martes, 9 de septiembre de 2008

UNA CASA AL BORDE DEL MAR


Julius Bror y Salandra Lewis eran los dos muchachos más envidiados de la Facultad de Filología. Julius no era un gran intelectual, con facilidad para la poesía, la literatura o las lenguas que agonizan o ya están definitivamente muertas, y sus notas no pasaban jamás de aprobados raspados. Sin embargo, era el número uno de la Universidad en los cuatrocientos metros lisos, por delante incluso de los atléticos muchachos negros que habían sido reclutados en los barrios bajos para dar un cierto aire democrático a la antigua institución.

Era guapo, alto y fuerte. Todas las muchachas tenían sueños tempestuosos con él, incluso Salandra, bella a la par que inteligente, con una sólida educación religiosa que había conseguido sepultar bajo toneladas de prejuicios sus acuciantes instintos naturales. No obstante, la atracción física entre ambos era casi irreprimible, y la condición que pusieron a una Salandra y sus omnipresentes fantasmas religiosos, es decir, esperar hasta el matrimonio antes de hacer el amor con Julius, fue una tortura inimaginable para la muchacha.

Después de la boda, Julius y Salandra disfrutaron de varios años de sexo torrencial, apasionado y libre de barreras, y tuvieron seis hijos, todos los que la naturaleza quiso entregarles, pues no pusieron medio alguno para contrariarla. Misteriosamente, ya que entre los dos no sumaban un solo gen italiano, sus nombres parecían sacados de un nomenclátor napolitano: Gatto, el mayor, se fue a Alaska a los veinte años, y jamás regresó. Los demás, Teppo, Tomasso, Gina, Giuseppe y Claudia acabaron en diferentes estados de la Unión, convenientemente elegidos para mantener una distancia de varios cientos de kilómetros con la estricta casa familiar, un rústico caserón al borde del Océano Pacífico, con un extenso jardín lleno de árboles frutales. Durante aquellos años Julius, a pesar de sus estudios de letras, se dedicó a los negocios, manifestando una innata habilidad y muy pocos escrúpulos para hacer dinero.

Cuando la pequeña Claudia se fue también del hogar, nada más cumplir dieciocho años, Salandra y Julius, otra vez solos, se habían convertido en dos seres casi idénticos, pero huían constantemente el uno del otro y no parecían tener nada que decirse. La atracción física se había ido evaporado lentamente, y solo parecían aguardar el momento en que la muerte hiciera acto de presencia para llevarse al otro, sin pensar que el elegido pudiera ser uno mismo. La naturaleza, tal vez, utiliza el instinto sexual para perpetuarse y después desecha a los seres que ya no sirven para esta función. Sus aliados naturales son el cáncer, los accidentes cerebrovasculares o el Alzheimer, entre muchos otros.

No obstante, ambos enfermaron a la vez, compartieron habitación en el hospital y murieron casi al mismo tiempo. Una extraña intoxicación alimentaria los devolvió al misterioso lugar del tiempo y el espacio del cual habían llegado sesenta y cinco años atrás. Hoy, la casa está abandonada, pues los seis hijos no han sido capaces de llegar a un acuerdo para venderla. Las jóvenes parejas de enamorados que pasean al borde del mar la contemplan y sueñan con comprarla y vivir en ella, e imaginan que en un lugar así podrán amarse toda la vida, rodeados de árboles, olas y niños, sin tabúes, sin papeles, sin que la costumbre vuelva la pasión en hastío.

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