Acaso suceda igualmente con los grupos más pequeños, con las parejas, las familias o las uniones transitorias entre cualquier tipo de individuos. El egoísmo personal las convierte en una esfera borrosa, sesgada por los propios deseos, que llevan a su disgregación y su muerte.

Cada individuo es, así mismo, un gran bloque de hielo. Lo que sabemos de nosotros mismos o de lo que nos rodea no es más que una pequeña porción de la realidad. Los demás tal vez pretenden vernos con mayor objetividad. Sin embargo, tampoco perciben más que una pequeña parte de lo que sucede debajo del agua, bajo las colosales masas de hielo ocultas bajo la superficie, detrás de las apariencias y las formas fugaces del mar embravecido, del océano helado que somos.



miércoles, 30 de septiembre de 2009

LA SALIDA DEL LABERINTO

REMEDIOS VARO (Tránsito)


La vida es un laberinto sin salida. O tal vez, si la tiene, sea una salida hacia no se sabe dónde, hacia un lugar desconocido. Uno puede buscar desvíos alternativos, el trabajo, la meditación, el fútbol, el alcohol o las drogas, la ciencia, el dinero, los viajes, tener múltiples experiencias amatorias, realizar vuelos sin motor, caer por precipicios.

Al final siempre llega el momento en que nos hallamos frente a frente con aquello que tratamos de evitar, con un pasadizo misterioso y oscuro que nos provoca un temor insuperable.


Wabi, al igual que todos, quiso buscar su propia salida al laberinto de la vida y la muerte. No buscaba alargar su existencia, sino llenarla de sentido, hacer que cada año que pasase fuera inolvidable. Viajó por todo el mundo, tuvo amores y niños, leyó todos los libros que pudo y vio infinidad de películas, habló poco y escuchó mucho, lo vio todo con los ojos muy abiertos, hizo yoga, zen, estudió geografía, arte, economía, física y conoció miles de personas de lugares diferentes, de distintas ideologías y religiones. Fue indiferente para muchos de ellos, pero unos pocos fueron sus amigos.

Gastó mucho dinero buscando felicidad y vida y acumuló momentos inolvidables. También vivió algunas desgracias que marcaron en su rostro arrugas indelebles. Aún así, no pudo abarcar más que una pequeña parte de la experiencia humana.

Wabi halló la salida a su laberinto en un accidente eléctrico. La descarga que lo llevó a la muerte sucedió mientras trataba de arreglar la instalación de su vieja casa, que había sido ya la casa de sus padres, averiada por una tormenta. Tras caer al suelo, agarrotado y sin vida, nadie sabe hacia qué puerta le condujo su destino, ni qué pasos dio su espíritu vacilante por los senderos vacíos del tiempo.



martes, 29 de septiembre de 2009

EL MAESTRO DE SORTILEGIOS

CLAUDIO BRAVO (Chilaba azul)



Mamo, el Maestro de Sortilegios, se cree incapaz de lograr el más humilde de sus propósitos. Quiere tener mujer e hijos, como un hombre clásico de años atrás y quiere trabajar en el cine de animación o en la construcción de marionetas, pero está solo y dedica el día y la noche a su empleo en una aburrida caja de aparcamientos.

A veces discute con los clientes que han extraviado un ticket o un recibo o que simplemente no pueden pagar. Algunos de ellos le insultan o le amenazan con temibles venganzas. Mamo toma nota y los deja partir, reteniendo sus datos en la mente, apuntando en su memoria prodigiosa el color de su pelo, la luz de su sonrisa, el rictus de su enfado desmedido.

Aunque no lo parezca, Mamo es un auténtico maestro de sortilegios. Es incapaz de cambiar su vida y sin embargo interviene en la existencia de los otros provocando ráfagas inesperadas de suerte, accidentes, enamoramientos o desgracias. Hace brotar monedas y billetes bancarios en sus bolsillos, pone hombres y mujeres hermosos en sus vidas, obtiene trabajos soñados para los otros, pero su propia desesperanza, su desdicha lo mata.

Muchos se dirigen a él y buscan ser sus amigos, pues saben que eso mudará sus vidas por completo. Acuden a medianoche a su cabina de aparcamiento y aguardan un instante de calma en la tarea para pedir su ayuda. Mamo observa las luces fluorescentes, entrecerrando los ojos, escucha el lejano ruido del tráfico y después se sumerge en sí mismo. Los cambios deseados ocurren durante los días siguientes, sin falta.

Los días pasan. Los años caen sobre él como hojas muertas. Ya de mañana, Mamo regresa a su casa, cabizbajo. Intenta para sí, como ha hecho mil veces, lo mismo que resulta efectivo con los otros. Se sumerge en sí mismo e imagina su vida perfecta. Pero nada cambia. Nadie le aguarda en su piso vacío y las imágenes animadas que recorren su mente se disuelven en el aire de septiembre, como finísimos rayos de luna.



lunes, 28 de septiembre de 2009

EL TALLER DE RICKSHAWS

OLIVIER FÖLLMI

A los 62 años, Ghani conoció, en un centro de acogida del barrio de Baranagar, en Calcuta, a Amma, la Diosa de las Basuras, la mujer que había estado buscando durante toda su vida.

El centro estaba coordinado por voluntarios europeos y norteamericanos, la mayoría muy jóvenes, que habían acudido a la India buscando a sus vidas un sentido distinto de la mera posesión de dinero y la acumulación de objetos. Ghani realizaba para ellos trabajos de carpintería y mantenimiento en el tiempo libre que le dejaba su pequeño taller de rickshaws.

Los trabajadores del centro habían recogido a la mujer en la calle, donde vivía en la más absoluta miseria, cubierta de suciedad y de llagas. La curaron y limpiaron, le dieron de comer y le lavaron el pelo. Amma, a pesar de su terrible pobreza y abandono, era una mujer inocente y altiva, con cientos de pequeñísimas arrugas que atravesaban su rostro como las calles de una ciudad o los senderos en un bosque.

Ghani, nada más verla, se enamoró de ella. El hombre tenía tres hijos, ya mayores, de su anterior esposa, con la que se había casado por un arreglo entre familias. Sin embargo, él creía en el amor verdadero. Pensaba que la vida, a cualquier edad, es un teatro mágico y que la vejez no era sino un viaje a un lugar desconocido, que aún le podía ofrecer, cada día, nuevas sorpresas.

Dos meses después Ghani se casó con Amma. Los dos abandonaron el centro de acogida para dirigirse a la casa del hombre. Los hijos de él trataron de alertarle sobre las intenciones de la mujer, muy enfadados porque su padre se hubiera casado con una mujer pobre.

Amma asumió el mando del hogar. Puso en la entrada de la casa la foto de su antigua dueña y cada mañana le ofrecía libaciones y plegarias, pidiéndole perdón por haber ocupado su morada. Después entonaba rezos y salutaciones a los dioses hindúes, y de un modo especial a Shiva, el Señor de la Danza Cósmica, el destructor y transformador de toda la creación.

Ghani trabajaba todo el día en el taller, donde acudían los conductores de rickshaws de los alrededores. No regresaba a su casa hasta la tarde, y lo hacía lleno de ilusión, pues allí lo esperaba Amma, su única diosa.

Cuando Ghani murió repentinamente, sus hijos, que apenas lo habían visitado duante los últimos años, iniciaron un pleito contra Amma para que abandonase la casa. Esta, a pesar de ser la legítima heredera, no opuso resistencia. Recogió sus cosas en una bolsa y volvió a la calle, a vivir entre las basuras. Solo se llevó el collar de piedras sagradas que le había regalado Ghani el día de su boda y una pequeña imagen de Shiva, el dios de los múltiples brazos, su protector.

Tal vez fue él, Shiva, quien la condujo de nuevo ante las puertas del hospicio donde había conocido a Ghani y la hizo llamar con fuerza, a medianoche, exhausta y aterida, cansada de luchar contra las fuerzas invencibles del amor y la muerte.  




martes, 22 de septiembre de 2009

LA SERPIENTE PERFUMADA

HENRI ROUSSEAU (Snake)


La Serpiente Perfumada piensa que en sus hombros descansa el peso del mundo. Se prepara con paciencia cada mañana y acude al trabajo resoplando, mientras sus tacones repiquetean por los pasillos inmensos. Viste ropas distintas cada día, compradas en tiendas supuestamente elegantes, pues su veneno necesita de un envoltorio distinguido.

La Serpiente Perfumada se ofrece y se insinúa ante aquellos que ostentan el poder, cuya compañía busca sin descanso. Si bien su atractivo es insignificante, es bien conocida la poca discriminación que en este campo muestran los hombres. La Serpiente tiene especial predilección por los responsables políticos. Nació así, aunque ella atribuye su actitud a la recompensa por sus desvelos o a la defensa contra oscuras conspiraciones.

La Serpiente Perfumada espera enroscada el paso de sus rivales. Estos suelen ser compañeros que ponen en riesgo su posición de privilegio, que tanta producción de veneno le ha costado. Rodea a sus víctimas sin que estas se aperciban de ello, sin mostrar su lengua bífida.

Su veneno es mortal sin remedio. Sus compañeros, que lo intuyen, se apartan a su paso o la mantienen a distancia y se ponen muy nerviosos si la ven apostada en los pasillos o perciben que se acerca, pues saben del poder de sus colmillos, de la fuerza abominable de su odio.

La Serpiente Perfumada nunca sale de casa sin rociarse con carísimas esencias y aguas de colonia, que guarda en estanterías repletas. Sin embargo, desconoce el poder cancerígeno de sus compuestos y se intoxica, poco a poco, como un animal de los suburbios, como una princesa de las alcantarillas.


lunes, 21 de septiembre de 2009

ESPÍRITUS

MABEL ÁLVAREZ (Tightrope dancers)


No compartimos el mundo con personas, animales, árboles o flores, sino con espíritus. Aquellos a quienes dormimos abrazados, con quienes hablamos, reímos o discutimos no son los que creemos ver, sino seres etéreos que los habitan momentáneamente, sin cuerpo y sin rostro, hijos de otros espacios y lugares que se aproximan queriendo contactar con el ánima, fea o hermosa, elegante o desharrapada, que oculta nuestra falsa apariencia.

Hay espíritus opuestos como polos que se repelen entre sí, espíritus complementarios y otros que son enemigos feroces, espíritus que se desean como lobos hambrientos y que beben los vientos por otros entes sutiles que vieron una vez y jamás conseguirán olvidar.

Los espíritus viajan sobre máquinas aladas, sobre locomotoras, automóviles y bicicletas. Allá donde llegan se cruzan con almas distintas que se miran entre sí, tímidas o insolentes, indiferentes o melancólicas, desvaídas o alegres.

Mi espíritu come, duerme o pasa la noche en vela, de bar en bar, bebe vino o cerveza, escucha música rock, contempla emocionado películas y atardeceres, asiste a funerales, a bodas y nacimientos de otros espíritus, mira a las estrellas y al mar, al aire, a la tierra y al fuego, sus antepasados múltiples, la materia de la que está hecho.

Cuando se acerca la noche, las ánimas que nos habitan sienten miedo del frío, la soledad y las tinieblas y se aproximan tiritando de frío a otros espíritus que los arropan sutilmente con sus cuerpos de aire.



viernes, 18 de septiembre de 2009

LA MATADORA

REMEDIOS VARO (Tailleur pour Dames)


La Matadora ejecuta silenciosamente. Su carácter es tímido, concentrado y suave. Parece no querer saber nada del mundo que la rodea, como si su única intención fuese vivir a un lado, sin llamar la atención, sin que nadie se percate de que se encuentra al acecho.

Ocasionalmente se la puede ver con algunos amigos, muchachos o también hombres maduros, que están a su lado durante unos meses y después desaparecen. La Matadora consuma el acto con ellos una o dos veces, y después, como una mantis sin credo, los asfixia o envenena y los devora en secreto. Cuando se levanta por fin el revuelo inevitable niega ante todos haberlos conocido, o asegura no haberlos visto durante meses.

La Matadora busca a sus víctimas en tabernas y bares nocturnos, en la oscuridad de los cines o en los centros comerciales. Llama su atención con sus rasgos atractivos y su mirada inocente, ensayada mil veces ante el espejo, con sus labios subyugantes, con su voz de niña extraviada. Los hombres creen haberla conquistado por sus propios méritos y celebran el hecho a voces con sus amigos. Mientras tanto ella, escondida en las tinieblas, los observa con ojos de iguana, guardando astutamente su lengua bífida.

La Matadora tiene tendencia a ganar peso. Sus costumbres feroces, antropófagas, hacen que acumule grasa sin descanso, por lo cual se somete a serias curas de adelgazamiento, a larguísimas sesiones de gimnasia, a liposucciones y saunas. También ayuna por largas temporadas, meditando en quién es de verdad, en su ser diferente, en el espíritu oscuro que la lleva a cometer sus crímenes.

Sin embargo, al mismo tiempo engorda su cuenta corriente, lo cual no parece inquietarle. Poco antes de matar a sus víctimas, en mitad del acto de amor, les hace firmar un papel de compromiso. Ellos, embelesados por su triunfo aparente, no dudan por un instante. La Matadora, astutamente, no recurre a ese documento hasta que ha pasado un tiempo prudencial y las sospechas se han despejado.

Las múltiples Matadoras que existen en el mundo se respetan entre sí, temerosas, esquivando a las miembros de su raza, venenosas como escorpiones o tarántulas. Solo en casos extremos cruzan sus aguijones y cuchillos, sus lenguas mortíferas, y esta pelea inhumana las lleva a las dos a la muerte, como una torbellino de fuego, como un estallido del alma.

domingo, 30 de agosto de 2009

ALMAS GEMELAS

SANDRA BATONI (Muchacha sentada junto a la mesa)


El único propósito en la vida de Giselle era encontrar a su doble, a su alma gemela, a la persona que mereciera su amor. Era una mujer bastante hermosa y tenía un trabajo bien reconocido como oftalmóloga. Se había comprado una gran casa frente al mar de Bretaña y aún así tenía dinero suficiente para ir de viaje cuatro ó cinco veces al año. En cada nuevo sitio al que acudía trataba de hallar la persona que completase su vida, y para ello se quedaba escuchando la respuesta, que esperaba clara y audible, de su corazón. No buscaba unas muletas que la sostuvieran, ni alguien que le solucionase su futuro o le permitiera vivir mejor, sino un hombre que la sujetase en sus brazos y la acompañase como un fiel amigo en el transcurso de la vida, que avivase la llama de sus deseos adormecidos, que dilatase las horas de su vida con momentos inesperados, con alegrías repentinas, con frases y hechos de amor.

La muchacha anhelaba el amor, pero no rehuía los amantes ocasionales. En toda su vida había tenido más de treinta o cuarenta, pertenecientes a ciudades y culturas diversas, pero su alma gemela seguía sin aparecer ante ella, se escondía como una ser tímido y misterioso, como un elfo delicado y transparente que solo existiera en su mente. “La vida es un viaje a lo desconocido” escribía Giselle en su diario. “Existen millones de personas de las que nada sabemos. Cada día tenemos la obligación de hacer algo distinto, de conocer gente nueva”.

El tiempo pasa. Desde hace unos años, Giselle viaja con menor frecuencia. Cuando no está en el hospital pasa muchas horas en su casa frente al mar. Recibe muchas visitas de amigos de su entorno más cercano y de viejos conocidos de otros lugares. Adora el sexo y la complicidad amorosa, pero también ama la soledad. En sus vacaciones acude a una pequeña localidad de Mozambique para curar los ojos enfermos de los habitantes de las aldeas a cambio de compartir su comida y de una vieja cama de paja.

De noche, en su cuarto, Giselle escribe en su diario: “Puede que en el mundo haya miles de almas gemelas para cada uno de nosotros. Entregarnos a los otros es entregarnos al universo, a la vida. Estamos solos ante la inmensidad del cosmos, rodeados de millones de compañeros de viaje que están, como nosotros, atemorizados por la enfermedad y la muerte, por el futuro incierto”.

Aquella noche, Giselle, aún atractiva, recibe la visita de un nuevo amante. Es un habitante de esta tierra, donde nació la vida. En sus brazos se siente una princesa zulú en su noche de bodas, una muchacha desnuda ante el mundo, que se abraza con fuerza a uno de sus dobles, de sus almas gemelas.



martes, 11 de agosto de 2009

CONSEJOS PARA EVITAR HURACANES

MONJES BUDISTAS


No se sienta nunca a salvo. Si no se ha levantado el viento a su alrededor en los últimos años, eso no significa nada. La naturaleza y el destino juegan con los seres humanos como nosotros lo hacemos con las hormigas o las hojas secas.

Desarrolle su instinto animal. Los animales presienten el peligro. Conviértase en una mangosta, en un gato, en una vaca, en una serpiente de coral, mire al mundo con los ojos de una cebra o un jaguar. Aprenderá a presentir los terremotos, las lluvias torrenciales, los tsunamis y los huracanes con horas de adelanto, lo cual le permitirá resguardarse y proteger a los suyos, confundiendo a voluntad, si así lo desea, a sus enemigos.

Escuche al viento. Tal vez no consiga oír nada, tal vez en realidad no le diga gran cosa, pero quizás, desde las células más recónditas del cerebro, que aún no han sido descubiertas por ningún anatomista, le llegue un extraño mensaje que puede que confunda con el llanto apagado de un recién nacido o con el eco de una música lejana.

Un último consejo: por si acaso, aprenda a flotar en el aire. Practique en sus ratos libres. Déjese llevar por las ráfagas de viento, le encantarán los remolinos, llegará a adorar las ventiscas. Escogerá para sus vacaciones las rutas de los tifones, las tempestades y las borrascas. Tal vez entonces descubra que todos somos uno: hombres y mujeres, niños o ancianos, mamíferos y flores, morsas, manatíes y salmones, que todos podemos planear en el viento como las gaviotas, como los estorninos o las grullas o que somos, simplemente, aire.



lunes, 3 de agosto de 2009

ALEJANDRÍA

BAHÍA DE ALEJANDRÍA


Son muchos los lugares del mundo que me gustaría visitar antes de que, con el paso de los años, busque la seguridad de un ambiente conocido y la cercanía de un sistema sanitario fiable. Antes de que eso suceda me gustaría ir, entre otros lugares, al Tíbet, a la India, a Guatemala, a Tanzania, a Madagascar, quisiera recorrer Méjico o los Estados Unidos, ir a Islandia, a la Toscana, a Laponia o a la isla de Rodas.

Un lugar al que me gustaría ir especialmente es Alejandría, la antigua ciudad egipcia de pasado glorioso, fundada por Alejandro Magno sobre un poblado de pescadores del delta del Nilo.

En su puerto atracaban barcos que cruzaban el Mediterráneo, cargados con bronce español, estaño de Bretaña, algodón de las Indias o sedas de China. El famoso faro de la ciudad, construido en una isla cercana, dispuso en su cúspide de un fuego permanente que guiaba a los navegantes, hasta el siglo XIV, en que fue destruido.

Muchos artistas y literatos han vivido en la ciudad. Algunos de los más famosos, sin duda, son Lawrence Durrell, autor del “Cuarteto de Alejandría” y E. M. Forster. Para mí, sin embargo, esta es la ciudad de Constantinos Kavafis, funcionario, escritor, homosexual y sobre todo poeta.

Conocí a Kavafis, como muchos, escuchando el “Viatge a Itaca” de Lluis Llach. Hoy que casi nadie lee poesía sigo volviendo a él de tiempo en tiempo con la misma pasión e interés. Mis poemas preferidos son “La ciudad”, “Deseos” o “Velas” y sobre todos ellos, precisamente, el que da nombre al disco: "Viaje a Itaca":


Cuando salgas de viaje hacia Ítaca
desea que el camino sea largo
pleno de aventuras, pleno de conocimientos.

A los lestrigones y a los cíclopes
o al irritado Poseidón no temas
tales cosas en tu ruta nunca hallarás
si elevado se mantiene tu pensamiento
si una selecta emoción tu espíritu y tu cuerpo embarga.

A los lestrigones y a los cíclopes
y al feroz Poseidón no encontrarás
si dentro de tu alma no los llevas
si tu alma no los yergue delante de ti.

Desea que el camino sea largo
que sean muchas las mañanas estivales
en que con cuánta dicha, con cuánta alegría
entres a puertos nunca vistos.

Detente en mercados fenicios
y adquiere las bellas mercancías, ámbares y ébanos
marfiles y corales y perfumes voluptuosos de toda clase
anda a muchas ciudades Egipcias
a aprender de sus sabios.

Siempre en tu pensamiento ten a Ítaca
llegar hasta allí es tu destino.
pero no apures tu viaje en absoluto
mejor que muchos años dure
y viejo ya ancles en la isla,
rico con cuanto ganaste en el camino,
sin esperar qué riquezas te de Ítaca.

Ítaca te dio el bello viaje
sin ella no hubieras salido al camino.
otras cosas no tiene ya que darte
y si pobre la encuentras, Ítaca no te ha engañado
sabio así como llegaste a ser, con tanta experiencia
habrás comprendido lo que significan las Itacas.



martes, 28 de julio de 2009

A CADA MOMENTO

STUART BUCHANAN (Causeway)


Hay algo que debe hacerse en cada momento. No es algo aprendido como bueno, enseñado o impuesto por otros. Es lo que debe ser hecho únicamente por y para nosotros, por decisión del misterioso conglomerado que somos, por la asamblea conjunta de todas nuestras células, de nuestros múltiples yos, tras una reunión interminable que solo dura una décima de segundo.

Esta decisión que nuestro cerebro y nuestras vísceras conocen de manera intuitiva, sin embargo, no es solo nuestra, pues en ella participan también la tierra, los árboles y las flores, las rocas, las montañas, el mar violento, las estrellas de quienes somos pedazos desgajados y los viejos espíritus que nos rodean, a una con nuestro corazón temeroso, hoy, en este instante que ahora transcurre.


lunes, 27 de julio de 2009

EL VUELO A FUNCHAL


Funchal (MADEIRA)


Siempre me ha dado miedo volar. En los últimos años, sin embargo, ese temor inquietante se ha ido difuminando, hasta convertirse en un nerviosismo suave y llevadero.

El aeropuerto de Funchal tiene fama de ser muy complicado para los aviones que intentan tomar tierra en él. Está muy cerca del mar y la pequeña pista de aterrizaje termina directamente en el Océano Atlántico. Según se dice solo pueden aterrizar en él los pilotos más expertos. Sin embargo, en el tiempo transcurrido desde su construcción solo se ha producido un grave accidente.

Cuando tomé la decisión de viajar a Madeira no sabía exactamente donde se encontraba. En realidad está más cerca y más al sur de lo que había imaginado. Es curiosa la invisibilidad que tenemos hacia todo lo portugués. Tal vez es por ello que a sus habitantes les gusta que los visitantes intenten expresarse en su idioma y evitan utilizar el castellano. Su país vecino, más fuerte y poderoso, los ha ignorado durante años, como si este país de historia apabullante, blanca, negra y mestiza, potencia mundial en aventureros, exploradores, literatos, músicos y traficantes de esclavos, no existiese.

Me gustan los madeirenses. Es lógico pensar que no serán muy distintos de los vascos, franceses, españoles, franceses o alemanes, que los habrá buenos, malos o regulares, honestos o perversos, fiables o embaucadores. Los que he conocido, sin embargo, me parecen, en general, sencillos y buena gente. Lo mismo sucede con sus mujeres. No son de una belleza exuberante ni deslumbran al primer efecto, pero son lo que son, muchachas mediterráneas y hermosas pertenecientes a una tierra sencilla y antigua, hijas del mar y de las escarpadas montañas.

Pasamos varias noches en São Vicente, muy cerca del mar que rompe con fuerza contra los muros de nuestro hotel. Las primeras noches me cuesta dormir, pensando en intrigas y maniobras que dejé atrás. Sin embargo, el rumor del agua y las tormentas me introducen poco a poco en el mundo de los sueños, abrupto y neblinoso, cálido y cambiante como una isla que está en mitad de la nada.


domingo, 26 de julio de 2009

FOTOGRAFÍAS ANTIGUAS

GEORGE BERNARD SHAW EN MADEIRA


¿Qué nos dicen las fotografías antiguas?. Que salgamos a la calle, que vivamos con avidez, que extraigamos a la vida todo su jugo, ya sea dulce o ácido, que no perdamos el tiempo, que disfrutemos de cada segundo, que entremos una y otra vez en el torbellino de los viajes, de los nuevos amigos, del amor, la alegría o incluso la enemistad, hasta que nuestros cuerpos no sean más que desgastadas imágenes de plata.




En esta antigua fotografía, el escritor irlandés George Bernard Shaw aparece aprendiendo a bailar el tango en los jardines del Reid's Palace Hotel de Funchal, Madeira. Era el año 1925, el mismo en que sería galardonado con el Premio Nobel de Literatura.

Al llegar a Madeira, Shaw recibió la terrible noticia de que su íntimo amigo William Archer había muerto de cáncer. Unas semanas antes, Archer le había escrito una carta en la que le hablaba de la intervención quirúrgica que debía afrontar.

“Mañana me ingresan en el hospital. Me siento optimista porque pienso que tengo muchas posibilidades de salir adelante. Nunca he dejado de admirarte y agradezco enormemente al Destino haberme permitido ser tu amigo. Siempre tuyo, W. A.”

Shaw se sintió desolado al conocer la noticia y durante las seis semanas que duró su estancia en la isla se dedicó a escribir sin descanso, dejando prácticamente a un lado la vida social. Sin embargo, en cierta ocasión decidió acudir a una clase de tango. Su pareja de baile, con quien aparece en la imagen, fue Miss Hope du Barri.

Al dejar Funchal, Shaw regaló a su instructor de danza la foto firmada con esta inscripción: “Al único hombre que me enseñó algo”.



viernes, 17 de julio de 2009

INICIACIÓN A LA VIDA ASCÉTICA

GRAN CAÑÓN DEL COLORADO


En Cleveland, ciudad situada a orillas del lago Erie, azotada con fuerza inusitada por la reciente crisis inmobiliaria, Julius Hoffman, operario de una empresa de limpieza y reforma de edificios perdió inesperadamente su trabajo. Por aquel entonces Julius pesaba 110 kilos y tenía una tripa prominente, que recordaba a la de una mujer embarazada, debido sin duda a su nula afición por practicar ejercicio y a sus excesos con la comida y la bebida.

Su mujer, Sandra, una hermosa muchacha que, al contrario que Julius, era delgada y de escasa estatura, se pasaba el día sermoneando a su criada hondureña y gastando buena parte del dinero de la pareja en ropa, maquillaje y lencería. Unas semanas después de que su marido fuera despedido lo abandonó de repente, dejando apresuradamente la casa familiar, poco antes de que fuera embargada por impago de la hipoteca. Cuando Julius, a su vez, abandonó la casa, pudo observar que el barrio se estaba convirtiendo en un lugar fantasma, pues eran muchos los que se encontraban en una situación similar a la suya.

Hoffman decidió buscar trabajo en Chicago, pero no encontró una ocupación que le interesase. Después, en una decisión repentina, recordando a los personajes de los libros de Jack Kerouac, sus héroes de juventud, decidió partir hacia California, siguiendo la mítica “Ruta 66”, como hicieron antes Tom Joad, el protagonista de “Las uvas de la Ira” y otros muchos durante la Gran Depresión.

En el camino, Julius contempló violentas tormentas de polvo, visitó poblados indios y criaderos de reptiles. Cerca de Saint Louis fue a ver las cuevas Meramec, donde según decían, se había refugiado Jesse James.

Julius Hoffman atravesó el desierto de Arizona y cuando llegó al Gran Cañón, emocionado, rompió a llorar. Incluso, durante un instante fugaz pensó en arrojarse desde lo alto y acabar con su vida. Le parecía el lugar más hermoso del mundo. Sin embargo, superó la tristeza que lo acompañaba durante los últimos meses como una estela sombría y decidió continuar con su viaje.

Al llegar a California, sin embargo, no fue hacia las playas del sur, sino que se dirigió a una zona boscosa situada al noroeste de San Francisco, donde se instaló en una pequeña casa que alquiló con el escaso dinero de que aún disponía. Tenía en mente iniciar una vida similar a la de Henry David Thoreau, escritor y filósofo que vivió varios años en la naturaleza.

Allí, Julius llevó una vida austera y frugal. Realizaba pequeñas labores de carpintería y mantenimiento de edificios para sus vecinos que le proporcionaban amigos y pequeñas cantidades de dinero. El resto del tiempo lo dedicaba a leer, a escribir y a contemplar la naturaleza.

Su tripa prominente fue desapareciendo poco a poco. Llevaba una alimentación prácticamente vegetariana, hacía ejercicio y meditaba con frecuencia. A veces visitaba a una joven viuda que vivía con sus hijos en una casa cercana. Hablaban del campo, de arte, de filosofía, de viajes, de educación y de los problemas del mundo. De vez en cuando, Julius, se quedaba allí a pasar la noche, abrazado a aquella mujer, como si la vida se redujera a un momento de felicidad pasajera, como si el sexo no fuera más que un abrazo infinito.


lunes, 13 de julio de 2009

HABITACIONES INTERIORES

NORMAN ROCKWELL (Body building)

Al cumplir 40 años Cesare decidió hacer un viaje introspectivo. Fue en avión desde Roma hasta La Habana y una vez allí se dirigió al hotel que había reservado en Cayo Guillermo, un islote de la costa atlántica de Cuba, no muy frecuentado durante aquella época del año.

Allí, entre baños de sol y de mar, hizo una profunda reflexión sobre su vida. Estaba solo la mayor parte del tiempo, si bien visitaba a menudo los bares y los chiringuitos cercanos, terminando casi siempre en la habitación de su hotel con alguna joven muchacha de la zona, después de pagar unos dólares a los guardas de seguridad.

Se daba cuenta de que estaba completamente solo en el mundo, aunque no le faltaban amigos, pero no creía que ninguno de ellos llegase a arriesgar su vida por él, ni tan siquiera a sacrificar una pequeña parte de su comodidad por ayudarle en el caso de que lo necesitase. Aunque tal vez esto fuera extensible a él mismo y a todos los habitantes del planeta, solteros y casados, padres de varios hijos o personas sin descendencia.

Cesare no tenía novia ni mujer. Tampoco tenía claro que las desease. No envidiaba a la mayor parte de sus amigos casados. Por otra parte, su éxito con el sexo femenino era limitado. Algunas mujeres parecían desearlo, otras, en cambio, lo rehuían.

Desnudo ante el espejo, pensó en lo que él ofrecía a los demás. Su piel era blancuzca, tenía algo de tripa y había empezado a perder el pelo. Tampoco se consideraba un amante excepcional. No tenía dudas de que sus conquistas cubanas estaban con él por mero interés. Se analizó en cada momento del día, en cada movimiento. En cada gesto y en cada frase encontró una razón para la exploración de sus espacios interiores, de las puertas que conducían a los rincones ocultos de su cuerpo y sus sentimientos. Decidió ser implacable consigo mismo, fue descubriendo con una pequeña linterna imaginaria sus cuartos más tenebrosos, sus mecanismos oscuros, sus ideas preconcebidas, sus naufragios.

Pensó que no se parecía en casi nada a aquel que había llegado a este mundo, al Cesare niño que correteaba por el barrio del Trastevere, que había perdido su esencia, lo mejor de sí, por el camino. Era distinto y a la vez idéntico a todos, un cúmulo de pensamientos aprendidos aquí y allá, heredados de otros. No era mejor que ninguno. Si alguien hiciera la prueba de preguntar sobre él a diez de sus conocidos estaba seguro de que casi todos contestarían con indiferencia, con vaguedades, sin gran pasión. Del mismo modo, no había nadie en el mudo que significara gran cosa para él.

Hizo un cálculo de los días que le restaban de vida: alrededor de quince mil, en caso de llegar a los ochenta años, y en lo que le gustaría hacer con ellos. Vivir, salir, disfutar, viajar, conocer gente. Pensó en sus cuentas bancarias. Tenía más dinero del que podía gastar, dado que su estilo de vida no era en absoluto ostentoso.

Transcurridos los quince días de sus vacaciones, en el avión de vuelta, Cesare permanecía serio y reflexivo. Había adelgazado varios kilos y estaba muy moreno. También había hecho mucho deporte, sobre todo jogging y natación, que habían tonificado su cuerpo. Algunas muchachas lo miraban con interés, sin que él se percatase.

De repente, después de tantos días de introspección, empezó a sentir un vivo interés por lo que le rodeaba. Pensó que ya se había observado a sí mismo durante un tiempo suficiente y que, en adelante, su preocupación debía ser descubrir el exterior, el mundo que le rodeaba, sus paisajes, sus sonidos, sus objetos, las otras personas. Debía hablar menos y escucharles, observarles y sentir que estaban a su lado, como si él no fuera más que un continente vacío a través del cual cruzaban ráfagas de aire.


jueves, 9 de julio de 2009

JOE EL MISÁNTROPO

ALPHONSE MUCHA (Lorenzaccio)


Joe el Misántropo colecciona amistades. Tal vez esta afición parezca contradictoria con su nombre, pero él sabe muy bien que al igual que es preciso desarrollar la vida interior, hay pocas cosas en el mundo más valiosas que los amigos, y que es necesario recorrer a menudo el camino que lleva a sus casas para que no lo cubra la maleza. Sabe también que hay personas tan valiosas como un cuadro de Van Gogh, una estatua precolombina o un diamante de las minas de Sierra Leona.

Para entrar en su lista de amigos no busca premios de belleza, expertos en arte o en matemáticas, geólogos, ingenieros o dentistas acaudalados. Solo pide una cierta hidalguía de carácter. Ya que sabe muy bien que nadie es bueno o malo por completo, aspira a encontrar personas cooperativas y amables, sin dobleces ni intenciones aviesas.

Joe no se limita a los seres humanos para incrementar su colección, pues considera que el mundo animal o vegetal son otra forma de vida, distinta pero a su vez trascendente. Los objetos, incluso, según él, tienen un espíritu indolente y mudo, que raras veces se muestra. Joe el Misántropo saluda a su chaqueta, a sus zapatos, al exprimidor de zumos o al lavavajillas al inicio y al final del día y los cuida como si fueran plantas exóticas.

La colección de amigos de Joe es muy pequeña, solo consta de cinco o seis ejemplares que revolotean alrededor de su vida, algunos de un valor incalculable para él. Otros se extraviaron de forma inesperada y lamenta su pérdida, pero aspira a recuperarlos de nuevo y a llenar su colección con muchos otros, gente de todo el mundo, africanos, americanos y asiáticos, ricos o pobres sin remedio.

Si alguna cosa desea para cuando le llegue el momento de abandonar este mundo, no son mansiones o riquezas que otros disfrutarán o anhelarán en secreto. El Misántropo quiere ser pobre sin pasar dificultades y estar rodeado de amigos que, en el instante final le dediquen, desde cualquier rincón del mundo, un pensamiento afectuoso, pues es el único tesoro que tal vez le pueda servir de algo en el más allá.



miércoles, 8 de julio de 2009

LA EMPERATRIZ DE LA CALLE DEL LOTO

JEAN JAMSEN (Ballerine jambes croisées)


La Emperatriz de la Calle del Loto lleva una vida sumamente discreta. Va a todas partes caminando, no tiene cochero, guardaespaldas ni mayordomo, y viste con la sencillez de una pensionista pobre o de una marchita empleada de mercería.

Pasea siempre de incógnito para que nadie la reconozca, aunque tal vez el incógnito sea su verdadera naturaleza. Su reino se muestra, como ella, cauteloso y discreto. Al llegar a la Calle del Loto, es difícil que los viajeros perciban que aquel es un territorio distinto, un país independiente, pues nadie les detiene a la entrada o les pide sus visados. Solo pueden ver dibujada en algunas fachadas y cristaleras una flor de loto que identifica la calle como un sello imperial.

La Emperatriz va y vuelve varias veces al día, cargada con la compra, de vuelta del dentista o del podólogo o sale simplemente a pasear, casi siempre sola, juntándose con cualquiera de sus súbditos a quien no le parezca una osadía o una pérdida de tiempo conversar con la realeza. Otras veces, sin embargo, deambula entre otros muchos que no saben que son los ciudadanos de un país desconocido por los geógrafos y los mapas.

La Emperatriz tiene un miedo atroz a las tormentas. Nació en una lejana noche de truenos y relámpagos, según le contaron sus padres, exilados por viejas revoluciones. Está convencida de que una de ellas, igual que la trajo al mundo, también se la llevará.

A sus ochenta años, la Emperatriz de la Calle del Loto piensa que su cuerpo cansado no aguantará mucho más, pues se fatiga mortalmente y su sangre azul se mueve con dificultad por sus piernas. No soporta tampoco la ausencia de su esposo, el antiguo emperador, muerto en un lejano duelo de espadas, y de sus hijos, príncipes y princesas terriblemente ocupados para pasar siquiera un instante a visitarla. Así, entristecida y sola, sin una sola dama de compañía que la consuele, guarda con celo su incógnito y su pena hasta el día en que la tormenta llegue a recogerla.