viernes, 26 de septiembre de 2008

SASHA

Yang Qian - Untitled

Sasha era huérfana. Decía que su padre, su madre y sus hermanos murieron durante la última guerra. Creció sola en una isla del mar Adriático donde únicamente había un pequeño pueblo habitado por tres mil almas.

Sasha se dedicaba a cuidar a los ancianos de la isla. Los había visto hacerse viejos poco a poco y enfermar gravemente, salvarse de un modo milagroso y al final morir por el más trivial de sus males. Cuando esto sucedía, Sasha quemaba su brazo con la pequeña llama de un fósforo para no borrarlos jamás de su recuerdo, para no olvidar su rostro y sus ojos. Así, con el tiempo, sus brazos se fueron cubriendo de pequeñas quemaduras.

Sasha cuidó también a mi padre y a mi madre, que fueron a envejecer a su pequeña isla, donde un día nacieron. Yo vivía en Split con una hermosa muchacha y visitaba a los tres, a Sasha y a mis padres, de vez en cuando, y les echaba de menos a menudo, cuando acudía a mi trabajo, cuando besaba a mis niños o llegaba de noche a casa, alegre o a veces deprimido.

Una vez Sasha me contó que había conocido un solo hombre en su vida, alto, desastrado y sonriente. No quiso casarse con él, pero se desearon en silencio durante años y apenas podían dejar de pensar el uno en el otro.

Sasha nunca había salido de su pequeño pueblo. Murió por una enfermedad intrascendente, una gripe que atravesó su corazón como un dardo emponzoñado, como un colmillo de serpiente.

Cuando cayó enferma, ya casi no había habitantes en la isla que pudieran devolverle sus cuidados. Tan solo yo, que visitaba a mis padres, estuve a su lado en el último instante. Después, la desnudé con mis manos, froté su cuerpo con esencias y la cubrí de amapolas, contemplando las mil pequeñas quemaduras de sus brazos, que miraban dentro de mis ojos, desde un lugar tan profundo como el propio universo. Entonces, prendí un fósforo y me hice una pequeña quemadura en el envés de la mano, para no olvidarla nunca.