miércoles, 17 de diciembre de 2008

ZOHRA

CAROL BLOCK (Blowing Bubbles)

Desde hace unos años, la vida de Zohra es un juego alegre, casi sin interrupción, a la espera de que el juguete, ella misma, caiga definitivamente y se haga trizas contra el suelo.

Zohra tenía solo veinte años cuando se casó. Tuvo un hijo, Kalu, y poco después se separó. La muchacha intentó encontrar nuevamente un hombre que diera sentido a su vida. Hoy, desengañada, cree que es inútil buscar la razón de vivir en otra persona. Conoce hombres, comparte sus camas, sus momentos de felicidad y sus preocupaciones, llega a vivir con ellos, y tras un tiempo, rompe la relación e inicia otra nueva con alguien que consiga prender en sus ojos un destello de alegría.

Zohra nunca ha dejado de trabajar. Pasó quince años como ayudante en una oficina de arquitectura, hasta que, de repente, decidió abandonarla. Hoy, a los 42, cambia frecuentemente de ocupación. Así conoce gente distinta y explora las múltiples aristas de la antigua maldición bíblica que nos condena a tener que buscar el sustento.

Mientras Kalu era un niño Zohra apenas pudo viajar. Hoy hace cinco o seis viajes al año. Ha estado en Bostwana, en Irán, en Nicaragua, en Nueva Zelanda. Conoce Nueva York, Varsovia, Helsinki, Calcuta, Atenas e infinidad de otras ciudades de varios continentes. Practica el montañismo, y asciende las cumbres más altas de cada país que visita. También le gusta el mar y el buceo. Recorre las islas del Mediterráneo, Corfú, Creta, Malta, Chipre o Cerdeña, pero rara vez regresa a un mismo lugar.

Zohra ha descubierto aficiones perdidas, placeres desconocidos. Acude a bailar, toca música, lee, colecciona amigos de todo el mundo. Cree que cualquiera que conoce le supera en algo. Es cierto que hay personas perversas, enmarañadas o esquivas. A esos los deja de lado. Pero una mayoría de la gente es cooperativa y de buenas intenciones. Zohra lucha por mantener el contacto con ellos, por tejer una red de amistades indestructibles con los seres que han pasado por su vida y le han ayudado a construir su destino, a pesar de que a veces se encuentren separados por miles de kilómetros, y recibe frecuentemente postales, cartas, correos electrónicos o llamadas inesperadas.

En cualquier momento, en un aeropuerto perdido, en mitad de su jornada laboral, caminando por la calle o en brazos de un nuevo amante, su vida terminará. Entonces el espíritu de Zohra tal vez vuele, conducido por pequeños pájaros blancos, al lugar de donde llegó al mundo, a un lejano país sin dolor, a un universo hermoso y transparente.

sábado, 13 de diciembre de 2008

LUDOVIC

EDWARD S. CURTIS "Ndee Sangochonh, Apache Indian"

Desde los lejanos años de su adolescencia, Ludovic había sentido un gran interés por la vida de los pieles rojas. Sabía situar con exactitud sobre los mapas de América los territorios donde habían vivido los wichita, sioux, arapahoes, cheyennes, wisham, qahátikas, kiowas, hopis, arikaras, navajos y otras decenas de tribus indias. Conocía sus costumbres ancestrales, sus ritos secretos, sus tácticas de caza, los vestidos que utilizaban en sus ceremonias, sus recursos medicinales y sus alimentos. También era capaz de diferenciar sin vacilación, de entre las diferentes razas indias, a los habitantes de los poblados de adobe de los desiertos del Sur de aquellos que se dedicaban a la caza de búfalos en las praderas inmensas, y a quienes vivían en el interior de los bosques de los habían llegado a ser, durante siglos, los únicos ocupantes conocidos de las heladas tierras del Norte.

Ludovic, cuya extraña apariencia, muy pálido y vestido siempre de negro, recordaba a Buster Keaton o a Harold Lloyd, tenía una gran cantidad de libros y grabaciones acerca de estas tribus legendarias, y había visto infinidad de películas y documentales sobre ellas. En cierta ocasión, para asistir a una fiesta de disfraces se vistió como un pawnee, afeitándose la cabeza y pintando su cara de rojo, aunque tuvo tan poco éxito que todos le confundieron con un punkie o un skin head.

El muchacho era un gran admirador de Edward Sheriff Curtis, el famoso fotógrafo que dedicó su vida a recorrer las llanuras, los bosques y los colinas desérticas donde vivían aquellos maravillosos salvajes, retratando con su cámara fotográfica los últimos vestigios de unas culturas, emparentadas entre sí pero a la vez muy distintas, que se encontraban al borde de la desaparición. Así que cuando acabó sus estudios elementales y tuvo que elegir una profesión, Ludovic eligió ser fotógrafo, y se aplicó en estudiar y practicar con gran pasión el arte de dibujar con la luz. Pero no quiso renunciar a realizar estudios superiores, y para ello optó por la Filosofía, una ocupación olvidada y con escaso prestigio en la era de las máquinas.

Sus amistades anarquistas de aquellos tiempos y las lecturas filosóficas con las que dio sus primeros pasos por los etéreos caminos del pensamiento, libros de profetas del nihilismo, que defendían una visión muy pesimista acerca del mundo, le llevaron a la conclusión de que la civilización occidental estaba viviendo también sus últimos momentos, previos a su desaparición, como en su día ocurriera con los pieles rojas y con muchos otros pueblos y grandes imperios del pasado. Asumiendo este hecho como cierto e incontestable, Ludovic tomó la decisión de dedicar su vida a recoger en imágenes los últimos años de su propia cultura, a punto de extinguirse o de sufrir mutaciones irreversibles, tal y como Mr. Curtis hiciera en el territorio de los Estados Unidos con las naciones indias.

Ludovic centró su actividad en los países más desarrollados, sobre todo en Bélgica, donde había nacido, y en el resto del mundo occidental, incluyendo también en sus reportajes a los países por entonces comunistas, a Australia, Canadá y los Estados Unidos. En su opinión, los modos de vida del llamado Tercer Mundo, desde los habitantes de las selvas amazónicas a los pueblos de las estepas asiáticas, desde los aborígenes de Oceanía hasta la miríada de etnias que forman el África negra o las tribus y naciones musulmanas, aferrados aún, en buena parte, a sus tradiciones milenarias, iban a ser los únicos que perdurasen después de que la civilización occidental desapareciese, y serían tomados como modelos a partir de los cuáles construir las futuras generaciones. Y todo ello a pesar de que en la actualidad estén considerados pueblos incultos o subdesarrollados, sumidos en la superstición o sometidos cruelmente por creencias equivocadas o anacrónicas.

Así, según Ludovic, la raza humana habría de volver, tarde o temprano, a sus orígenes, que él situaba en la tribu, en la cual los terribles problemas creados por el progreso y la vida civilizada, como la pobreza, la marginación social, el paro, la destrucción del medio ambiente, la soledad en las ciudades superpobladas, o el abandono en que se encuentran los ancianos, los discapacitados o los enfermos psíquicos, tenderían a desaparecer por sí solos.

En sus fotografías, dominadas por virajes azules y rojizos, donde juegan a superponerse innumerables tonalidades de gris, aparecen prisioneros a punto de ser fusilados, vagabundos, carniceros descuartizando una vaca, cazadores de palomas, hombres famélicos que comen ratas, muchachos dormidos ante la televisión, cines casi vacíos, ancianos comiendo helados, mujeres ajustándose la ropa interior, bebés nacidos con deformidades, mecánicos de coches, pequeños comerciantes que cuentan una y otra vez su dinero, empleados del zoológico, muertos en accidentes aéreos, hombres desfogándose con prostitutas, parejas cogidas de la mano que miran hacia sitios opuestos, militares asesinados por una bomba, muchachos que golpean a una chica con un puño de hierro, cadáveres desnudos, condenados a muerte, estudiantes que se observan de reojo por encima de sus libros abiertos, sacerdotes de piel muy pálida, negros que saltan vallas, conductores que golpean sus cabezas contra el volante, alcohólicos caídos entre bolsas de basura, parejas practicando felaciones, habitantes de los túneles del metro, amantes felices, posibles suicidas que aparecen ahogados en las playas, y niños, muchos niños, que lo miran todo, que descubren la podredumbre que encierra todo, y preparan, sin que ellos mismos sean capaces de imaginarlo, un futuro distinto.

Ludovic nunca retrata edificios suntuosos o grandiosas perspectivas, ni tampoco objetos geométricos, espirales o hermosos paisajes que no contengan seres humanos. En ocasiones las personas apenas se pueden entrever en las imágenes que toma, pero siempre están allí, a menudo ocupando un pequeño espacio casi imperceptible, y en otras ocasiones, amontonándose, quitándose el primer plano los unos a los otros, luchando por ocupar un lugar en ese futuro del que, sin que lo sepan, son la negación.

El dominical de 'Le Monde' le dedicó un artículo de cuatro páginas, y su pequeña exposición, por la que apenas habían pasado diez o doce personas durante toda la semana anterior, se llenó los dos últimos días, y hubo que prorrogarla. Recibió más encargos de los que podía atender y fue invitado a participar en una serie de conferencias sobre el final del milenio, junto a renombrados artistas, sociólogos y literatos. Ludovic apenas fue capaz de explicar vagamente algunas de sus ideas, quizás porque no tenía más que unas pocas y eran muy simples.

Hace un mes, mientras ordenaba viejos papeles, encontré un recorte de prensa que hablaba sobre él, fechado once años atrás. He tratado de localizarlo durante varias semanas, con ayuda de unos amigos periodistas y de mi ex-amante, una policía de la Gendarmerie. Solamente he logrado averiguar unos pocos datos sobre su vida actual. Reside en un pueblecito de Las Landas francesas con una mujer que tiene una hija de quince años de otra relación anterior, sin haberse casado, conduce un pequeño Peugeot y trabaja en una negocio de reportajes fotográficos, no demasiado próspero, instalado en un destartalado local de alquiler, cuyo nombre indio “Le Tomahawk Photo Centre”, me hizo sonreír.


EL OKAVANGO


Los elefantes nadan bajo el agua, acechados por leones hambrientos, por buscadores de marfil, por fotógrafos de otros mundos.

Remo bajo el sol en una frágil piragua. Contemplo las águilas pescadoras, los jabirús, los cálaos, las avutardas que se posan en las ramas de los papiros, en los tallos desnudos de las palmas.

Paso la noche en una choza de madera, escuchando la tormenta que atraviesa el delta. Duermen a mi lado mis antepasados bosquimanos, cruzan mis sueños inquietos manadas de búfalos negros.

miércoles, 10 de diciembre de 2008

PLAYA SALAMANDRA

LAWRENCE ALMA-TADEMA (Ask me no more)

Tenía unos días libres y decidí viajar, solo, a un lugar llamado Playa Salamandra. Iba a cumplir los cuarenta, y quería meditar sobre mi presente y mi futuro, tratando de decidir en qué quería derrochar el resto de mis años de vida. Llevé mi ordenador portátil, dos libros, toalla y cremas para el sol, películas en formato DVD, música y una larga lista de cosas entre las que algunas, como siempre sucede, resultaban absolutamente prescindibles y de la que, como también ocurre siempre, se habían caído objetos ineludibles.

Reservé el hotel por Internet. Aún era temporada baja, y me dieron, por muy buen precio, una habitación enfrentada al mar. Desde ella se veía una isla de la que nunca supe el nombre. Había poca gente alojada en aquel lugar. La mayoría eran parejas de jubilados o de aspirantes a serlo en un breve lapso de tiempo, pero había también una chica sola, con acento catalán, pequeña y delgada.

Me la encontraba varias veces cada día, en el bar del hotel, en el comedor, en la piscina o en la playa. Tenía un cuerpo hermoso y proporcionado en traje de baño. Aquella noche tuve sueños apasionados en los que ella era la protagonista indiscutible.

Éramos los únicos clientes que estábamos solos, teníamos una edad similar y parecía lógico que tarde o temprano estableciéramos algún tipo de comunicación, pero me pareció que rehuía el contacto conmigo. Se sentaba en el extremo opuesto del comedor, ponía siempre su toalla en la piscina o en la playa muy lejos de la mía y no me saludaba si casualmente nos cruzábamos, a pesar de que estoy seguro de que me reconocía.

Una noche, aburrido en el bar del hotel, decidí tomar una copa de ron para recordar viejas visitas al Caribe. El alcohol me hizo efecto rápidamente, ya que casi nunca bebo. Entonces ví que la muchacha desconocida estaba en la terraza exterior, sola, sentada frente al mar. Envalentonado por el extracto fermentado de caña de azúcar le pedí permiso para sentarme a su lado. Hablamos mucho rato. Me contó que se llamaba Nuria y era de Tortosa, una localidad de Tarragona, junto al delta del Ebro. Trabajaba como enfermera en un hospital psiquiátrico y tenía con frecuencia algunos días libres, que, según dijo, no estaba dispuesta a dejar perder, viendo como su juventud se consumía sin salir de su pueblo.

Estuvimos charlando y riendo y después fuimos a pasear por la playa. Sentí unos fuertes deseos de abrazarla, pero no me atreví a dar ese paso. Sin duda el efecto del ron había ido desapareciendo poco a poco. Cuando llegamos al hotel, nos despedimos en la entrada de su habitación, tres puertas más allá de la mía. Me costó conciliar el sueño, tratando de olvidar los vivos deseos de estar a su lado, abrazándola.

Al día siguiente no la vi a la hora del desayuno. Salí a pasear pero no estaba en la playa, y tampoco en la piscina, en el jardín, en la terraza o en el pequeño gimnasio. A eso de las once la vi saliendo del ascensor, con una maleta con ruedas. Me acerqué y entonces me dijo que se iba y que creía habérmelo dicho la noche anterior. Se despidió con dos besos y me apuntó su correo electrónico en un papel azul.

Pasé dos noches más en el hotel, melancólico y ausente. No hice ningún plan de cara al futuro, no leí nada ni pude ver ninguna película. Solo pensaba en Nuria y en la oportunidad del amor perdido. Pensé en escribirle nada más llegar a casa, pero ya de vuelta, lo fui retrasando día tras día, hasta que poco a poco me fui olvidando de ella.

martes, 9 de diciembre de 2008

UAKARI

UAKARI ROJO

Uakari sonríe como un mono, enseñando los dientes. Sin embargo, cuando nadie le mira parece concentrado en sus pensamientos nebulosos. Vive con su padre, ya mayor, tiene dos o tres amigos y no ha estado con una muchacha desde hace seis años, pues teme que si lo hace le absorba el cerebro y le voltee la vida.

Uakari vive dentro de sí mismo, en un lugar del que apenas quiere salir. Trabaja como un pequeño autómata, eficiente y abstraído. Es cordial con sus jefes y sus compañeros de trabajo, que le aprecian desde una distancia amable. Cuando llega el fin de semana hace sus compras en el supermercado, con abundancia de chocolates, galletas y helados y después se cierra en su casa. Entonces es casi feliz, aunque a veces mira por los cristales a los transeúntes y quisiera ser como todos, tener mujer y bebés, pasear charlando animadamente entre ruido y gente. Mientras está en casa apenas escucha a su padre que habla sin parar, acostumbrado a estar solo la mayor parte del tiempo.

Uakari va perdiendo el pelo y su cara se vuelve, año tras año, más sonrosada. Su piel también ha adquirido un tono levemente anaranjado. Tiene una tos convulsiva, que algunos de sus conocidos imitan y propagan para reírse de él.

Uakari cuida su alimentación. Es casi vegetariano, pues no le gusta comer nada que haya tenido ojos y sentimientos. Sin embargo, a veces, siente el impulso irrefrenable de devorar todo lo que se pone ante su vista y puede caber en su estómago. Después se siente tan mal que a veces llega a provocarse el vómito. Más tarde le queda una sensación de ácido en el fondo de la boca, y unos extraños deseos de llorar, de que alguien le acoja en sus brazos y le cuide.

Su cuarto es como un bazar oriental. No gana mucho dinero, pero lo gasta en infinidad de objetos, sobre todo discos, libros, revistas y aparatos electrónicos. Ama la pintura y ha decorado las paredes con reproducciones de Malevich, Kokoschka y August Macke, artistas que casi nadie conoce. De vez en cuando las descuelga y las cambia de lugar, y así le parece que duerme en un sitio distinto.

A Uakari no le gusta viajar. Le produce un extraño desasosiego dejar su casa, su entorno, las personas y las cosas que conoce. Rechaza las escasas invitaciones que tiene para ir unos días a Londres, a París o a algún lugar turístico y soleado. Prefiere la soledad, su entorno lánguido y sombrío, el paisaje gris de su mente.
Uakari no aspira a casi nada. No se considera digno de ser amado por nadie, y por tanto, es muy poco probable que vaya a serlo jamás. Ante sí no ve nada, no se puede imaginar cuál será su futuro. Todo parece darle lo mismo o tal vez prefiera no pensar en algo que le abruma. Mientras tanto, pasa las horas mirando a la calle o tumbado en la cama de su habitación, inmóvil como una figura de hielo.

miércoles, 3 de diciembre de 2008

HUELLAS DE PÁJARO

ÁLVARO REJA

Genji mira a todos con ojos aviesos, como si buscase la oportunidad de devolver antiguas ofensas. Cuando camina, deja huellas de pájaro en el piso de su calle, en las tiendas, en los cuartos que recorre cada día, en las casas de sus conocidos, en los bares, en los lugares de apuestas y citas clandestinas.

Cada vez que descubren sus huellas muchos pierden el tiempo tratando de averiguar qué clase de pájaro fue a visitarlos o a qué especie animal, aérea, acuática o terrestre pertenece ese muchacho extraño.

Días después, en la habitación número nueve del burdel que visita con frecuencia aparece el cadáver de un hombre. Huellas de pájaro vienen y van desde el cuarto donde acudía en busca del amor o el destino. Las muchachas recuerdan los extraños pasos de Genji y acuden a denunciarlo. En el patio de su casa de tejados rojos, situada en una de las calles más oscuras del puerto, los gendarmes lo interceptan, acusándolo del terrible crimen.

Él permanece mudo. Su abogado exhorta a la razón del jurado, formado por devotas esposas y por hombres que visitan secretamente los prostíbulos. “Hay muchos hombres y mujeres que dejan a su paso huellas de pájaro”, argumenta el letrado, “hay entre nosotros hombres-búho, cárabos, azores, vencejos, mujeres-urraca. Las huellas por sí solas no son prueba suficiente para decidir con justicia”.

Muchos quieren que muera, pero al final se condena al muchacho a diez años de exilio. Un avión militar lo traslada a una isla abandonada del Atlántico, muy cerca del Trópico. Genji aprende el idioma de los nativos. Una mujer de la isla le pide que sea su hombre y que viva con ella. Construyen una chabola junto al mar donde crecen sus polluelos, niños indígenas de ojos escrutadores y abiertos, con pequeños pies de pájaro.

La mirada aviesa de Genji se vuelve dulce y cariñosa. Cuando, transcurrido el tiempo de su pena, vuelve un avión a buscarlo habla en voz baja con los guardias. Les dice que no quiere regresar al lugar que hechizó su infancia y envenenó su mirada. Poco después, desde su humilde hogar, observa feliz como el aeroplano alza el vuelo, dejando diminutas volutas de fuego sobre el mar.

martes, 2 de diciembre de 2008

AUTOMÓVILES ABANDONADOS



Cada objeto tiene su alma. Las cosas oyen, respiran, ven con ojos sin materia viva, sin células auditivas, sin pulmones, sin minúsculos conos o bastones.

Los objetos piensan. Piensan las señales de tráfico, los postes de luz, las cafeteras, las camisas, las sillas, las latas abandonadas, las bombillas inservibles de filamentos rotos.

Los objetos tienen alegrías y depresiones profundas, deseos, amores y odios que están hondamente arraigados en su interior inerte.

Mi automóvil no me tiene simpatía. Funde sus luces a propósito, afloja los neumáticos, colapsa la calefacción o el aire climatizado. Pero yo me he ganado su odio. Soy demasiado torpe para dirigir sus pasos de ciervo metálico. No lo he cuidado durante años y ahora se venga con su férreo desprecio. Lo abandono cada noche en mitad de la calle y él me mira con una mezcla de incredulidad y tristeza, como si fuera un niño indefenso a quien nadie quisiera.

Los objetos tienen vida. Hablan entre sí cuando salgo de casa o estoy durmiendo, de noche. Sé muy bien que me critican a mis espaldas, que desearían pertenecer a otro. Pero casi siempre están callados, pues muy poco de lo que hagamos les interesa. Les aturde el movimiento excesivo, la algarabía, las risas y los gritos, los haces de luz, los niños que pasan corriendo a toda velocidad.

Los objetos creen pertenecer a una especie superior a nosotros. Nos observan inmutables, de un modo displicente y solo hablan entre ellos, en una conversación sin palabras.